La última Navidad de Sophie Capítulo 32 — La Navidad
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Capítulo 32 — La Navidad

La noche de Navidad llegó silenciosa, con la nieve cubriendo Colmar con una suavidad casi irreal. No era la nieve compacta y dura de los días anteriores, la que había crujido bajo las botas durante las carreras y las huidas y los momentos de terror en el molino.

Era otra clase de nieve, más ligera, más generosa, la que cae cuando el viento ha decidido tomarse un descanso y los copos pueden descender en línea casi recta, posándose sobre los tejados, las guirnaldas y las cabezas de los transeúntes con una delicadeza que en cualquier otro contexto podría parecer calculada, como si alguien hubiera decidido que aquella noche en particular merecía ser hermosa.

Las luces doradas colgaban entre las casas medievales, reflejándose en los canales como estrellas caídas que el agua mecía con suavidad, multiplicándolas, distorsionándolas levemente, convirtiéndolas en algo todavía más parecido a un sueño que a la realidad.

Bárbara caminaba por el mercado navideño con una taza de vino caliente entre las manos, el vapor subiéndole en pequeñas volutas que el frío deshacía casi de inmediato.

Había pasado semanas escribiendo e investigando, sus jornadas organizadas alrededor de la pantalla del ordenador, de las llamadas con el inspector Renard, de las entrevistas grabadas con Claire que duraban horas y que siempre terminaban en el mismo silencio cargado de significado, el de dos mujeres que han compartido una historia sin haberla elegido y que todavía están aprendiendo a entender lo que eso significa.

Había hablado con periodistas de cuatro países distintos, con el fiscal que llevaba el caso Delacroix, con un historiador de la Universidad de Estrasburgo que había encontrado en los documentos de Sophie referencias a otros casos similares de los años sesenta que nadie había conectado hasta entonces. Había hablado con su madre.

Aquella conversación, larga, difícil y necesaria, había durado casi tres horas, Moira MacLeod llorando al otro lado de la línea con un llanto que sonaba a décadas de contención finalmente liberadas, mientras Bárbara le contaba, con toda la paciencia y toda la delicadeza de que fue capaz, lo que había encontrado en Colmar, cómo había muerto su madre, cómo había intentado salvar a una niña, secuestrada por su propia familia y condenada a vivir en el olvido, antes de que alguien se lo impidiera.

Habían quedado en que Moira viajaría en enero, cuando los procedimientos legales permitieran que los restos de Sophie fueran trasladados a Escocia para ser enterrados junto a su familia, en el lugar que le correspondía y que le había sido negado.

Pero aquella noche Bárbara había decidido hacer algo que hacía mucho tiempo que no hacía. No pensar. Simplemente caminar.

Había cerrado el portátil a las seis de la tarde con una firmeza deliberada, se había puesto el abrigo y la bufanda y había salido al mercado con la intención de ser, por una noche, simplemente una turista más, alguien que bebía vino caliente y miraba las luces y se dejaba llevar por la música sin buscar en nada de ello el material para una frase ni la confirmación de ninguna hipótesis.

Pasó junto al puesto de pan de especias donde una semana antes había comprado galletas sin prestar demasiada atención.

Esta vez se detuvo, eligió tres casitas de jengibre decoradas con glaseado blanco, las pagó con monedas, y se las guardó en el bolsillo del abrigo con la satisfacción pequeña y concreta de un gesto completamente ordinario.

Cruzó el puente sobre el que, hacía apenas una semana, el hombre del abrigo oscuro le había dejado una llave atada con un cordel rojo.

Lo cruzó despacio, apoyando las manos un momento en la barandilla y mirando hacia el agua, hacia el reflejo de las luces que temblaban en la superficie, sin sentir el escalofrío de aquella primera noche sino algo completamente diferente, la calma extraña y un poco incómoda de quien reconoce un lugar que ha cambiado de significado por completo.

A lo lejos vio a Claire. No. A Isabelle.

Tardó un instante en corregirse mentalmente, como le ocurría todavía con cierta frecuencia. La superposición de los dos nombres

Le producía una pequeña fricción cognitiva que sabía que con la práctica desaparecería, cuando el nombre nuevo, el verdadero, terminara de asentarse en el lugar donde antes solo había una historia a medias.

La mujer estaba junto a un puesto de libros antiguos, uno de esos puestos que aparecían solo en época navideña, con volúmenes apilados en mesas de madera bajo una lona que los protegía de la nieve, y sostenía entre las manos algo que Bárbara tardó unos segundos en identificar desde la distancia, un libro de tapas oscuras, con el lomo desvaído, del tipo que uno podía encontrar en cualquier librería de viejo y que sin embargo, visto en las manos de aquella mujer concreta, en aquella ciudad concreta, en aquella tarde concreta, tenía un peso simbólico que ninguna de las dos podía ignorar del todo.

Lucien estaba con ella. También había cambiado en los últimos días, aunque de una manera más difícil de definir que la de Claire.

No era que pareciera más joven ni más ligero, era que el aire de vigilancia perpetua que Bárbara había identificado en él desde el primer momento en el puente, esa tensión constante de quien vive siempre medio paso por delante de una amenaza que solo él puede ver, había desaparecido casi por completo, sustituida por algo más parecido a la presencia, a estar realmente en el lugar donde uno está sin tener la mente en otro sitio.

Padre e hija juntos, en un puesto de libros en una tarde de Navidad, en la misma ciudad donde su historia había comenzado, terminado y comenzado de nuevo.

Aquella imagen sencilla y doméstica resultaba tan extraña como reconfortante, la vida ordinaria instalándose sobre los cimientos de algo extraordinario con la misma naturalidad inevitable con que la nieve se posa sobre cualquier superficie sin preguntar qué ha ocurrido antes en ella.

Los tres se miraron cuando Bárbara se acercó. No hubo necesidad de saludos elaborados ni de frases que resumieran la magnitud de lo que habían vivido juntos.

Había algo en aquella mirada compartida que contenía todo eso sin necesidad de palabras, la comprensión instantánea de quienes han atravesado juntos algo que la mayoría de las personas nunca atraviesan.

Lucien levantó ligeramente su taza navideña de vino caliente, un gesto simple, casi informal.

—Supongo que esto es el final.

Bárbara sonrió, sintiendo que la frase le resultaba familiar de una manera nueva.

—No. En realidad, es el comienzo.

Isabelle asintió, con esa calma nueva que Bárbara le había visto adquiriendo poco a poco en los últimos días, como si el simple hecho de tener un nombre real le hubiera devuelto también el derecho a ocupar el espacio que le correspondía en cualquier habitación, en cualquier conversación, en cualquier noche de Navidad.

—Sophie habría querido verlo.

Bárbara miró el cielo, los copos cayendo lentamente sobre la ciudad, sobre los tejados del casco antiguo, sobre el molino que podía intuir desde allí, aunque no pudiera verlo directamente.

—Creo que sí.

Durante unos segundos ninguno habló.

Entonces la música de un violín comenzó a sonar cerca del canal, una melodía navideña tradicional que Bárbara no reconoció del todo pero que tuvo la impresión de haber escuchado alguna vez en la infancia, en alguna forma u otra, tocada por alguien que ya no recordaba en un lugar que tampoco podría situar con exactitud.

Un músico joven, con un gorro de lana y los dedos al descubierto a pesar del frío, tocaba junto a la orilla con la concentración de quien hace una sola cosa a la vez y la hace del todo, su figura reflejada en el canal junto a las luces y los copos y las siluetas de las casas medievales que llevaban siglos siendo testigos de todo lo que ocurría a sus pies.

La gente reía a su alrededor. Los niños corrían entre los puestos con bufandas de colores y galletas a medio comer.

Una pareja mayor compartía una taza de ponche sentada en un banco junto al agua, con esa tranquilidad doméstica de quien ha aprendido a encontrar la felicidad en las cosas pequeñas y ya no necesita que le expliquen su valor.

La vida seguía. Era lo más sencillo y lo más extraordinario de todo, que la vida simplemente siguiera, que Colmar siguiera siendo Colmar con sus mercados y sus luces y su violinista junto al canal, independientemente de lo que hubiera ocurrido en el molino, independientemente de los titulares y los juicios y los secretos desenterrados.

Bárbara pensó, por un instante, en la versión de sí misma que había llegado a aquella ciudad semanas antes, bloqueada y agotada, buscando cinco días de descanso y una historia mediocre que contentara a su editor.

Aquella mujer le parecía ahora perteneciente a otra vida, no por los eventos que la separaban de ella, sino por algo más difícil de nombrar, una diferencia en el peso que llevaba, en la claridad con que veía ciertas cosas que antes le resultaban opacas.

Pensó también en el artículo publicado dos días antes, que había generado una respuesta que todavía la sorprendía cada vez que abría el correo: mensajes de periodistas que querían entrevistarla, de investigadores que habían encontrado en el caso Delacroix conexiones con otros archivos dormidos, de lectores de distintos países que le escribían para contarle historias propias de silencios familiares que resonaban con el de Sophie.

Y pensó, con una alegría que todavía le costaba sostener del todo sin sentir que de algún modo era excesiva, en el libro que estaba escribiendo, en las páginas que se acumulaban cada mañana con esa fluidez nueva que todavía le parecía un regalo inmerecido, en el título que había decidido definitivamente la tarde anterior, sentada junto a la ventana de su habitación mientras miraba caer la nieve sobre el canal.

Bárbara levantó la taza de vino caliente.

—Por Sophie.

Lucien alzó la suya, sus ojos encontrando los de Isabelle durante un instante antes de volver hacia Bárbara, un gesto mínimo que contenía, en su brevedad, todo lo que ninguno de los tres habría podido articular en palabras sin que el peso lo hubiera hecho imposible.

—Por la verdad.

Isabelle levantó la suya también, con una sonrisa que Bárbara no le había visto hasta entonces, no la sonrisa cautelosa de quien lleva toda la vida midiendo sus propios gestos para ocupar el mínimo espacio posible, sino algo más abierto, más generoso.

—Y por la Navidad.

Las tres tazas se encontraron sobre el canal, sobre el reflejo de las luces doradas que el agua multiplicaba hasta el infinito, sobre la música del violinista que seguía tocando junto a la orilla con sus dedos descubiertos, sobre los copos que seguían cayendo con la paciencia infinita de la nieve cuando no tiene ninguna prisa por llegar.

Las luces de Colmar brillaban sobre el agua. Y por primera vez, el pasado descansaba en paz.

Bárbara miró el canal un momento más, sosteniendo la taza tibia entre las manos, dejando que el calor del vino le subiera lentamente por los dedos entumecidos, sintiendo el peso exacto de todo lo que había ocurrido en aquella ciudad desde la noche en que había aterrizado con una maleta medio llena y un portátil con la pantalla en blanco.

Luego sacó del bolsillo del abrigo una de las casitas de jengibre que había comprado minutos antes, la contempló un instante, con sus ventanas de azúcar y su tejado blanco de glaseado, tan perfecta y frágil. La partió en tres trozos. Ofreció uno a Isabelle, otro a Lucien.

Y se quedó con el último, dándole un mordisco pequeño mientras el violinista al otro lado del canal empezaba una melodía nueva, más alegre, que hizo que los niños que corrían entre los puestos se detuvieran un instante para escuchar antes de seguir corriendo.

—¿A qué hora sale tu vuelo mañana? —preguntó Isabelle.

—A mediodía —contestó Bárbara.

—¿Volverás?

Bárbara miró el canal, las luces, la nieve, el molino apenas visible al fondo contra el cielo oscuro.

—Sí. Aún tengo mucho que hacer aquí.

Y lo decía sin la melancolía de quien promete algo que sabe que es improbable, sino con la certeza tranquila de quien ha dejado algo en un lugar y sabe que tendrá que volver a buscarlo.

Aunque esta vez, pensó, volvería por razones completamente distintas.