La última Navidad de Sophie Capítulo 37 — El Profesor
71%

Capítulo 37 — El Profesor

El profesor Étienne Laurent vivía en Lyon. Había pasado diez años investigando la historia social de Alsacia en el siglo xx y su nombre aparecía con frecuencia en artículos académicos sobre el periodo de posguerra.

Cuando Bárbara aceptó la videollamada, esperaba encontrar a un académico curioso, pero el hombre que apareció en la pantalla parecía más inquieto que interesado y mucho más joven de lo esperado.

—Señora MacLeod —dijo en un inglés impecable—, su libro es extraordinario.

—Gracias.

—Pero tengo una pregunta.

Bárbara ya sabía cuál era.

—Adelante.

El profesor la miró fijamente a través de la pantalla.

—¿De dónde sacó esa historia?

Bárbara respondió con calma.

—De mi imaginación.

El profesor sonrió con suavidad.

—Eso es lo que dice la nota editorial.

—Y es verdad.

—Tal vez.

El historiador apoyó las manos sobre la mesa.

—Pero algunas partes de su novela coinciden con hechos que nunca se hicieron públicos.

Bárbara no respondió. El profesor continuó:

—Una periodista británica desapareció realmente en Colmar en 1962.

—Eso aparece en archivos históricos —dijo Bárbara.

—Sí. Es cierto, pero no con tanto detalle —contestó el profesor.

—Y en periódicos antiguos y… últimamente todos los periódicos se han hecho eco de la noticia —continuó Bárbara, queriendo ser convincente.

—También. —El profesor inclinó la cabeza—. Pero nadie fuera de un círculo muy reducido sabía detalles muy concretos sobre su cuerpo, que fue encontrado en noviembre de 2024. Demasiados datos, demasiadas coincidencias.

El silencio llenó la habitación. Bárbara sostuvo su mirada.

—Las coincidencias ocurren.

El profesor Laurent la observó unos segundos. Luego sonrió.

—Por supuesto.

Pero antes de terminar la llamada dijo algo más.

—Si alguna vez decide contar la historia completa… —Hizo una pausa—. Yo estaré muy interesado en escucharla.

Esa misma semana ocurrió algo inesperado. Bárbara regresaba de una caminata por The Meadows cuando vio una figura familiar frente a su casa. Durante un segundo pensó que estaba imaginando cosas. Pero no. Era Isabelle.

Bárbara se acercó.

—No esperaba verte aquí.

Isabelle sonrió.

—Yo tampoco esperaba venir.

—¿Qué te trae a Edimburgo? —preguntó Bárbara, después de un caluroso abrazo.

Isabelle miró la casa.

—Quería ver dónde empezó «La última Navidad de Sophie».

Bárbara abrió la puerta.

—Entonces entra.

Dentro, el fuego de la chimenea iluminaba el salón con una luz cálida.

Isabelle observó las estanterías llenas de libros.

—Así que aquí se escribió la historia.

—Solo la última parte. Lo comencé en mi cafetería favorita de Colmar. Solo allí podía comenzar esa historia.

Isabelle caminó hasta la ventana.

—¿Sabes qué es lo curioso?

—¿Qué? —preguntó Bárbara.

—El mundo cree que esta historia es ficción.

Bárbara se apoyó en la mesa.

—Quizá sea mejor así.

Isabelle la miró.

—¿Lo crees?

Bárbara pensó en Sophie, en la nieve cayendo sobre el molino.

En la carta que había encontrado en su buzón.

—A veces, la verdad necesita un disfraz.

Dos semanas después llegaron los primeros ejemplares impresos.

Una caja enorme apareció en la puerta de la casa.

Bárbara la abrió con una mezcla de emoción y nervios.

Dentro estaban los libros. Bárbara permaneció unos segundos mirándolos, sin atreverse todavía a tocar ninguno.

La portada era incluso más hermosa de lo que había imaginado.

Colmar aparecía iluminada bajo un cielo nocturno, con las casas de entramado de madera reflejándose en el canal y las luces de Navidad encendidas a lo largo de las calles. Sobre la ciudad, una luna blanca y un cielo teñido de azul y verde daban a la escena un aire casi irreal.

Y allí estaba Sophie.

De espaldas, con su largo abrigo azul, caminando junto al canal con el maletín en la mano. No se le veía completamente el rostro, apenas el perfil, pero Bárbara la reconoció de inmediato. Era exactamente como la había imaginado tantas veces mientras escribía.

En la parte inferior, entre cartas y papeles antiguos, aparecía una fotografía de Sophie. Como si aquella mujer que caminaba por Colmar y la periodista que había quedado atrapada en una historia durante décadas fueran, por fin, la misma persona.

Sobre todo, ello, en grandes letras plateadas, se leía La última Navidad de Sophie. Y abajo, su propio nombre: Bárbara MacLeod.

Bárbara pasó lentamente los dedos por la cubierta. Durante unos instantes olvidó la editorial, las entrevistas, las ventas y todas las preguntas que empezaban a surgir alrededor de la novela.

Solo vio a Sophie.

Después tomó uno de los ejemplares entre las manos. Luego lo abrió. En la primera página había una dedicatoria.

Para Sophie MacLeod, que creyó que la verdad siempre merecía ser contada.

Bárbara cerró el libro. Y por primera vez desde que había empezado a escribirlo, sintió que la historia estaba completa.

Aunque en el fondo sabía algo más.

Las historias verdaderas nunca terminan del todo.