La última Navidad de Sophie Capítulo 34 — El regreso a la ciudad de piedra #2
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Capítulo 34 — El regreso a la ciudad de piedra #2

Un hombre paseaba a su perro junto al camino de grava, el animal deteniéndose a olfatear cada árbol con una minuciosidad que su dueño esperaba con la paciencia resignada de quien ya ha aprendido que no sirve de nada apresurarse.

Bárbara caminaba despacio, con las manos en los bolsillos del abrigo, sintiendo el frío húmedo de Edimburgo, muy diferente al frío seco de Colmar, más penetrante, más pegajoso, el tipo de frío que no te abandona, aunque te muevas.

Cuando llegó a Princes Street, el castillo de Edimburgo se alzaba sobre la ciudad como una sombra gigantesca, sus murallas de piedra oscura recortándose contra el cielo gris con una solidez que parecía desafiar cualquier intento de ignorarla.

Bárbara se detuvo frente a él. Pensó en su abuela, esa mujer de la que nadie había hablado nunca en su familia, y ella ahora se sentía muy orgullosa de haber cambiado eso. Las ciudades sobreviven a las historias, pero las historias también hay veces que sobreviven a las ciudades.

Sacó el teléfono y marcó un número. Andrew Collins contestó al tercer tono.

—Bárbara —dijo su editor con ese tono entre irritado y aliviado que reservaba para las personas en las que confiaba suficientemente como para no fingir enteramente —.Empiezo a pensar que te has mudado a Francia.

—Casi. No vas muy desencaminado —respondió ella.

—¿Encontraste más inspiración?

Bárbara miró el castillo, sus torres envueltas en la niebla baja de la tarde.

—Más de la que esperaba.

—Eso suena prometedor. O peligroso —dijo Collins.

—Las dos cosas —contestó Bárbara

Hubo un pequeño silencio, el tipo de silencio que Andrew utilizaba para indicar que estaba escuchando de verdad, no solo esperando su turno para hablar.

—Andrew —dijo Bárbara.

—Dime —contestó Collins.

—He escrito algo.

—¿Otro artículo sobre Sophie? —preguntó Collins.

—No solo eso.

Bárbara respiró hondo, mirando la lluvia que empezaba a intensificarse sobre Princes Street, los transeúntes abriéndose paraguas a su alrededor con esa resignación practicada de quien vive en una ciudad donde el clima húmedo nunca es una sorpresa.

—Una novela —dijo al fin.

El silencio al otro lado de la línea duró unos segundos más de lo habitual.

—Bárbara… tú no escribes novelas.

—Ahora sí —contestó ella con firmeza.

—¿De qué trata?

Bárbara sonrió ligeramente.

—De una ciudad en Navidad.

—Eso suena bastante inocente.

—Te aseguro que no lo es —dijo Barbara, poniendo especial énfasis en el No.

—¿Es sobre lo que pasó en Colmar?

—Es sobre lo que pasó en Colmar hace ya tantos años. Y sobre lo que pasó hace un año, y lo que sigue pasando cada vez que algo que está cubierto de mierda se revuelve.

Va sobre la distancia entre las dos cosas, sobre lo que sobrevive cuando todo lo demás se ha perdido.

Andrew guardó silencio un momento.

—Mándamelo.

—Te lo mando hoy.

Aquella noche Bárbara volvió al despacho, encendió el ordenador y abrió el manuscrito. «La última Navidad de Sophie». Trescientas ochenta páginas.

Leyó el primer párrafo. Luego el segundo. Luego siguió leyendo durante casi dos horas, sin detenerse a corregir nada, solo leyendo, como si necesitara ver la historia entera desde fuera antes de decidir si era lo que creía que era.

Cuando terminó, ya eran más de las cuatro de la madrugada y la lluvia seguía golpeando la ventana del despacho con ese ritmo irregular e hipnótico que tiene la lluvia escocesa cuando no tiene ninguna prisa.

Cogió el cuaderno de Sophie del escritorio y lo sostuvo un momento entre las manos, sintiendo el peso del papel envejecido, la textura de la tela de la cubierta gastada en las esquinas. Luego lo abrió en la última entrada.

La letra de Sophie, inclinada y firme, llenaba la página con esa urgencia contenida de quien sabe que quizás no tendrá tiempo de escribir más.

Si no puedo salvarla, que al menos alguien encuentre el camino.

Bárbara leyó la frase una vez más, y luego cerró el cuaderno con cuidado.

Tenía derecho a escribirlo. No porque Sophie fuera su abuela, sino porque Sophie lo había pedido, con esas palabras escritas a mano en el margen de un documento que había guardado dentro de una consigna numerada en la estación de una ciudad francesa, esperando que alguien con suficiente terquedad viniera a reclamarlo.

Abrió el correo electrónico. Adjuntó el archivo.

Y escribió:

«Andrew, creo que esta es la historia más importante que he escrito nunca. No por lo que soy yo, sino por lo que fue ella».

Durante unos segundos el cursor parpadeó sobre el botón de enviar y Bárbara pensó, en ese instante preciso, en todas las veces que Sophie habría dudado también antes de dar el paso siguiente, con un cuaderno entre las manos y la certeza de que lo que estaba haciendo era más grande que ella misma.

Pulsó enviar y el mensaje desapareció.

Bárbara se quedó mirando la pantalla, escuchando la lluvia sobre Edimburgo, sintiendo el calor de la lámpara del despacho sobre el lado derecho de la cara y el frío de la ventana al otro lado, ese equilibrio imperfecto y conocido que había sido siempre el clima exacto en que ella escribía mejor, cuando estaba en su casa.

Fuera, la lluvia seguía cayendo sobre Edimburgo con su persistencia gris de siempre.

Pero en algún lugar de Europa, en una pequeña ciudad de Alsacia iluminada por luces de Navidad que ya empezaban a apagarse una por una hasta el año siguiente, una historia que había permanecido enterrada acababa de empezar su verdadero viaje.

Y esta vez, nadie podría detenerla.