La última Navidad de Sophie Capítulo 33 — El invierno después de la verdad
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Capítulo 33 — El invierno después de la verdad

Colmar tardó semanas en recuperar su ritmo habitual. La ciudad era pequeña, y los secretos grandes dejan cicatrices profundas cuando salen a la luz.

Durante días los periodistas ocuparon cafés, hoteles y plazas. Los equipos de televisión instalaron cámaras frente al molino, y el nombre de Sophie MacLeod apareció en periódicos de media Europa.

Los titulares cambiaban cada día. Pero la verdad ya no podía volver a enterrarse, a pesar de que no tenían todos los detalles, solo lo más evidente, lo que no era posible ocultar.

Lo demás solo lo sabían los protagonistas implicados en la historia y la policía, que de momento había declarado el secreto de sumario.

Un mes después, Bárbara volvió a Colmar. Caminaba por una calle tranquila del casco antiguo, envuelta en un abrigo oscuro y con un cuaderno bajo el brazo. La ciudad había recuperado algo de su calma habitual, aunque todavía quedaban flores y velas frente al molino.

Se detuvo frente a la Maison des Anges. La casa estaba siendo restaurada. Los trabajadores ya habían retirado parte de la madera deteriorada, y ahora las figuras de los ángeles sobre la puerta volvían a verse con claridad. Uno de los obreros levantó la vista.

—¿Busca a alguien?

Bárbara negó con una sonrisa y miró la fachada unos segundos más.

—No. Solo estaba mirando, disculpe.

Y siguió caminando, dejando la casa tras ella.

Claire o, mejor dicho, Isabelle, había decidido quedarse en Colmar. No fue una decisión fácil. Durante semanas tuvo que enfrentarse a interrogatorios, abogados, periodistas y a una realidad que llevaba demasiado tiempo aplazada.

Legalmente, su existencia había sido confirmada. Los documentos de Sophie habían demostrado que la familia Delacroix había manipulado registros oficiales para declararla muerta siendo niña.

Incluso había descubierto que Armand Delacroix, en realidad, se llamaba Charles Henri Delacroix.

Había adoptado el nombre de Armand al fallecer su hermano, el cual, sí que se llamaba así.

Y eso le permitió a Armad, jugar con las dos identidades, según su conveniencia.

Eso estaba todo documentado por Sophie en una de sus carpetas.

El proceso judicial para reclamar la herencia iba a tardar, pero Isabelle no parecía interesada en la fortuna.

—He vivido toda mi vida sin ella. No la necesito ahora.

Bárbara la miró.

—Entonces ¿por qué seguir con el proceso?

Isabelle respondió con una calma serena.

—Porque el mundo debería saber lo que hicieron y por qué lo hicieron. Yo no la quiero, pero no es justo que sigan teniendo tanto poder para hacer daño, y la fortuna le da ese poder a quien no lo sabe utilizar para otra cosa. Con ese dinero haré donaciones a personas que de verdad lo necesitan.

Lucien seguía siendo el personaje más difícil de entender.

Durante el juicio rápido para la autentificación de Isabelle, había testificado, había contado lo ocurrido aquella noche de Navidad en 1962: la llegada de Sophie a la casa del viñedo, la discusión con Armand Delacroix, la caída en la escalera, el caos que siguió después. Pero Lucien no había dicho todo.

Bárbara lo sabía. Lo vio claro una tarde en el puente donde se habían encontrado por primera vez.

El hombre estaba apoyado en la barandilla, observando el canal.

—Sabía que vendrías.

Bárbara se apoyó a su lado.

—Creo que usted siempre sabe demasiado.

Lucien sonrió ligeramente.

—Es una costumbre difícil de abandonar.

El agua corría bajo el puente. Las luces de invierno comenzaban a encenderse en las ventanas.

—¿Va a quedarse en Colmar? —preguntó Bárbara

Lucien se encogió de hombros.

—Tal vez.

—¿Por Isabelle?

Lucien tardó unos segundos en responder.

—Hemos perdido demasiados años.

Bárbara lo miró.

—Nunca es tarde para recuperar algunos.

Lucien no respondió, pero su silencio parecía menos pesado que antes. Se despidieron con un cordial abrazo.

Había pasado un año entero y volvía a ser Navidad en Colmar.

Bárbara volvía a Colmar con cierta frecuencia. Curiosamente, allí era donde mejor le venía la inspiración.

La cafetería estaba casi vacía aquella mañana. Bárbara tenía el ordenador abierto frente a ella.

Había pasado meses con jornadas enteras escribiendo. No como periodista ni siquiera como investigadora, sino como alguien que había estado dentro de la historia y las páginas del manuscrito ya superaban las trescientas.

Releyó el último párrafo que acababa de escribir: «La nieve caía sobre Colmar como había caído aquella noche de 1962. Pero esta vez la ciudad no guardaba silencio, porque la verdad, aunque tarde décadas en salir a la luz, siempre encuentra el camino».

Cerró el ordenador.

Matthieu apareció con dos cafés.

—¿Lo has terminado?

Bárbara asintió.

—Sí. Creo que ya está listo.

—¿Cómo se llama?

Bárbara miró el canal a través de la ventana, las luces reflejadas en el agua, las casas de colores, el invierno tranquilo.

—La última Navidad de Sophie.

Matthieu sonrió.

—Un buen título, este sí que es apropiado.

La noche cayó lentamente sobre Colmar. El mercado navideño estaba lleno de gente. Los puestos brillaban con luces doradas, y el aire olía a vino caliente, canela y castañas asadas.

Bárbara caminaba entre la multitud con Isabelle y Lucien. Nadie los reconocía. Para la mayoría de las personas, aquella era solo otra noche de invierno en una ciudad hermosa. Pero para ellos significaba algo diferente. Se detuvieron frente al canal para hacer su especial ritual.

Isabelle levantó su taza de vino caliente para hacer su brindis especial.

—Por Sophie.

Lucien levantó la suya.

—Por la verdad.

Bárbara levantó la suya también.

—Y por las historias que nunca deberían olvidarse.

Los tres bebieron. La nieve empezó a caer otra vez, Colmar es uno de esos lugares donde casi siempre nieva en invierno. Eso le confiere una estampa aún más navideña.

Y en algún lugar de la ciudad, las campanas de una iglesia comenzaron a sonar.