Capítulo 41 — El regreso a Colmar
El tren salió de Estrasburgo a media mañana.
Bárbara había pasado la noche anterior en un pequeño hotel cerca de la estación, apenas durmiendo. No por el viaje; había viajado miles de veces durante su carrera como periodista, sino por la sensación extraña de estar regresando a un lugar que había cambiado su vida.
A través de la ventana del tren, los campos de Alsacia pasaban lentamente. Viñedos que todavía conservaban el verde del verano, pequeños pueblos de tejados inclinados e iglesias antiguas que se levantaban entre los campos.
Cuando el tren empezó a reducir la velocidad, Bárbara reconoció la silueta de la ciudad.
Colmar. Durante unos segundos sintió algo parecido a un vértigo silencioso.
Había llegado a aquella ciudad casi dos años atrás buscando inspiración y había terminado encontrando una historia que ahora conocía medio mundo.
Después había regresado varias veces por cuestiones relacionadas con la investigación, pero hacía tiempo que no volvía.
Ahora todo parecía más lejano, aunque algunas noches todavía soñaba con el molino y con aquella noche en la que pudo no haber salido con vida de Colmar.
La estación de Colmar estaba tranquila. Demasiado tranquila para una ciudad que en los últimos meses había aparecido en tantos periódicos y programas culturales. Bárbara caminó hasta la salida con la maleta pequeña que siempre llevaba cuando viajaba sola.
El aire era fresco y el cielo estaba cubierto de nubes bajas. Nada parecía haber cambiado y, sin embargo, algo era distinto. Lo notó cuando entró en el centro histórico. En el escaparate de la primera librería vio su propio rostro. Un cartel grande anunciaba:
«LA ÚLTIMA NAVIDAD DE SOPHIE». La novela que ha emocionado a Europa.
Debajo había una pila enorme de ejemplares del libro. Bárbara se detuvo frente al escaparate. Siempre había sido consciente de su reputación como periodista.
Sus reportajes habían ocupado portadas durante semanas. Pero aquello era diferente. Aquello era una historia que pertenecía a aquella pequeña ciudad y a su propia familia.
La puerta de la librería se abrió. Un hombre salió con varios libros bajo el brazo y se detuvo al verla. Durante un segundo pareció reconocerla. Luego sonrió.
—Gran libro —dijo levantando el ejemplar que llevaba en la mano.
Bárbara sonrió con cortesía.
—Gracias.
El hombre siguió caminando sin sospechar nada más.
Bárbara cruzó el centro histórico en un agradable paseo. Las casas de fachada con entramado de madera parecían exactamente iguales que la primera vez que las había visto.
Las fachadas inclinadas. Las ventanas adornadas con flores. Los pequeños puentes sobre los canales. El agua corría con un sonido suave que parecía formar parte de la respiración de la ciudad.
Pero ahora había algo nuevo. Turistas. Muchos más de lo habitual para aquella época del año. Algunos caminaban con el libro en la mano. Otros miraban el móvil intentando encontrar lugares mencionados en la novela. Bárbara escuchó a una pareja hablando en inglés.
—Creo que el molino está por aquí.
—Sí, en el capítulo veinte.
Bárbara siguió caminando. Su historia había dejado una huella inesperada en la ciudad.
Fue al molino al final de la tarde. El lugar estaba silencioso.
El agua del canal seguía pasando bajo la estructura antigua de madera.
Pero ahora había algo diferente. Flores, velas, pequeñas notas escritas a mano.
Bárbara se acercó y leyó una de ellas. «Gracias por contar su historia».
Otra decía: «Para Sophie». Bárbara sintió un nudo en el pecho.
Durante más de sesenta años nadie había recordado a aquella mujer. Ahora la ciudad entera parecía hacerlo.
—Sabía que volverías.
Bárbara se giró. Isabelle estaba de pie junto al puente. Llevaba una chaqueta oscura y el cabello se movía ligeramente con el viento. Pero sus ojos seguían teniendo aquella mezcla de serenidad y melancolía que Bárbara recordaba.
—Hola.
Había avisado a Isabelle de que estaría en Colmar, aunque no habían quedado a ninguna hora concreta. Por eso no le sorprendió del todo verla junto al puente. Isabelle caminó hasta ella.
—La ciudad está un poco diferente desde que salió tu libro.
Bárbara miró alrededor.
—Lo he notado.
Isabelle sonrió suavemente.
—Nunca pensé que tanta gente vendría aquí para recordar a Sophie.
Bárbara observó las flores.
—Creo que el mundo necesitaba conocerla.
Isabelle guardó silencio unos segundos. Luego dijo algo inesperado.
—Tengo algo para ti.
Isabelle sacó un pequeño objeto del bolsillo del abrigo. Era un cuaderno antiguo. La cubierta estaba desgastada. Las páginas amarillentas. Bárbara reconoció la letra inmediatamente.
—¿De dónde ha salido?
Isabelle lo abrió con cuidado.
—Durante las obras de restauración del molino encontraron una caja de madera. La policía revisó su contenido y, cuando comprobaron que no aportaba nada nuevo a la investigación, me entregaron la caja.
Bárbara sintió que el corazón le latía más rápido.
—¿Y?
—Dentro estaba esto.
Bárbara tomó el cuaderno.
Era de Sophie. Las páginas estaban llenas de notas. Fechas. Nombres. Observaciones escritas con rapidez. Era un diario, un diario que Sophie había escrito durante su investigación.
Bárbara levantó la mirada.
—Esto puede cambiar muchas cosas.
Isabelle asintió.
—Lo sé.
El sol empezaba a desaparecer detrás de los tejados de Colmar. El agua del canal reflejaba la luz gris del atardecer.
Bárbara cerró el cuaderno lentamente.
—Parece que la historia aún no ha terminado.
Isabelle miró el cuaderno.
—Me temo que no.