La última Navidad de Sophie Capítulo 39 — El invierno después del éxito
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Capítulo 39 — El invierno después del éxito

Seis meses después

El otoño había regresado a Edimburgo.

El verano empezaba a quedar atrás y la ciudad recuperaba poco a poco sus cielos grises y esa luz cambiante que anunciaba la llegada de los meses fríos, con un viento que recorría las calles de piedra con una determinación casi personal, y una luz gris que parecía envolver la ciudad en una especie de calma antigua, del tipo que no invita al movimiento sino a la quietud, a quedarse dentro y escuchar cómo el viento trabaja afuera.

Bárbara caminaba sola por The Meadows. Habían pasado seis meses desde la publicación de La última Navidad de Sophie, meses en los que habían cambiado muchas cosas.

Demasiadas, en algunos sentidos. Habían sido meses de entrevistas, presentaciones y festivales literarios.

Bárbara estaba acostumbrada a las cámaras, a las preguntas, incluso a cierta notoriedad.

Pero siempre había sido ella quien investigaba, quien observaba, quien contaba la historia.

Ahora era diferente. La historia era ella.

Y todavía no terminaba de acostumbrarse.

Las hojas de los árboles del parque empezaban a cambiar de color. Algunos estudiantes cruzaban el parque con mochilas llenas de libros, caminando deprisa, sin mirar a los lados.

Bárbara paseaba despacio entre ellos, con las manos en los bolsillos del abrigo. Nadie parecía reconocerla, y eso era un alivio que había aprendido a valorar más de lo que habría imaginado al principio de todo aquello.

Las ventas de la novela habían superado incluso las previsiones más optimistas de Andrew, que era un hombre que no se permitía el lujo del optimismo excesivo y que, sin embargo, en los primeros tres meses tras la publicación, había llamado a Bárbara con una regularidad casi embarazosa para informarle de cifras que ninguno de los dos había contemplado como posibles.

Pero ahora todo estaba un poco más tranquilo.

El libro seguía vendiéndose bien. Continuaba en las listas de los más vendidos en media Europa, y las ediciones en alemán, neerlandés y polaco, negociadas durante el verano, empezaban a llegar a las librerías.

Pero el revuelo de los primeros meses había pasado.

Su nombre ya no aparecía cada día en la prensa.

Las entrevistas habían disminuido y Bárbara empezaba a recuperar cierta normalidad.

Después de meses en los que todo había sucedido demasiado deprisa, volvía a tener tiempo para ella. Y, sobre todo, para pensar.

Se sentó en un banco todavía húmedo por la lluvia y levantó la vista. El cielo de Edimburgo estaba gris, cubierto de nubes que amenazaban con descargar de nuevo en cualquier momento. Septiembre empezaba a anunciar que el verano había quedado atrás.

A veces le parecía extraño que el mundo entero hablara de aquella historia como si fuera ficción.

Los críticos literarios analizaban la construcción del misterio, la dosificación de las revelaciones, la manera en que el personaje principal avanzaba por el pueblo navideño acumulando pistas con una lógica que algunos encontraban demasiado perfecta y otros consideraban el mayor acierto narrativo del libro.

Profesores universitarios de tres países distintos habían incluido La última Navidad de Sophie en sus bibliografías sobre novela negra contemporánea, hablando del personaje de Sophie como de una creación literaria especialmente lograda, con esa ambigüedad que tienen los lectores académicos de mencionar de pasada que hay algo de verídico en la historia sin detenerse demasiado en lo que eso significa exactamente.

Y lectores de todo el mundo escribían cartas describiendo lo mucho que les había emocionado, la noche que no habían podido dormir a mitad del capítulo del molino, la manera en que el final les había dejado una sensación de justicia tardía que no esperaban encontrar en una novela de misterio.

Pero Bárbara sabía algo que ninguno de ellos sabía a ciencia cierta.

Toda la historia de Sophie había existido. No como inspiración, no como punto de partida para una elaboración literaria.

Había existido exactamente como estaba escrita, con los mismos nombres, en las mismas calles, en el mismo molino junto al que el agua seguía corriendo indiferente, mientras los turistas pasaban a su lado sin saber lo que había bajo la piedra, lo que había permanecido allí oculto durante tantos años.

Y ahora medio mundo hablaba de ella sin saber con seguridad cuánto de todo era real.

A veces esa idea la incomodaba. No por una cuestión de reconocimiento, sino por algo más difícil de articular.

La sensación de que Sophie merecía ser recordada exactamente como lo que había sido, una periodista real con una historia real, y no como el personaje de una novela de éxito, por muy bien escrita que estuviera.

Aunque, en sus momentos más lúcidos, Bárbara se recordaba que era precisamente la novela la que había hecho posible que millones de personas conocieran su nombre.

Quizás ese era el único camino que quedaba para dar a Sophie la visibilidad que los archivos de periódico y los registros policiales nunca podrían haberle dado.

El proceso judicial seguía su curso en Francia, más lento de lo que a nadie le habría gustado, con los abogados de Laurent Delacroix encontrando obstrucciones procesales donde otros solo habrían visto caminos despejados.

Pero el inspector Renard la mantenía informada con una regularidad que había terminado convirtiéndose en algo parecido a una amistad epistolar. Sus correos breves y precisos, siempre con algún dato nuevo que añadir al expediente, alguna verificación forense completada, algún testimonio recogido.

Isabelle seguía en Colmar. Le escribía con cierta frecuencia.

Sus correos no hablaban del juicio ni de los Delacroix, sino de cosas más pequeñas.

Le contaba que había empezado a dar clases de historia local en una asociación cultural del barrio antiguo, que Lucien tenía pensado mudarse más cerca de la ciudad en la primavera siguiente y que el Hôtel des Lanternes había cambiado el menú del comedor.

Henri estaba muy orgulloso de la nueva sopa de cebolla.

Correos que eran, en su aparente normalidad, la prueba más clara de que algo había cambiado de manera irreversible en la vida de aquella mujer: el simple hecho de tener una vida que contar sin tener que ocultarla.

Bárbara se levantó del banco, sacudiéndose la humedad del abrigo, y emprendió el camino de regreso a casa por el mismo itinerario que había seguido cientos de veces en los últimos años, tan incorporado a su rutina que sus pies lo recorrían casi sin necesidad de instrucciones conscientes.

Aquella misma tarde, cuando regresó a su casa en Morningside y abrió la verja del pequeño jardín delantero, encontró algo que no esperaba.

Un coche oscuro estaba aparcado frente a la puerta.

No era un taxi. Tampoco tenía el aspecto de los coches de los periodistas que habían aparecido con cierta frecuencia durante los primeros meses, con sus logotipos de cadenas de televisión discretamente visibles en los retrovisores.

Era un coche particular, grande, de matrícula londinense.

Cuando Bárbara abrió la verja, la puerta del coche se abrió. Un hombre salió. Era alto, llevaba un abrigo oscuro y tenía el cabello gris, con entradas que le daban un aspecto de seriedad no del todo buscada.

Rondaba los cincuenta, con la postura de alguien acostumbrado a esperar sin que eso le incomodara demasiado.

—¿Señora MacLeod?

Bárbara lo observó con atención, activando sin querer ese mismo instinto de evaluación rápida que llevaba tiempo aplicando a cada persona que intentaba hablar con ella en contextos no solicitados.

—Depende de quién pregunte.

El hombre sonrió ligeramente, una sonrisa que sugería que la respuesta no le había sorprendido.

—Mi nombre es Richard Hale. Trabajo para la BBC.

Bárbara suspiró.

—Si es otra entrevista… ya lo he contado todo, respecto a la historia de Sophie.

—No lo es —contestó él con voz firme.

—¿Entonces?

—Estamos preparando un documental.

Bárbara cruzó los brazos.

—Ya han hecho uno. Canal 4, hace seis meses. Sobre el caso Delacroix y la investigación periodística que llevó al descubrimiento del molino.

—Lo sé. Lo vi —dijo el hombre.

—¿Entonces?

—Ese documental habla del caso. Del proceso judicial, de los documentos, de la familia.

—Correcto —contestó Bárbara

—El nuestro no —dijo Hale.

Bárbara lo miró, esperando.

—¿Sobre qué entonces?

El hombre la miró directamente.

—Sobre Sophie.

El silencio se alargó unos segundos. El viento movía las ramas del rosal sin podar del jardín con un sonido suave que, en cualquier otra circunstancia, Bárbara no habría notado.

—Eso es curioso —dijo Bárbara.

—¿Por qué? —quiso saber él.

—Porque oficialmente Sophie ya ha salido en toda la prensa del mundo. Su historia es muy conocida —afirmó ella.

Richard Hale inclinó ligeramente la cabeza, con la paciencia de quien tiene más información de la que ha mostrado todavía.

—Eso es lo que dicen los artículos.

Dentro de la casa, con el fuego encendido en la chimenea del salón y dos tazas de té sobre la mesa, Richard Hale observaba las estanterías llenas de libros con esa manera particular que tienen ciertos periodistas de mirar los espacios ajenos, leyendo en ellos información que ninguna entrevista les habría dado.

—Siempre imaginé que su casa sería así.

—¿Así cómo? —preguntó Bárbara.

—Llena de historias —dijo Hale.

Bárbara se sentó frente a él, con la espalda recta y las manos alrededor de la taza, en la misma postura que adoptaba cuando era ella quien hacía las preguntas y no quien las recibía.

—Explíqueme qué quiere exactamente.

Hale apoyó las manos sobre la mesa.

—Durante la preparación del documental encontramos algo interesante.

Bárbara no respondió, esperando.

—Una periodista británica desaparecida en Colmar en 1962.

Hasta ahí todo es de dominio público, ya lo sabemos.

—Correcto —dijo ella.

—Pero hay algo más.

El hombre abrió la carpeta que había llevado bajo el brazo desde el coche y extrajo varias fotografías antiguas, depositándolas sobre la mesa con un cuidado que sugería que sabía perfectamente el efecto que iban a producir.

Bárbara reconoció una inmediatamente. Era el molino, pero no el molino de la investigación policial ni el de las imágenes de televisión captadas con los focos y las cintas de precaución.

Era una fotografía antigua, en blanco y negro, de los años sesenta a juzgar por la calidad del revelado, que mostraba el molino cubierto de nieve, con el agua en movimiento, vivo y funcionando, con una figura femenina de pie junto a la puerta que Bárbara no necesitó más de dos segundos para reconocer. Era Sophie.

Pero no la Sophie de la fotografía que había encontrado en la librería de Matthieu, la que miraba hacia la cámara con aquella expresión desafiante.

Era una Sophie diferente, de perfil, con la mano apoyada en el marco de la puerta del molino, mirando hacia el interior con una concentración que hacía imposible saber si lo que veía la asustaba o simplemente la confirmaba en algo que ya sospechaba.

—¿Dónde ha encontrado esto? —preguntó Bárbara, su voz más baja de lo que pretendía.

—En un archivo privado de Londres.

Hale señaló el borde de la fotografía.

—Hay una fecha al dorso.

Bárbara la giró. 22 de diciembre de 1962, dos días antes de su muerte.

—¿Quién la tomó? —quiso saber Bárbara.

Hale la miró con una calma inquietante.

—Esa es exactamente la pregunta que queremos responder.

Cuando el hombre se marchó, dejando sobre la mesa su tarjeta y una copia de las fotografías, la casa quedó en silencio.

Bárbara permaneció sentada frente a la chimenea, con la fotografía de Sophie y el molino entre las manos, mirando aquella figura de perfil que dos días después de ser captada por un objetivo desconocido dejaría de existir para el mundo.

Creía conocer ya toda la historia de Sophie. Aquella fotografía acababa de demostrarle que se equivocaba.

Las historias verdaderas tienen una forma curiosa de salir a la superficie, pero también de expandirse, de revelar capas nuevas en el momento en que uno cree haberlas agotado.

Sophie había dejado un cuaderno, una carpeta de documentos, una llave, una consigna numerada.

Pero también había dejado, sin saberlo, la huella involuntaria que cualquier persona deja simplemente al existir: una fotografía tomada por alguien que la observaba dos días antes de su muerte, guardada en un archivo privado de Londres cuya procedencia Richard Hale no había explicado del todo.

Subió al despacho. Sobre la mesa estaba el primer ejemplar del libro, el que había sostenido con una mezcla de orgullo e incredulidad el día que recibió los primeros ejemplares de imprenta y que nunca había querido mover de aquel lugar, como si necesitara tenerlo a la vista para recordarse a sí misma que todo aquello había ocurrido realmente.

«La última Navidad de Sophie».

Lo abrió por la primera página. La dedicatoria seguía allí, impresa con esa tipografía sobria que había elegido deliberadamente, sin adornos. «Para Sophie MacLeod, que creyó que la verdad siempre merecía ser contada».

Bárbara cerró el libro lentamente, dejando los dedos un momento sobre la cubierta.

Luego miró la fotografía de nuevo. Sophie de perfil, la mano en el marco de la puerta del molino, mirando hacia un interior que ella conocía ahora mejor que nadie.

Alguien había estado allí con ella aquella noche. Alguien que no aparecía en ningún documento, en ningún testimonio, en ninguna de las declaraciones recogidas por el inspector Renard.

Alguien que había sostenido una cámara y había capturado aquel instante con suficiente intención como para guardar el resultado durante décadas.

Bárbara cogió el teléfono y marcó el número del inspector Renard. Era tarde en Francia, casi las nueve de la noche, pero Renard era el tipo de hombre que no se molestaba por las llamadas fuera de horario cuando venían de personas en cuyo criterio confiaba.

Contestó al segundo tono.

—Señorita MacLeod. ¿Problemas?

—No exactamente. Pero creo que puede que la historia todavía no haya terminado.