La última Navidad de Sophie Capítulo 26 — El puente de las decisiones
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Capítulo 26 — El puente de las decisiones

El silencio que siguió a las palabras del hombre duró apenas un segundo. Pero fue suficiente. Suficiente para que Bárbara comprendiera que ya no estaban negociando, que aquella conversación cortés sobre un puente de madera era solo la antesala de algo mucho más físico, mucho más urgente.

El hombre más alto, el que había hablado, dio un paso hacia delante con una tranquilidad casi elegante.

Llevaba un abrigo oscuro, guantes de cuero y una sonrisa que parecía haber sido ensayada frente a un espejo.

Una sonrisa diseñada para tranquilizar y que, precisamente por eso, resultaba mucho más inquietante que cualquier gesto hostil.

—Señorita MacLeod, no queremos problemas.

Bárbara apretó aún más la carpeta contra su pecho, sintiendo el latido de su propio corazón retumbarle en los oídos con una fuerza que casi le impedía pensar con claridad.

—Entonces no empiece uno —dijo ella muy firme, a pesar del miedo.

El hombre suspiró con una paciencia falsa, el tipo de suspiro que se reserva para quien considera que está perdiendo el tiempo con alguien que todavía no ha entendido las reglas del juego.

—Los documentos que lleva pertenecen a la familia Delacroix.

—No, es cierto. Nunca fueron de ellos —dijo Bárbara con firmeza.

—Sí. Lo fueron y volverán a estar en su poder de nuevo —dijo el hombre con gesto amenazante.

Lucien dio un paso al frente, interponiéndose otra vez entre Bárbara y los dos hombres, su figura recortada contra la luz amarillenta de la farola.

—Creo que todos sabemos que eso es mentira.

El segundo hombre, más bajo y con una cicatriz que le cruzaba la mejilla, miró a Lucien con un destello de reconocimiento que pareció sorprenderlo a él mismo.

—Hace mucho que no lo veía.

Lucien no respondió, manteniendo aquella calma impenetrable que Bárbara ya empezaba a reconocer como su rasgo más característico, esa quietud forjada durante décadas de moverse en los márgenes de un mundo donde mostrar cualquier emoción podía costar caro.

—Pensé que había aprendido la lección —dijo el hombre, dirigiéndose a Lucien.

—Yo pensé que ustedes habían aprendido a desaparecer —contestó Lucien sin amedrentarse por la situación.

El hombre alto alzó ligeramente una ceja, el primer gesto de auténtica sorpresa que Bárbara le había visto desde que apareciera en el puente.

—Las familias antiguas no desaparecen.

—Las familias corruptas sí —dijo Lucien.

El silencio se tensó como un hilo invisible entre ellos, un hilo que Bárbara sintió a punto de romperse en cualquier instante, con una violencia que ya no admitía más rodeos verbales.

Debajo del puente, el agua del canal corría con un murmullo constante, ajena por completo a la tensión que se concentraba sobre la madera, sus reflejos dorados y rojos temblando con cada ráfaga de viento que agitaba las luces colgadas entre las casas.

Matthieu miró a Bárbara, sus ojos comunicando algo que las palabras no tuvieron tiempo de expresar del todo.

—Cuando diga «ahora», corra.

Bárbara frunció el ceño, sin entender del todo, pero algo en la voz de Matthieu, una urgencia contenida que no había escuchado antes en él, le dijo que no era momento de hacer preguntas.

—¡Ahora!

Todo ocurrió en un segundo. Lucien se movió primero, con una velocidad sorprendente para su edad.

Empujó al hombre de la cicatriz contra la barandilla del puente con un movimiento tan rápido que Bárbara apenas pudo seguirlo con la vista.

El impacto resonó en la madera, un crujido seco que se mezcló con un gruñido de dolor y sorpresa.

Matthieu agarró a Bárbara del brazo, sus dedos clavándosele con una fuerza que en cualquier otra circunstancia le habría dolido, pero que en ese momento apenas registró.

—¡Ahora, ya!

Bárbara no discutió. Corrieron, corrieron sin descanso por las calles estrechas y oscuras de Colmar, sus pasos resonando contra los adoquines helados, el aire frío cortándoles la cara a cada zancada.

Detrás de ellos se oyeron gritos, pasos, el golpe seco de algo cayendo al suelo, un sonido metálico que podía ser una herramienta, o algo peor, y que Bárbara prefirió no detenerse a imaginar.

La ciudad navideña volvió a tragarlos.

Doblaron una esquina, cruzaron un pequeño pasaje tan estrecho que tuvieron que avanzar casi de lado, atravesaron un pequeño grupo de turistas que grababan con el móvil un espectáculo de luces proyectado sobre una fachada antigua, ajenos por completo a la escena de pánico que se desarrollaba a su alrededor, algunos incluso girándose con expresiones de leve molestia ante la interrupción de su paseo nocturno.

—¡Por aquí! —jadeó Matthieu, su voz entrecortada por el esfuerzo.

Bárbara apenas podía respirar. El frío le quemaba los pulmones, cada inhalación un dolor agudo que se extendía por todo el pecho, pero no se detuvieron, sabiendo que detenerse, aunque fuera un instante, podía significar el final de aquella huida.

Detrás de ellos los pasos volvían a oírse. Los hombres no se habían rendido.

Las calles del casco antiguo eran un laberinto, pequeños puentes que cruzaban canales gemelos, pasajes estrechos que se abrían sin previo aviso entre fachadas idénticas, casas medievales inclinadas unas hacia otras como si compartieran secretos centenarios que ninguna había decidido todavía soltar.

Matthieu conocía cada rincón, su conocimiento de la ciudad forjado durante toda una vida viviendo entre aquellas mismas calles, y giró con brusquedad hacia una calle que, a primera vista, parecía sin salida.

Bárbara abrió la boca para protestar, convencida por un instante de que se habían quedado atrapados, pero entonces vio la escalera.

Una pequeña escalera de piedra que descendía hacia un sendero junto al canal, apenas visible entre las sombras, el tipo de pasaje que solo alguien que hubiera crecido en aquella ciudad podría conocer.

—¡¡Rápido!! —apremió Matthieu.

Bajaron, con los escalones desgastados y resbaladizos bajo sus botas, Bárbara apoyando una mano en la pared de piedra para no perder el equilibrio.

El camino era estrecho y resbaladizo, el agua negra corría a pocos centímetros, su superficie apenas iluminada por el reflejo distante de alguna ventana encendida en lo alto.

Bárbara escuchó voces arriba. Los perseguidores habían llegado a la calle, sus pasos resonando sobre los adoquines justo encima de sus cabezas, una conversación apresurada en francés que Bárbara no alcanzó a traducir del todo, pero cuyo tono urgente no dejaba lugar a dudas sobre su contenido.

—No tardarán en encontrarnos —dijo Matthieu, su respiración cada vez más agitada.

—¿Entonces? —preguntó Bárbara asustada.

Matthieu señaló hacia adelante, hacia un punto en la oscuridad donde el canal se ensanchaba ligeramente.

—El molino.

A lo lejos, una vieja estructura de madera sobresalía sobre el canal, su silueta oscura recortándose contra el cielo nocturno, un vestigio de una Colmar mucho más antigua que la de los mercados navideños y las luces doradas. La plaza del molino. El lugar donde debían encontrarse con Henri.

Corrieron los últimos metros con las pocas fuerzas que les quedaban, Bárbara sintiendo que las piernas empezaban a fallarle, el frío y el cansancio cobrándose finalmente su precio después de tanta tensión acumulada.

Llegaron a la plaza y Henri ya estaba allí, su figura reconocible incluso en la penumbra, pero no estaba solo. Claire estaba con él.

Bárbara se detuvo, jadeando, su mente todavía intentando procesar todo lo que Matthieu le había revelado apenas una hora antes sobre la verdadera identidad de aquella mujer.

—¿Qué está pasando? —preguntó Bárbara con desconfianza.

Claire avanzó un paso, su rostro tenso bajo la luz tenue de la única farola que iluminaba la plaza, una expresión que ya no intentaba ocultar la urgencia que la dominaba.

—No tenemos mucho tiempo.

—Eso ya lo he oído antes —señaló Bárbara con tono reticente.

Claire señaló la carpeta, sus ojos fijos en aquel objeto de cuero gastado como si pudiera ver, a través de él, los secretos de su propia historia condensados en unas pocas hojas de papel.

—¿Siguen ahí? —preguntó con un hilo de voz.

—Sí —contestó Bárbara, manteniendo el tono de defensiva.

—Entonces escuche con atención —dijo Claire.

Bárbara cruzó los brazos, todavía recuperando el aliento, la rabia y el agotamiento mezclándose en una combinación que apenas podía contener.

—Estoy escuchando.

Claire respiró hondo, como si necesitara prepararse para pronunciar algo que llevaba toda la vida temiendo decir en voz alta.

—Los Delacroix no están intentando recuperar esos documentos solo por el escándalo.

—Entonces, ¿por qué? —quiso saber Bárbara.

Claire dijo la frase lentamente, cada palabra cargada de un peso que Bárbara sintió antes incluso de comprenderla del todo.

—Porque esos documentos prueban algo mucho más importante.

—¿El qué? —pregunto Bárbara.

Claire miró a Bárbara a los ojos, sosteniéndole la mirada con una intensidad que no admitía ninguna evasiva más.

—Que Isabelle Delacroix es la heredera legítima de toda la fortuna familiar.

El silencio cayó sobre el grupo. Incluso el agua del molino parecía haberse detenido, como si la propia ciudad hubiera decidido contener la respiración ante la magnitud de aquella confesión.

Bárbara tardó un segundo en comprender, las piezas reorganizándose una vez más en su cabeza con una velocidad que casi le resultaba dolorosa.

—¿Está diciendo…?

Claire asintió.

—Sí.

—¿Que usted… es la heredera de toda la fortuna Delacroix, desbancando al actual heredero?

—Sí. Eso digo —confirmó Claire.

Matthieu exhaló lentamente, un sonido que mezclaba incredulidad y una especie de comprensión retrospectiva, como si de pronto todas las piezas dispersas de aquella historia encontraran, por fin, su lugar exacto.

—Dios mío.

Claire continuó, su voz firme a pesar de todo lo que aquella revelación implicaba.

—Durante décadas, los Delacroix mantuvieron el control de la fortuna porque, oficialmente, Isabelle estaba muerta.

Bárbara sintió un vuelco en el estómago, comprendiendo de golpe la magnitud real de lo que tenía entre sus manos, mucho más allá de un simple artículo periodístico o de la reparación de la memoria de su abuela.

—Pero si demostramos que está viva…

Claire terminó la frase, con una calma que parecía costarle un esfuerzo enorme mantener.

—Todo cambia, y no van a permitir que eso cambie.

En ese momento Lucien apareció desde la calle, su llegada precedida apenas por el sonido de sus pasos rápidos sobre los adoquines.

Tenía el abrigo rasgado y una pequeña herida en la frente, un hilo de sangre seca marcándole la sien, pero caminaba despacio, con esa tranquilidad que parecía no abandonarlo nunca, ni siquiera en medio de una pelea física.

—Tenemos un problema —dijo.

—¿Los hombres? —preguntó Matthieu.

—Vendrán más —dijo Lucien.

Lucien miró la carpeta, sus ojos oscuros fijos en aquel pequeño objeto que, en apenas unas horas, había concentrado sobre sí toda la atención de una de las familias más poderosas de Alsacia.

—Porque eso que llevan no solo destruye una reputación.

Bárbara lo miró y dijo.

—Destruye un imperio.

Lucien asintió.

—Exactamente.

El sonido de un motor llegó desde la calle cercana. Un coche, luego otro, los faros proyectando un resplandor blanco que se filtraba entre los edificios, acercándose con una rapidez que dejaba claro que la búsqueda no había hecho más que intensificarse.

Claire susurró.

—Ya están aquí.

Bárbara apretó la carpeta contra su pecho, sintiendo el peso de cada decisión posible recayendo sobre ella en aquel mismo instante: podían correr, esconderse, intentar negociar, o podían, finalmente, enfrentar de una vez por todas algo que llevaba demasiado tiempo esperando ser enfrentado.

—Entonces supongo que tenemos que decidir algo.

Lucien la miró, con una expresión que, por primera vez desde que se conocían, parecía mostrar algo parecido a la confianza genuina.

—¿El qué?

Bárbara respondió con una calma que ni ella sabía que tenía, una calma que sintió brotar, de algún modo, de la misma terquedad que su abuela había demostrado antes en aquella misma ciudad, bajo esa misma nieve.

—Si vamos a huir, o si vamos a terminar esta historia.

El sonido de las puertas de los coches cerrándose resonó en la plaza vacía, seguido de pasos firmes, deliberados, que se acercaban desde dos direcciones distintas, como si los hombres hubieran decidido por fin rodear por completo la vieja plaza del molino.

Henri se colocó junto a Claire, su expresión tan decidida como la de los demás, a pesar de no ser, en apariencia, el más implicado de todos ellos en aquella historia heredada.

—Yo no pienso correr más —dijo, con una firmeza que sorprendió a Bárbara, recordándole que aquel hombre, aparentemente tan discreto y profesional detrás del mostrador de su hotel, llevaba toda la vida cargando también con el peso silencioso de lo que su propio padre había presenciado tiempo atrás.

Matthieu asintió, situándose junto a él, su mano todavía temblorosa pero su voz firme:

—Tampoco yo. Ya he cargado bastante con el silencio de mi padre.

Lucien se colocó al otro lado de Bárbara, su figura imponente a pesar de la herida en la frente, su voz baja pero clara:

—Entonces hagámoslo bien esta vez.

Claire fue la última en hablar, su mirada fija en algún punto más allá de la plaza, hacia las luces lejanas sobre los tejados nevados de la ciudad que la había visto nacer dos veces, una vez como Isabelle y otra como Claire.

—Sophie murió por intentar sacarme de esa casa —dijo, su voz quebrándose apenas en la última palabra.

—No voy a permitir que su nieta termine de la misma manera. Esta vez lo hacemos todos juntos.

Los hombres se estaban acercando, proyectando sombras alargadas sobre los adoquines de la plaza, y Bárbara, rodeada por aquel grupo improvisado de aliados que apenas tres días antes eran completos desconocidos, sintió que algo dentro de ella, algo que llevaba toda la vida buscando sin saberlo, finalmente encontraba su lugar.

No estaba sola. Y, por primera vez desde que había llegado a Colmar, aquella certeza pesaba más que el miedo.