La última Navidad de Sophie Capítulo 38 — El libro que nadie esperaba
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Capítulo 38 — El libro que nadie esperaba

El día que «La última Navidad de Sophie» llegó a las librerías, Edimburgo amaneció cubierto por una luz gris plateada que hacía que las fachadas de piedra parecieran aún más antiguas.

Bárbara no salió de casa. Había pasado la noche anterior revisando por última vez las pruebas finales del libro, aunque sabía perfectamente que ya no podía cambiar nada, pero los nervios no la dejaban parar.

El libro llevaba semanas terminado y sus ejemplares ya habían sido distribuidos por media Europa. Aun así, algo dentro de ella necesitaba comprobar cada frase, cada palabra, cada recuerdo.

La historia que el mundo estaba a punto de leer no era solo una novela. Era una vida, la vida de Sophie y la historia de una niña que había sobrevivido al silencio.

A las ocho de la mañana sonó el teléfono. Andrew.

—Buenos días, estrella literaria.

Bárbara estaba en la cocina con una taza de café.

—Eso suena demasiado optimista para esta hora.

—No lo es —contestó él con rotundidad.

—¿Qué pasa? —preguntó Bárbara confundida.

Hubo un pequeño silencio al otro lado de la línea. Luego Andrew dijo algo que hizo que Bárbara dejara la taza sobre la mesa.

—El libro se está agotando.

—¿Cómo? —Bárbara frunció el ceño—. Andrew, el libro salió hoy.

—Las librerías de Londres ya han pedido una segunda tirada.

—Eso es imposible —dijo Bárbara sin acabar de creerse la noticia.

—No cuando lo escribe alguien que tiene tres Pulitzer en su currículum.

Bárbara sonrió. Eso era cierto. Su nombre seguía teniendo peso en el mundo editorial.

Durante años había sido una de las periodistas de investigación más respetadas de Europa. Sus reportajes habían derribado gobiernos. Habían destapado redes de corrupción y le habían valido premios en todo el mundo.

Había empezado a trabajar, nada más finalizar su carrera, y esa juventud le dio un descaro y un atrevimiento que quizá no habría tenido de haber empezado más tarde.

Se había lanzado a investigar sin medir demasiado los riesgos, con esa mezcla de inconsciencia y valentía que solo los años terminarían enseñándole a controlar.

Cuando Bárbara MacLeod escribía algo, la gente prestaba atención. Pero esta vez era diferente. Esta vez no era solo un reportaje. Era una historia. Y la gente parecía necesitarla.

Las críticas comenzaron a aparecer esa misma tarde. Andrew le envió varias capturas. Bárbara las leyó en silencio.

The Guardian: «Bárbara MacLeod demuestra que su talento no pertenece solo al periodismo. “La última Navidad de Sophie” es una novela hipnótica, escrita con la precisión de una investigadora y el pulso narrativo de una gran novelista».

The Times: «Un misterio elegante y profundamente humano. MacLeod construye una historia que parece demasiado real para ser ficción».

Bárbara cerró el portátil. La frase se quedó resonando en su cabeza. Demasiado real para ser ficción.

Tres días después estaba sentada en un estudio de televisión. Las luces eran intensas, las cámaras apuntaban directamente hacia ella. El presentador sonreía con entusiasmo.

—Bárbara MacLeod. Periodista legendaria, ganadora de múltiples premios Pulitzer… y ahora autora de la novela del momento.

Bárbara sonrió con tranquilidad. Había pasado media vida frente a cámaras.

—Gracias.

El presentador levantó el libro.

—La pregunta que todo el mundo quiere hacer es muy simple.

Bárbara sabía cuál era.

—¿Está basada en hechos reales?

El público en el estudio se inclinó hacia adelante. Bárbara respondió con una serenidad perfecta.

—Todas las novelas lo están, todas tienen algo de realidad en lo que cuentan y esta también lo tiene.

El presentador rio.

—Pero esta parece especialmente real.

—Eso es lo que hace que las historias funcionen —contestó Bárbara.

—Entonces… ¿todo es imaginación? —preguntó el presentador con un ligero toque de ironía.

Bárbara sostuvo su mirada durante un segundo.

—La imaginación siempre se alimenta de algo y en este caso hubo un suceso que dio paso a mi gran imaginación.

El presentador levantó el libro otra vez.

—Sea como sea, una cosa está clara.

Miró a la cámara.

—Bárbara MacLeod ha vuelto a demostrar por qué es una de las narradoras más brillantes de nuestro tiempo.

Las semanas siguientes fueron una tormenta: firmas de libros, entrevistas, invitaciones a festivales literarios.

El libro se tradujo en doce idiomas en menos de tres meses. Las ventas superaron cualquier previsión.

Andrew la llamó una noche eufórico.

—No recuerdo la última vez que una novela creció tan rápido.

—¿Cuántos ejemplares? —preguntó Bárbara.

—Más de medio millón —dijo Andrew

Bárbara guardó silencio.

—Eso es una locura.

—No.

Andrew sonrió al otro lado del teléfono.

—Eso es lo que pasa cuando alguien con tu reputación decide escribir «ficción».

Pero el éxito también tenía un lado extraño. Cuanto más hablaba del libro en entrevistas, más preguntas aparecían. Periodistas que preguntaban por Colmar.

Lectores que aseguraban haber visitado la ciudad y reconocer los lugares descritos. Historiadores que investigaban viejos archivos.

La línea entre ficción y realidad empezaba a difuminarse.

Una noche, después de una presentación en Londres, Bárbara volvió al hotel con una sensación inquietante.

En la recepción la esperaba un sobre. No tenía remitente. Solo su nombre.

Lo abrió en el ascensor. Dentro había una nota.

«Sophie estaría orgullosa».

Debajo había una fotografía. Era del molino de Colmar cubierto de flores. Bárbara sonrió lentamente. Sabía quién la había enviado. La carta era de Isabelle.

Dos días después recibió un correo electrónico de Isabelle.

La ciudad ha cambiado desde que salió tu libro. La gente habla de Sophie como si siempre hubiera estado aquí, como si nunca hubiera desaparecido.

Bárbara leyó el mensaje dos veces.

Luego respondió:

Eso significa que lo conseguimos.

La respuesta llegó pocos minutos después:

No, eso significa que ella lo consiguió.

Una noche, mientras caminaba sola por Princes Street, Bárbara se detuvo frente al castillo de Edimburgo.

Las luces iluminaban la roca sobre la que se alzaba la fortaleza. La ciudad parecía eterna. Por alguna extraña razón pensó en Colmar. Y en el libro que ahora leía medio mundo.

Bárbara comprendió algo entonces. Las historias no pertenecen a quienes las escriben. Pertenecen a quienes las necesitan. Y el mundo necesitaba recordar a Sophie.