Capítulo 43 — La página que faltaba
El amanecer en Colmar llegó envuelto en una neblina ligera que suavizaba los contornos de la ciudad. Desde la ventana del hotel, Bárbara observaba el canal. El agua corría despacio, reflejando las fachadas de las casas.
Durante unos segundos permaneció quieta, con el cuaderno de Sophie abierto sobre las rodillas.
Había releído las últimas páginas varias veces durante la noche.
Siempre terminaba en el mismo punto. La página arrancada.
Aquella frase incompleta: «Si no regreso…
». Y luego las palabras sueltas: «Moira… », «…dile que…»
Bárbara sabía lo que significaba. Sophie había intentado escribir algo para su hija. Un último mensaje, una despedida. O quizá una explicación, pero la página ya no estaba allí.
La pregunta era por qué.
Bárbara encontró a Isabelle en el pequeño comedor del hotel. La mujer estaba sentada junto a la ventana con una taza de café entre las manos. Parecía tranquila, pero Bárbara conocía ya esa calma, era la calma de alguien que había aprendido a vivir con recuerdos difíciles.
—No has dormido.
—Lo intenté.
Bárbara dejó el cuaderno sobre la mesa.
—He vuelto a leerlo.
Isabelle lo miró como si fuera un objeto delicado.
—¿Y?
—No dejo de pensar en la página que falta.
Isabelle asintió lentamente.
—Yo tampoco.
—Si Sophie estaba escribiendo algo para mi madre, ¿por qué no está?
Isabelle se quedó pensativa.
—Puede que alguien lo arrancase.
Bárbara levantó la mirada.
—¿Para borrar el mensaje?
—O para quedárselo —dijo Isabelle.
Durante unos segundos ninguna de las dos habló. Luego Isabelle dijo algo que hizo que Bárbara se quedara inmóvil.
—Hay otra posibilidad.
—¿Cuál?
—Que la arrancase la propia Sophie.
Bárbara frunció el ceño.
—¿Para qué?
Isabelle apoyó las manos sobre la mesa.
—Para esconderla.
La idea no era descabellada. Sophie sabía que estaba en peligro. Si aquella página contenía algo que quería proteger, arrancarla del cuaderno tenía sentido.
Si realmente sospechaba que no saldría viva de Colmar, habría intentado proteger cualquier información importante.
Bárbara volvió a mirar el cuaderno.
—Si arrancó la página… pudo esconderla en algún lugar.
—Sí. O dársela a alguien.
—Tenemos que averiguar qué hizo Sophie después de escribir esas últimas páginas.
Isabelle asintió.
—Sophie sabía que tenía poco tiempo.
Bárbara cerró el cuaderno lentamente.
—Entonces tenemos que reconstruir sus últimos días.
Pasaron la mañana recorriendo los lugares que Sophie había mencionado en el cuaderno, intentando reconstruir sus últimos movimientos en Colmar.
Sophie había escrito en el cuaderno varios lugares donde había estado durante su estancia. La librería, el puente, la casa del viñedo, el hotel. Pero también había anotaciones sobre lugares más cotidianos. Una panadería. Una pequeña plaza. Una iglesia.
Bárbara volvió a revisar las últimas anotaciones del cuaderno mientras caminaban. Había un lugar que Sophie mencionaba más de una vez sin explicar por qué. Una pequeña iglesia cerca del canal.
«Capilla lateral San Miguel. Tercera piedra bajo la repisa».
Hasta ahora había pensado que era una referencia sin importancia, un dato sobre la iglesia. Ahora no.
—Estuvo aquí varias veces —dijo, enseñándole la anotación a Isabelle—. Y no parece que viniera por motivos religiosos.
Isabelle leyó de nuevo aquellas palabras.
—Tercera piedra bajo la repisa…
Bárbara cerró el cuaderno.
—Creo que deberíamos comprobarlo.
La iglesia estaba a dos calles del canal. Era pequeña, antigua, de piedra gris oscura. Cuando entraron, el interior estaba casi vacío. El silencio se rompía con algún paso lejano.
Bárbara avanzó por el pasillo central buscando la capilla de San Miguel. No tardaron en encontrarla.
Había una mesa con velas, un banco de madera y, al fondo, una pequeña repisa de piedra.
Isabelle miró a Bárbara.
—Supongo que ahora toca contar.
Bárbara se acercó a la repisa.
—Una, dos… tres.
Pasó los dedos por el borde de la tercera piedra. A simple vista no tenía nada diferente a las demás, pero al presionarla notó un ligero movimiento.
Miró a Isabelle.
—Esta se mueve.
Entre las dos consiguieron desplazarla lo suficiente para descubrir una pequeña cavidad.
Dentro había un sobre amarillento, protegido por lo que quedaba de una envoltura de papel encerado. En el frente, escrito con tinta azul, había un solo nombre.
Moira
Durante unos segundos ninguna de las dos habló.
Bárbara sostuvo el sobre con manos temblorosas. Durante un instante dudó. Estaba dirigido a su madre. Quizá debería llevárselo cerrado. Entonces recordó las palabras incompletas del cuaderno: «Si no regreso… Moira… dile que…».
Sophie había querido que aquel mensaje llegara hasta ella.
Con cuidado, abrió el sobre.
Había imaginado muchas veces lo que Sophie podría haber querido decirle a su hija. Pero imaginar no era lo mismo que saber.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó Isabelle suavemente.
Bárbara negó con la cabeza.
—No.
Dentro del sobre había una hoja doblada. La letra era la misma del cuaderno. Firme y clara. Viva.
Bárbara empezó a leer.
Querida Moira,
Si algún día lees esto, será porque no pude volver a casa para contártelo yo misma.
No quiero que pienses que elegí correr este riesgo.
Tampoco que no pensé en ti antes de hacerlo. He pensado en ti cada día desde que llegué.
Hay una niña en esta ciudad a la que alguien ha decidido borrar.
Y ahora que sé que existe, no puedo marcharme fingiendo que no la he visto.
Si algo me sucede, algún día quizá te preguntes por qué no me marché cuando todavía podía hacerlo.
Ojalá pudiera darte una respuesta sencilla.
Solo sé que después de ver a esa niña, no fui capaz de dejarla allí y volver a casa como si nada hubiera ocurrido.
Te he querido siempre, incluso en los días en que parecía que el trabajo venía antes que tú.
Si alguna vez te hice sentir lo contrario, perdóname.
No sé si estas palabras llegarán alguna vez hasta ti. Si lo hacen, quiero que recuerdes esto por encima de todo: te quiero. Siempre te he querido.
Mamá
Cuando Bárbara terminó de leer, el silencio dentro de la iglesia parecía aún más profundo.
Isabelle tenía los ojos húmedos.
—Era una mujer extraordinaria.
Bárbara dobló la carta con cuidado.
—Sí.
Bárbara pensó en su madre. En todos aquellos años sin saber qué había pensado Sophie en sus últimos días ni si se había acordado de ella. Ahora tenía la respuesta entre las manos.
Bárbara guardó la carta en el sobre. Luego miró de nuevo el nombre de su madre escrito en él.
—Mi madre nunca supo que Sophie pensó en ella hasta el final.
Isabelle miró la carta.
—Entonces tienes que llevársela.
Bárbara respiró profundamente.
—Sí.
Cuando salieron de la iglesia, la ciudad estaba bañada por una luz suave.
Las calles seguían llenas de gente. Muchos turistas caminaban con el libro en la mano.
Alguien señalaba el canal. Otro hablaba del molino.
Bárbara los observó mientras guardaba la carta con cuidado.
Resultaba extraño pensar que tantas personas conocieran ya la historia de Sophie y que, sin embargo, ninguna supiera todavía lo que ella acababa de descubrir.
Había encontrado la voz de Sophie. Y también las palabras que nunca habían llegado hasta Moira.
Mientras caminaba junto a Isabelle por el puente, Bárbara volvió a tocar el bolso para asegurarse de que la carta seguía allí.
Antes de pensar en libros, periodistas o cualquier otra cosa, tenía algo que hacer. Llevarle a su madre las últimas palabras de Sophie.