La última Navidad de Sophie Capítulo 34 — El regreso a la ciudad de piedra
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Capítulo 34 — El regreso a la ciudad de piedra

Edimburgo apareció entre la lluvia como un recuerdo antiguo. El avión había aterrizado una hora antes, y ahora el taxi avanzaba lentamente por las calles húmedas mientras una lluvia fina caía sobre la ciudad.

No era una tormenta sino esa lluvia constante y silenciosa que parecía formar parte de la propia respiración de Escocia, tan diferente de la nieve de Colmar como dos idiomas que pertenecen a la misma familia sin compartir casi ninguna palabra.

Bárbara apoyó la cabeza contra la ventanilla. Había dejado Colmar siete horas antes. Había cogido un tren hasta Estrasburgo y, desde allí, el TGV al aeropuerto de París - Charles de Gaulle, un trayecto de unas dos horas, para volar después a Edimburgo.

El viaje se había hecho largo. Casi ya se estaba acostumbrando a ir y venir de Colmar, pero la sensación era extraña, como si no hubiera regresado del todo, como si una parte de ella hubiera decidido quedarse junto al canal, frente al molino, en aquella cafetería con las ventanas empañadas donde había escrito la primera frase del libro.

Las calles de Edimburgo se abrían ante ella con su familiar solemnidad: edificios de piedra oscura, fachadas georgianas, callejones estrechos que descendían hacia plazas empedradas.

La ciudad siempre había tenido algo de escenario teatral, algo antiguo y orgulloso que enamoraba a quien la visitaba por primera vez. Pero esa tarde parecía diferente, quizá porque ella también lo era.

—¿Primera vez en la ciudad? —preguntó el conductor.

Bárbara sonrió.

—No. Vivo aquí.

El hombre asintió mientras giraba hacia Morningside, el barrio residencial donde Bárbara tenía su casa, esa zona al sur de la ciudad donde las casas de piedra llevaban siglos soportando el frío escocés con una elegancia que nunca había necesitado adornos navideños para resultar imponente.

—Bonita ciudad. Aunque algunos dicen que demasiado gris.

Bárbara miró las luces reflejadas en el asfalto mojado, los charcos brillando bajo las farolas con ese tono ámbar particular que solo tiene la lluvia cuando cae sobre piedra vieja.

—No es gris. Es tranquila.

El taxi se detuvo frente a su casa. La misma casa que había dejado más de un año atrás buscando inspiración para un artículo que no conseguía escribir, con cinco tazas de café frío sobre la mesa del despacho y una pantalla en blanco que parpadeaba con una paciencia que entonces le había parecido sarcástica.

La misma que la recibió semanas después de vivir una aventura inesperada que casi le cuesta la vida.

Ahora volvía con algo completamente distinto. Una historia.

La historia más grande que había perseguido en toda su carrera, y la única que no había tenido que buscar porque la había encontrado a ella, en una librería pequeña y oscura, entre las páginas de un libro sin título.

Un artículo ya publicado que había generado más respuestas de lectores que cualquier otro texto que hubiera firmado.

Y un libro de trescientas ochenta páginas esperando en la pantalla del ordenador, escrito en cafeterías y habitaciones de hotel y en un banco frente al canal durante las pocas horas en que el caso Delacroix le había permitido sentarse sin que nada ni nadie la interrumpiera.

Pagó al conductor, sacó la maleta del maletero y se quedó un momento en la acera, bajo la lluvia, mirando la fachada de su propia casa. Las ventanas oscuras del despacho, la puerta de roble con el mismo pomo que llevaba demasiado sin lubricar y que siempre crujía de la misma manera.

El pequeño jardín delantero donde los rosales que nunca recordaba podar estaban cubiertos de hojas muertas empapadas por la lluvia de noviembre. Todo exactamente igual.

Y sin embargo algo había cambiado de manera irreversible en la relación entre ella y aquel lugar, algo que no tenía que ver con los objetos, ni con la distribución de los muebles, sino con la persona que cruzaba ahora el umbral.

Ya no era exactamente la misma que lo había cruzado en dirección contraria, semanas antes de la última escapada a Colmar.

Dentro de la casa todo estaba exactamente igual.

El salón, la chimenea, las estanterías llenas de libros ordenados con ese sistema aparentemente caótico que solo ella sabía descifrar.

Su despacho con el escritorio manchado de café y los cuadernos apilados en un orden que nadie más habría reconocido como tal.

Bárbara dejó la maleta junto a la puerta y caminó lentamente hasta la ventana. La lluvia seguía cayendo.

Durante semanas había vivido en una ciudad llena de luces navideñas, música de acordeón y violín, olor a vino caliente y pan de especias.

Colmar posee, de hecho, uno de los cascos históricos medievales mejor conservados de Europa; de ahí parte de su encanto.

A cada hora del día, la luz del canal ofrecía una composición visual diferente al reflejarse sobre las fachadas de colores.

Edimburgo era diferente, más sobria, más silenciosa, sin concesiones a la belleza decorativa. Con esa seguridad áspera de las ciudades que no necesitan seducirte porque ya saben que te vas a quedar.

Se preguntó, no por primera vez desde que había subido al avión en Estrasburgo, qué estaría haciendo «Claire» en ese momento. Isabelle.

Llevaba meses practicando la corrección mental del nombre, aunque todavía no salía de forma automática.

La habían visto por última vez la mañana de Navidad, desayunando en el pequeño comedor del Hôtel des Lanternes junto a Lucien, los dos sentados frente a la chimenea con una naturalidad que debía de costarles un esfuerzo enorme y que sin embargo tenía ya algo de genuino, la torpeza propia de dos personas que están aprendiendo a conocerse sin el peso de un secreto entre ellas.

El proceso legal sería largo. El inspector Renard le había explicado que los casos de esta magnitud, con implicaciones patrimoniales de aquella escala y con pruebas que requerían verificación forense, podían tardar en resolverse completamente.

Laurent Delacroix había contratado a cuatro abogados, todos ellos especialistas en derecho patrimonial francés, y la familia tenía recursos suficientes para ralentizar cualquier proceso judicial durante un plazo interminable.

Pretendía demostrar que ella no era hija de Delacroix, pero…

Hija o no, estaba reconocida como tal, llevaba su nombre, lo cual implicaba que Armand Delacroix la reconocía como única heredera de su fortuna, con lazos de sangre o sin ellos.

Pero la diferencia fundamental, la que ningún abogado podía deshacer, era que la historia ya estaba contada.

Ya estaba en los periódicos, en las radios, en las cadenas de televisión que habían enviado corresponsales a Colmar.

Ya había sido leída por cientos de miles de personas en cuatro idiomas distintos.

Y eso, como le había dicho el inspector Renard con una satisfacción que no intentó disimular, era exactamente el tipo de presión que los tribunales franceses no podían ignorar indefinidamente.

Encendió la lámpara del despacho. Puso el portátil sobre la mesa y mientras esperaba a que se encendiera, sacó de la maleta el cuaderno de Sophie, envuelto en la misma tela encerada en que lo había encontrado dentro de la consigna número siete de la estación de Colmar.

La policía se había quedado con una copia digitalizada de cada página, pero el inspector Renard, con un gesto que Bárbara había agradecido más de lo que había sabido expresar en ese momento, le había permitido conservar el original, devolviéndoselo en este último viaje a Colmar.

Lo dejó sobre el escritorio, junto al portátil, y lo miró durante unos segundos antes de abrir el ordenador.

«La última Navidad de Sophie». Trescientas ochenta páginas.

Bárbara pasó la mano por la pantalla.

Había escrito cada una de esas páginas en Colmar, en cafeterías con ventanas empañadas, en su habitación del hotel con el canal brillando al otro lado del cristal, en el mismo banco frente al molino donde había tomado algunas de sus mejores notas con los dedos entumecidos por el frío y el corazón latiendo demasiado deprisa para el ritmo tranquilo de una tarde de diciembre.

Pero ahora que estaba en casa, con la lluvia cayendo sobre Edimburgo y el silencio familiar de su propio despacho a su alrededor, la duda regresó con una claridad que no había tenido en Colmar, donde la urgencia de los acontecimientos la había mantenido todo a raya.

¿Tenía derecho a hacerlo? No el artículo: ese era su trabajo, era periodismo, era exactamente la función para la que había dedicado parte de su vida profesional. Sino el libro.

La historia de Sophie contada no como reportaje sino como narración, con toda la intimidad que aquella forma permitía y exigía, con los pensamientos y los miedos y las decisiones de una mujer que ya no podía dar su consentimiento porque estaba muerta.

Era su abuela. ¿Eso lo hacía más legítimo o presuntuoso? Dependía del ángulo desde el que lo mirara.

Al día siguiente salió a caminar. Era algo que hacía siempre que necesitaba pensar sin que el pensamiento entrara en bucle convirtiéndose en un círculo vicioso: el movimiento físico desatascando algo en la mente que la quietud del despacho no podía liberar.

Bajó por Bruntsfield Place, cruzó el parque de The Meadows y siguió hacia el centro de la ciudad.

El cielo seguía cubierto de nubes bajas y la hierba del parque estaba húmeda por la lluvia de la noche anterior, sus hojas aplastadas contra el suelo con esa resignación vegetal propia del invierno escocés.

La vida seguía con su ritmo normal, completamente ajena a Colmar, al molino, a los Delacroix, a todo lo que había llenado cada hora de las últimas semanas. Los estudiantes caminaban hacia la universidad con mochilas al hombro y auriculares puestos.

Los ciclistas atravesaban el parque con esa concentración de quien pedalea contra el frío por necesidad más que por placer.