La última Navidad de Sophie Capítulo 25 — La noche de las luces
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Capítulo 25 — La noche de las luces

El aire era tan frío que parecía cortar la piel. Bárbara corrió detrás de Henri y Matthieu por el estrecho callejón que desembocaba en uno de los pequeños canales de Colmar.

Las luces de Navidad seguían colgadas entre las casas, reflejándose en el agua oscura como si la ciudad no supiera, o no quisiera saber, que algo mucho más serio estaba ocurriendo entre sus calles.

Sus botas resbalaban en la nieve compactada, y el aire helado le quemaba la garganta con cada bocanada, pero no se detuvo.

No podía permitírselo. El bolso con la carpeta golpeaba contra su cadera a cada zancada, un recordatorio constante de todo lo que llevaba consigo y de todo lo que estaba en juego.

—Por aquí —susurró Henri.

Doblaron una esquina, internándose en un pasaje todavía más estrecho, donde apenas cabían dos personas en paralelo, las paredes de piedra tan cercanas que Bárbara podía sentir su frialdad incluso sin tocarlas. El sonido lejano de voces llegó desde el hotel.

Los hombres que habían entrado debían de haber descubierto ya que la habitación estaba vacía.

Bárbara imaginó la escena, la puerta del anexo abierta de golpe, la sala de lectura desierta, la taza de té todavía tibia sobre la mesa como única prueba de que, apenas minutos antes, allí había habido alguien.

—No tardarán en salir —dijo Matthieu entre dientes, sin aminorar el paso.

Bárbara intentaba mantener el ritmo, aunque la respiración le ardía en el pecho, cada inhalación un cuchillo de aire frío clavándose en sus pulmones.

—¿Quiénes son exactamente?

—Gente que trabaja para la familia Delacroix. No aparecerán en ningún registro oficial —dijo Matthieu.

—¿Matones? —preguntó Bárbara, ya casi sin aire

—Prefieren llamarse «solucionadores» —dijo él con ironía.

Aquello no tranquilizó a nadie.

El grupo cruzó un pequeño puente de piedra. Al otro lado, el mercado navideño estaba ya vacío. La música, risas y el olor a vino caliente habían desaparecido hasta el día siguiente.

Bárbara tenía la sensación de que caminaba dentro de una película en la que nadie más sabía que algo terrible estaba a punto de suceder, como si existiera una membrana invisible entre ella y todos los turistas felices que reían cada día junto a los puestos de pan de especias, ajenos por completo a que tres personas corrían huyendo de hombres dispuestos a hacer cualquier cosa por recuperar unos papeles.

Pasó junto a la misma tienda de souvenirs donde había comprado galletas de jengibre apenas dos días antes, y, por un instante absurdo, pensó en lo extraño que resultaba que aquel lugar siguiera existiendo exactamente igual, con las mismas casitas de azúcar en el escaparate, mientras su propia vida se había transformado por completo en cuestión de horas.

Henri se detuvo, agazapándose un instante detrás de un puesto cerrado de artesanía, escudriñando la calle en ambas direcciones.

—Nos separaremos aquí.

—¿Qué? —preguntó Bárbara.

—Si nos siguen, será más difícil que nos encuentren si nos separamos —explicó Henri. Matthieu asintió.

—Tiene razón.

Bárbara dudó, sintiendo una oleada de pánico ante la idea de separarse, de quedarse a solas con Matthieu en aquellas calles donde cualquier sombra podía esconder a uno de aquellos hombres.

—¿Y luego?

Henri señaló una calle lateral, apenas visible entre dos fachadas iluminadas.

—La vieja plaza del molino. Dentro de media hora.

—De acuerdo —contestaron casi a la vez.

Henri le apretó el brazo un instante, un gesto breve pero firme, como si quisiera transmitirle con aquel simple contacto toda la confianza que las palabras no alcanzaban a expresar, y luego desapareció entre las callejuelas, su figura confundiéndose rápidamente con la de las pocas personas que aún transitaban por las calles.

Matthieu y Bárbara caminaron en dirección contraria, alejándose del lugar hacia calles cada vez más silenciosas.

Durante unos segundos ninguno habló, ambos demasiado atentos a cada sonido, a cada sombra que se movía en su campo de visión periférica. Hasta que Bárbara dijo:

—Hay algo que no entiendo.

—¿Qué? —contestó Matthieu.

—Si Lucien traicionó a Sophie, ¿por qué quiere ayudarnos ahora?

Matthieu no respondió de inmediato, sus ojos recorriendo la calle vacía frente a ellos con una vigilancia que no había mostrado en su librería, como si la huida hubiera despertado en él un instinto distinto, más afilado.

—Tal vez intenta reparar algo.

—¿Un hombre como él? —se asombró Bárbara.

—Incluso los hombres como él envejecen —dijo Matthieu.

Cinco minutos después abandonaron la zona más céntrica de Colmar.

Las calles comenzaron a vaciarse. Las casas parecían más oscuras, el ruido se había reducido a un murmullo apenas perceptible que se mezclaba con el crujido de sus propias botas sobre la nieve.

Bárbara sintió una sensación incómoda en la nuca. Esa misma sensación que había tenido el primer día en el puente, ese cosquilleo helado que le recorría la piel cuando alguien la observaba sin que ella pudiera identificar de dónde.

—Matthieu…

—Lo sé —respondió él.

No necesitaba explicar nada. Alguien los estaba siguiendo.

Caminaron unos metros más, fingiendo una normalidad que ninguno de los dos sentía, hasta que Matthieu, con un gesto casi imperceptible de la cabeza, le indicó que torcieran hacia un puente de madera que cruzaba uno de los canales más estrechos de la ciudad, un puente apartado del recorrido turístico habitual, apenas iluminado por una farola solitaria cuyo resplandor amarillento se reflejaba, tembloroso, sobre el agua oscura.

Se detuvieron en medio del puente. El agua corría lentamente bajo ellos, un susurro constante que parecía el único sonido vivo en aquella parte de la ciudad.

—Salga —dijo Matthieu sin volverse, su voz firme a pesar de la tensión evidente en sus hombros.

Durante unos segundos no ocurrió nada. El silencio se prolongó tanto que Bárbara empezó a preguntarse si Matthieu se había equivocado, si aquella sensación de ser observados no había sido más que el producto del miedo acumulado durante toda la noche.

Luego una figura apareció desde la sombra de una esquina.

Abrigo oscuro, sombrero antiguo. Lucien.

—No esperaba que fueran tan difíciles de encontrar —dijo con calma, avanzando hacia ellos con esa misma agilidad desconcertante que Bárbara ya le había visto en la estación, sus pasos silenciosos sobre la madera del puente.

Bárbara cruzó los brazos, intentando proyectar una seguridad que no sentía del todo.

—No esperaba que fuera tan fácil perderlo.

Lucien sonrió ligeramente, una sonrisa breve que apenas se percibió.

—Eso depende de quién esté buscando a quién.

Matthieu dio un paso adelante, situándose ligeramente delante de Bárbara, un gesto protector que no pasó desapercibido para ninguno de los tres.

—¿Trabaja para los Delacroix?

Lucien lo miró como si la pregunta fuera casi divertida, aunque sus ojos no perdieron en ningún momento la seriedad que los había caracterizado desde el primer encuentro en el puente, días atrás.

—Trabajé para ellos hace mucho.

—¿Y ahora? —insistió Matthieu.

—Ahora trabajo para mí mismo —dijo Lucien.

Bárbara sacó la carpeta del bolso, sosteniéndola con ambas manos, sintiendo el peso de los documentos como un ancla que la mantenía firme en medio de tanta incertidumbre.

—Entonces empiece a hablar.

Lucien miró la carpeta. Su expresión cambió apenas, una sombra de algo que podía ser respeto, o quizás alivio.

—Veo que ha encontrado lo que Sophie dejó.

—Sí —contestó Bárbara con firmeza.

—Eso significa que estamos exactamente donde ella quería que estuviéramos.

Matthieu frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Lucien apoyó los codos en la barandilla del puente, su mirada perdiéndose un instante en el agua oscura que corría debajo, como si necesitara ese momento de contemplación antes de pronunciar algo que llevaba demasiado tiempo callando.

—Significa que Sophie sabía que probablemente no saldría viva de Colmar.

Bárbara sintió un golpe en el pecho, la confirmación de algo que ya intuía pero que, escuchado en voz alta, golpeaba con una fuerza distinta.

—¿Entonces dejó todo preparado?

—Exactamente —confirmó Lucien.

—¿Para quién? —quiso saber Bárbara.

Lucien la observó con detenimiento, sus ojos oscuros fijos en los de ella con una intensidad que parecía atravesar no solo a Bárbara, sino también los sesenta años que los separaban de aquella última noche de Sophie.

—Puede que, sin saberlo, el destino la haya elegido a usted, «el destino manda», o quizás para cualquier otra persona de su familia que se pusiera a investigar.

El silencio cayó sobre el puente.

—Eso es imposible —dijo Bárbara, aunque incluso mientras lo decía sintió que la negación sonaba cada vez más débil, cada vez más una formalidad que pronunciaba por costumbre antes que por verdadera convicción.

Lucien negó lentamente.

—Sophie sabía que tenía familia. Sabía que algún día alguien podría volver a buscarla.

—Eso es una suposición —afirmó Bárbara.

—No —dijo Lucien.

Lucien sacó algo del bolsillo de su abrigo.

Una fotografía. La misma que Bárbara había encontrado dentro del libro.

Pero había algo nuevo, una anotación en la esquina, escrita en una tinta más clara que el resto de la fotografía, como si hubiera permanecido oculta durante décadas hasta ese mismo instante.

Bárbara la tomó, sus dedos temblando ligeramente al rozar el papel envejecido. La letra era de Sophie:

«Para quien venga después de mí».

El corazón de Bárbara comenzó a latir con fuerza, una mezcla de emoción y de algo más profundo, casi doloroso, al imaginar a su abuela, escribiendo aquella frase con la certeza fría de que probablemente no viviría para conocer a quien la leyera.

—No lo había visto —reconoció Bárbara

—Porque estaba oculto bajo el marco original —dijo Lucien.

Matthieu miró a Lucien, su desconfianza todavía visible en cada línea de su rostro.

—¿Cómo llegó eso a sus manos?

Lucien respondió con una calma inquietante, que parecía haber sido forjada a base de mantener el control sobre sus propias emociones por necesidad.

—Porque yo estaba allí cuando Sophie murió.

El viento cruzó el canal. Bárbara sintió que el frío se le metía en los huesos, un frío que ya no provenía solo de la temperatura de la noche, sino de la sospecha de estar a punto de escuchar, por fin, la verdad completa.

—Entonces dígalo de una vez. ¿Qué ocurrió realmente aquella noche?

Lucien tardó unos segundos en responder, su mirada perdida de nuevo en el agua, como si necesitara aquel breve refugio antes de sumergirse en el recuerdo:

—Sophie llegó a la casa del viñedo.

—Lo sabemos —dijo Bárbara.

—Había encontrado a Isabelle —continuo Lucien.

—También lo sabemos —confirmó Bárbara.

Lucien miró el agua.

—Pero hay algo que usted no sabía.

—¿El qué? —preguntó Bárbara, cada vez más cansada y asustada.

Lucien levantó la cabeza, sus ojos encontrando los de Bárbara con una franqueza que no había mostrado hasta entonces.

—Que alguien más ya estaba intentando sacarla de allí.

Bárbara frunció el ceño.

—¿Quién?

Lucien respondió con una sola palabra:

—Yo.

El silencio se volvió absoluto, tan denso que incluso el murmullo del agua bajo el puente pareció apagarse por un instante.

—¿Está diciendo que usted intentaba salvar a Isabelle? —preguntó Matthieu, su voz cargada de una incredulidad que rivalizaba con la de Bárbara.

—Sí —respondió Lucien.

—¿Entonces por qué murió Sophie? —quiso saber Matthieu.

Lucien cerró los ojos un instante, y por primera vez desde que Bárbara lo conocía, su rostro mostró algo parecido al dolor genuino, una grieta en aquella fachada de calma impenetrable que había mantenido durante toda la conversación.

—Porque alguien llegó antes que nosotros.

Bárbara sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.

—¿Quién?

Lucien los miró a ambos, su voz firme pero cargada de un peso que parecía llevar arrastrando seis décadas.

—Armand Delacroix.

Un ruido de pasos resonó al otro lado del puente. Lucien giró la cabeza con una rapidez que contrastaba con su habitual quietud.

—Demasiado tarde.

Dos hombres aparecieron desde la calle, los mismos que habían entrado en el hotel, sus siluetas recortándose contra la luz de una farola lejana, los abrigos oscuros casi indistinguibles de la noche que los rodeaba. Uno de ellos sonrió, una sonrisa falsa, irónica, de las que no prometen nada bueno.

—Buenas noches —dijo con chulería.

Bárbara sintió cómo el miedo volvía a recorrerle el cuerpo, un miedo distinto al de las noches anteriores, más concreto, más inmediato, sin el filtro de las advertencias indirectas y las notas anónimas que había recibido hasta entonces.

El segundo hombre habló, su voz suave pero cargada de una amenaza apenas disimulada.

—Señorita MacLeod, nos gustaría recuperar algo que pertenece a nuestra familia.

Bárbara apretó la carpeta contra el pecho, sintiendo cómo cada documento dentro de ella parecía pesar de pronto el doble, como si la propia carpeta hubiera adquirido una densidad nueva ante la proximidad de aquellos dos hombres.

Lucien dio un paso adelante, situándose entre Bárbara y los recién llegados con una determinación que sorprendió a todos los presentes.

—Eso no va a ocurrir.

El hombre sonrió, sin perder en ningún momento esa calma desagradable que parecía formar parte de su entrenamiento.

—No estaba hablando con usted.

Lucien respondió con una tranquilidad que hizo que incluso Matthieu se tensara, una calma que ya no parecía la de un simple espectador, sino la de alguien dispuesto a tomar por fin partido de manera definitiva.

—Entonces debería empezar a hacerlo —dijo Lucien con voz firme.

El viento sopló sobre el canal, agitando la nieve que se había acumulado sobre la barandilla del puente, levantando pequeños remolinos blancos que brillaban un instante bajo la luz de la farola antes de desaparecer en la oscuridad.

Las luces de Navidad temblaron en el agua, sus reflejos dorados y rojos distorsionándose en ondas concéntricas, como si el propio canal hubiera empezado a sentir la tensión que se concentraba sobre aquel puente de madera.

Bárbara miró a uno y otro lado, calculando las distancias, las posibles vías de escape, consciente de que estaba atrapada entre el agua a un lado y dos hombres decididos a recuperar a cualquier precio lo que llevaba consigo.

Pensó en Henri de manera fugaz, esperando en la plaza del molino, en Claire en algún lugar de la ciudad cargando con su propio peso de seis décadas de silencio, en Sophie escribiendo aquella última frase con la conciencia de que su propia muerte podría estar cerca.

Y comprendió algo con una claridad brutal.

La investigación había terminado. Ahora comenzaba la guerra.