La última Navidad de Sophie Capítulo 40 – Las preguntas que regresan
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Capítulo 40 – Las preguntas que regresan

Esa misma noche Andrew volvió a llamar.

—Tenemos un problema.

—Empiezo a odiar esa frase —dijo Bárbara con humor.

—Han anunciado la fecha de la ceremonia del Booker.

Bárbara sonrió.

—Eso no es un problema.

Andrew dudó.

—No.

—¿Entonces? —quiso saber Bárbara.

—Han invitado a varios periodistas franceses —dijo Andrew.

Bárbara frunció el ceño.

—¿Y?

—Uno de ellos está investigando la historia de Sophie. Creo que alguien está empezando a darse cuenta de que tu novela… podría no ser solo una novela.

El silencio llenó la habitación.

Bárbara suspiró de nuevo. Era algo que sabían que podía pasar, a pesar del secreto de sumario y de que de momento no habían salido todos los nombres a la luz sobre el cadáver encontrado en el molino.

Aún había información que no estaba abierta a prensa y curiosos. Pero había demasiadas coincidencias que los profesionales acostumbrados a escarbar en la noticia no podían pasar por alto.

Septiembre avanzaba lentamente sobre Edimburgo. Las mañanas empezaban a ser más frescas y los días, poco a poco, se hacían más cortos. Desde la ventana de su despacho, Bárbara contemplaba el cielo gris sobre los tejados de las casas vecinas.

Aquella mañana estaba leyendo. No su libro, ni las críticas, ni las entrevistas que seguían apareciendo en periódicos de medio mundo.

Estaba leyendo un correo electrónico. Lo había recibido la noche anterior. El remitente era el mismo periodista francés del que Andrew le había hablado: Julien Moreau.

Bárbara volvió a leer el mensaje.

Señora MacLeod:

Estoy investigando la historia de Sophie MacLeod, la periodista desaparecida en Alsacia en 1962. Su novela contiene detalles que no aparecen en ningún archivo público.

Me gustaría hacerle algunas preguntas.

Bárbara dejó el ordenador. No era una amenaza.

Ni siquiera era una certeza todavía. Solo eran unas preguntas.

Pero a veces las preguntas eran más peligrosas que las acusaciones.

Cuando tú aún no sabes si quieres dar toda la información.

Si quieres reconocer que Sophie MacLeod no era un apellido coincidente como muchos que podría haber en Escocia.

No sabía si aún estaba preparada para decir que su libro era la historia de la última Navidad real de Sophie, su abuela.

Salió a caminar. Era lo que siempre hacía cuando necesitaba pensar. Bajó por Morningside Road, cruzó hacia Bruntsfield y continuó hacia el parque de The Meadows. El suelo empezaba a cubrirse de hojas húmedas y el aire tenía ese frescor que anunciaba la llegada del otoño.

Los estudiantes caminaban deprisa hacia la universidad.

Un hombre paseaba a su perro. Una mujer corría con auriculares.

La vida seguía con su ritmo normal. Ella disfrutaba siempre mucho observando esas escenas cotidianas.

Pero en la mente de Bárbara la calma no existía.

Pensaba en Sophie. En el momento en que decidió escribir el libro.

Había tomado una decisión consciente: contar la historia como ficción.

Era la única forma de proteger a las personas que seguían vivas. Y también la única forma de asegurar que la historia se publicaría. Pero ahora parecía que alguien estaba empezando a mirar más de cerca.

Al regresar a casa, Bárbara respondió al correo de Julien Moreau. Aceptó verlo dos días después. Quedaron en una cafetería cerca de George Street.

Dos días después, Julien Moreau estaba sentado frente a Bárbara. Era más joven de lo que ella había imaginado. Treinta y tantos años. Cabello oscuro y una mirada intensa que recordaba demasiado a la de algunos periodistas de investigación que Bárbara había conocido durante su propia carrera.

—Gracias por recibirme —dijo en un inglés casi perfecto.

—No tenía mucha elección —contestó Bárbara en tono cortante.

Moreau no pareció ofenderse.

—Su libro me fascinó.

—Eso siempre es agradable de oír —dijo Bárbara.

—Pero también me intrigó.

Bárbara levantó una ceja.

—¿Por qué?

El periodista abrió una pequeña libreta.

—Porque describe Colmar con una precisión extraordinaria.

—Pasé tiempo allí —dijo Bárbara con naturalidad.

—Eso lo sé.

—Entonces no es tan sorprendente —dijo Bárbara.

Moreau la observó durante unos segundos. Luego dijo algo que cambió el tono de la conversación.

—Hace casi dos años encontraron restos humanos en un antiguo molino de Colmar.

Bárbara no respondió.

—El caso no se hizo público durante mucho tiempo —continuó él.

—Los archivos policiales pueden ser lentos —dijo ella.

Moreau sonrió ligeramente.

—Sin embargo, su novela describe ese molino y lo ocurrido allí con demasiada exactitud cuando todavía seguía vigente el secreto de sumario.

El silencio se alargó. Bárbara sostuvo su mirada.

—Los novelistas tenemos buena imaginación.

Moreau cerró la libreta.

—Sí. Sí. Licencia de autor, supongo. Aunque en su caso resulta sorprendentemente precisa.

—¿Entonces? —preguntó Bárbara a la defensiva.

El periodista inclinó la cabeza.

—Entonces me pregunto si su imaginación… tuvo alguna ayuda.

Cuando el periodista se marchó, Bárbara permaneció sentada unos minutos más. El café ya se había enfriado. La lluvia comenzaba a caer otra vez sobre la ciudad.

Sabía que aquello era inevitable. Cuanto más éxito tenía el libro, más personas empezaban a preguntarse de dónde había salido aquella historia.

El problema no era que alguien descubriera la verdad, sino las consecuencias que podía tener para quienes seguían vivos.

Isabelle. Lucien. Incluso algunos miembros de la familia Delacroix.

Moreau había demostrado que los cabos empezaban a unirse.

Su apellido, el de Sophie, el hallazgo del molino, los detalles de la novela… Ahora que el secreto de sumario se había levantado, bastaba con que alguien investigara un poco más para descubrir que demasiadas cosas coincidían.

Bárbara sabía que no podría seguir defendiendo que todo era fruto de su imaginación.

Algunos ya sospechaban la verdad, aunque ella nunca la hubiera confirmado.

Y si todo salía a la luz, podía desatarse una tormenta.

Esa noche llamó a Isabelle.

—Creo que alguien está investigando la historia.

Isabelle guardó silencio unos segundos.

—¿Un periodista?

—Sí. Quiere hacer un documental sobre la historia de Sophie.

—dijo Bárbara.

—Era inevitable—contestó Isabelle.

Bárbara suspiró.

—No quiero que esto te afecte.

Isabelle respondió con calma.

—Mi vida Cambió Por todo lo sucedido.

—Pero ahora las cosas son diferentes —dijo Bárbara.

—Sí. Lo son.

—¿Entonces? —quiso saber Bárbara.

Isabelle habló con una serenidad que Bárbara siempre admiraba.

—Si la verdad sale a la luz, saldrá.

—¿No te preocupa?

—No.

—¿Por qué?

Isabelle respondió con una frase sencilla.

—Porque Sophie nunca tuvo miedo de la verdad.

Aquella noche Bárbara volvió al despacho.

El libro seguía sobre la mesa. Lo abrió al azar. Leyó un párrafo, luego otro.

Durante unos segundos pensó en algo que no había considerado antes. Quizá la historia aún no había terminado. Quizá el mundo todavía necesitaba saber algo más. Pero antes de decidir nada, había otra cosa que debía hacer. Bárbara abrió el ordenador y compró un billete de avión.

Destino: Estrasburgo. Desde allí, el tren tardaba menos de treinta minutos en llegar a Colmar.

Mientras confirmaba la reserva, Bárbara sintió algo extraño. Una mezcla de inquietud y determinación. Había abandonado Colmar creyendo que la historia estaba cerrada.

Pero ahora comprendía algo. Las historias verdaderas rara vez terminan cuando creemos que lo hacen. A veces necesitan volver al lugar donde empezaron.