La última Navidad de Sophie Capítulo 27 — El secreto enterrado
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Capítulo 27 — El secreto enterrado

El eco de la voz de los hombres que esperaban fuera rebotaba contra las fachadas antiguas, mezclándose con el murmullo del agua que corría bajo el molino.

No sabían exactamente cuántos había, pero al menos se distinguían voces distintas, dando órdenes, organizándose en posiciones.

Bárbara miró a los demás. Claire estaba quieta, como si el frío no le afectara.

Matthieu parecía tenso, observando cada esquina de la plaza desde su posición.

Henri tenía las manos metidas en los bolsillos del abrigo, pero su mirada vigilaba la calle por la que habían llegado.

Lucien, en cambio, parecía extrañamente tranquilo.

—El tiempo se ha terminado —dijo finalmente.

Bárbara levantó la vista hacia él.

—Eso ya lo sabemos.

—No lo suficiente —dijo.

—Entonces empiece a hablar —contestó Bárbara en un susurro.

Lucien señaló la carpeta.

—Los documentos que lleva son muy importantes —dijo con un tono misterioso.

—Lo sé —señaló Bárbara con voz muy cansada.

—Pero no son lo único que Sophie dejó —dijo Lucien.

Bárbara frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

Lucien tardó unos segundos en responder.

—Sophie sabía que los Delacroix intentarían destruir cualquier prueba.

—Por eso escondió los documentos.

—¿Y? —preguntó Bárbara, temiendo lo que podía sorprenderla de nuevo.

Lucien la miró directamente.

—Pero también dejó algo que no podían borrar.

El silencio se volvió pesado.

—¿El qué? —preguntó Bárbara.

Lucien dijo la palabra despacio:

—Un cuerpo.

—¿Qué está diciendo? —preguntó Bárbara, ya casi sin voz. Sabían que estaban rodeados. Los hombres no tardarían en entrar. El hecho de que no lo hubieran hecho era incluso preocupante.

Lucien miró el canal que corría junto al molino:

—La noche del 24 de diciembre de 1962 no solo murió Sophie.

Bárbara sintió un escalofrío.

—¿Quién más?

Lucien habló con una calma inquietante.

—Armand Delacroix.

El mundo pareció detenerse.

—Eso es imposible —dijo Matthieu.

—No. Lo que es imposible es que nadie haya preguntado por qué desapareció durante semanas antes de que se anunciara oficialmente su muerte.

Bárbara recordó algo.

—Murió de un ataque al corazón, en su casa de campo.

Lucien negó lentamente.

—Eso fue lo que dijeron.

—¿Y la verdad?

Lucien miró a Claire.

—La verdad es que Sophie no estaba sola cuando Armand llegó a la casa del viñedo.

Claire parecía incapaz de respirar.

—¿Quién estaba con ella? —preguntó Matthieu.

Lucien respondió:

—Isabelle.

El silencio fue absoluto. Incluso el viento parecía haberse detenido.

Bárbara habló con dificultad.

—¿Está diciendo que…?

—Sí —dijo Lucien con firmeza.

Claire retrocedió un paso.

—No, yo no…

—Tenías nueve años —siguió Lucien.

—No —negó Claire asustada.

—Intentabas huir con Sophie.

Claire negó con la cabeza.

—Eso no puede ser verdad.

Lucien habló con suavidad.

—Armand intentó deteneros.

—No…

—Y tú lo empujaste.

Las palabras cayeron como piedras. Bárbara sintió cómo todo se reorganizaba dentro de su mente. Sophie había muerto esa noche. Armand Delacroix también. Pero solo una de esas muertes había sido conocida.

—¿Dónde está el cuerpo? —preguntó Matthieu.

Lucien señaló el molino.

—Aquí.

Todos lo miraron.

—¿Aquí? —repitió Bárbara.

—Debajo —dijo Lucien.

La vieja estructura de madera crujía con el viento. El molino llevaba décadas sin funcionar, era una construcción antigua, apoyada sobre una base de piedra que se hundía parcialmente en el canal.

Lucien caminó hacia la puerta.

—Después de lo que ocurrió, tuve que tomar una decisión.

Bárbara lo siguió.

—¿Qué decisión?

Lucien abrió la puerta del molino. El interior estaba oscuro. Solo entraba algo de luz por las rendijas de la madera.

—Podía entregar a una niña a una familia capaz de destruirla. —Bajó la voz—: O podía enterrar la verdad.

Bárbara sintió el frío en la espalda aún más intenso.

—Eligió enterrarlo.

—Sí.

Matthieu miró el suelo de piedra.

—¿Dónde?

Lucien señaló una losa más oscura.

—Ahí.

Claire estaba completamente pálida.

—Yo no recuerdo nada de eso.

Lucien la miró con tristeza.

—Tu mente hizo lo único que podía hacer para sobrevivir.

—¿Olvidar? —preguntó Claire, cada vez más pálida y desconcertada.

—Sí.

Bárbara sintió un nudo en el estómago.

—Entonces, durante estos años…

Lucien terminó la frase.

—La verdad ha estado bajo nuestros pies.

El sonido de los hombres acercándose volvió a oírse, esta vez mucho más cerca.

Henri miró hacia la puerta.

—No tenemos tiempo para cavar.

Lucien asintió.

—No hace falta.

Sacó algo del bolsillo de su abrigo, una pequeña llave oxidada. La introdujo en una grieta apenas visible entre las losas. Giró, se oyó un clic metálico y la losa se desplazó unos centímetros. Debajo apareció una cavidad oscura.

Bárbara se inclinó. Y vio algo: una tela vieja, un fragmento de chaqueta. Y debajo… huesos.

El silencio se volvió insoportable.

Claire susurró:

—Dios mío…

Lucien cerró los ojos.

—Armand Delacroix.

Bárbara se acercó lentamente. Su corazón latía con fuerza.

Durante décadas los Delacroix habían mantenido el control de su imperio, habían ocultado a una niña, borrado documentos. Habían enterrado una historia. Pero ahora todo estaba a punto de salir a la luz.

El sonido de pasos resonó en la entrada del molino. Una voz habló desde la oscuridad:

—Qué escena tan conmovedora.

Todos se giraron. Uno de los hombres que habían visto antes estaba en la puerta. Pero ahora no estaba solo. Detrás de él había otros tres hombres.

El tipo sonrió.

—Gracias por encontrarlo por nosotros.

Bárbara sintió cómo el miedo volvía a recorrerle el cuerpo.

—Llegan tarde.

El hombre negó lentamente.

—No. —Sus ojos se clavaron en la cavidad del suelo—. Llegamos justo a tiempo.

El molino crujió con el viento. Las luces de Navidad brillaban fuera como si nada estuviera ocurriendo. Pero dentro, Bárbara comprendió que la historia estaba a punto de llegar a su momento más peligroso.

Porque la verdad estaba a punto de salir a la superficie.