La última Navidad de Sophie Capítulo 24 — La ciudad que observa
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Capítulo 24 — La ciudad que observa

Después de colgar el teléfono, Bárbara permaneció inmóvil.

El pequeño salón del anexo del hotel parecía de pronto demasiado estrecho, demasiado silencioso.

Afuera, la música del mercado navideño llegaba amortiguada por las paredes, como si perteneciera a otro mundo, a una vida paralela donde la Navidad seguía siendo solo luces, villancicos y vino caliente, sin secretos ni nombres susurrados con miedo.

Sostenía el teléfono todavía en la mano, con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos, y tardó un instante en darse cuenta de que la pantalla había vuelto a la imagen de inicio, la llamada ya terminada, aunque la voz de Claire pareciera seguir resonando entre las paredes de aquella sala diminuta.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Matthieu, todavía sentado, observándola con la misma tensión contenida que llevaba mostrando desde que había cruzado la puerta del anexo.

Bárbara tardó un segundo en responder, intentando que su voz sonara más firme de lo que en realidad se sentía.

—Que los Delacroix ya saben que tengo los documentos.

Matthieu cerró los ojos un instante, un gesto breve que pareció costarle un esfuerzo físico considerable. —Entonces el tiempo se ha terminado.

—Eso dijo ella.

—Y tiene razón —dijo Matthieu, con visible preocupación.

Bárbara comenzó a caminar por la habitación, sintiendo la necesidad imperiosa de moverse, de no quedarse quieta mientras su mente intentaba abarcar la magnitud de todo lo que se le venía encima, la confesión de Matthieu sobre la muerte de Sophie, la revelación sobre Claire, y ahora aquella amenaza concreta, inmediata, que ya no pertenecía al pasado sino al presente más urgente.

—No entiendo algo.

—¿Qué? —preguntó Matthieu, para quien todo estaba claro en su cabeza.

—Si Claire es Isabelle, ¿por qué no denunciarlo todo directamente?

Matthieu suspiró, un suspiro cansado que pareció arrastrar consigo el peso del tiempo.

—Porque nadie habría creído a una mujer que oficialmente estaba muerta.

La frase quedó suspendida en el aire.

Bárbara lo comprendió de inmediato, sintiendo cómo aquella última pieza encajaba con una precisión casi cruel.

—Cierto, en los registros… Isabelle murió.

—Sí —confirmó él.

—Entonces Claire nunca ha existido —dijo Bárbara.

—Exactamente. El plan de los Delacroix había sido perfecto —dijo él.

Matar legalmente a la niña, enterrarla en documentos y esconderla en la vida real, una operación de borrado tan limpia, tan meticulosa, que ni siquiera con todas las pruebas que Bárbara llevaba ahora en su bolso resultaba sencillo desmontarla del todo.

—Costará mucho demostrar que una persona muerta sobre el papel está, en realidad, viva.

—Pero ahora tenemos pruebas —dijo Bárbara, intentando aferrarse a algo concreto en medio de tanta incertidumbre.

Matthieu negó lentamente.

—Tenemos algo más peligroso que pruebas.

—¿El qué? —preguntó Bárbara confundida.

—Tenemos una historia que puede destruir a varias familias —dijo el librero.

Bárbara sintió un escalofrío, comprendiendo de pronto que aquello no era solo el final de una investigación periodística, sino el principio de algo mucho más grande, con consecuencias que se extenderían mucho más allá de un simple artículo publicado en una revista.

—¿Cree que intentarán recuperarlos? —dijo Bárbara casi en un susurro, como si no le saliera la voz.

Matthieu la miró fijamente, con una seriedad que no dejaba lugar a dudas.

—No. Intentarán destruirlos.

La frase quedó flotando entre ambos con un peso casi físico, y Bárbara no pudo evitar preguntarse si aquel «destruirlos» se refería únicamente a los documentos, o también a las personas que los tenían en su poder.

Henri apareció en la puerta del salón, su silueta recortada contra la luz tenue del pasillo. Había escuchado suficiente de la conversación para comprender que algo serio estaba ocurriendo, y su rostro, normalmente sereno y profesional, mostraba ahora una preocupación que no intentaba disimular.

—Creo que deberíamos hablar.

Bárbara lo miró, sintiendo una nueva oleada de cansancio ante la idea de que todavía hubiera más revelaciones esperando.

—¿Usted también sabe algo?

Henri dudó. Luego asintió, entrando del todo en la habitación y cerrando la puerta tras de sí con un cuidado deliberado, como si quisiera asegurarse de que nadie más pudiera escuchar lo que estaba a punto de decir.

—Mi padre conoció a Sophie.

Matthieu levantó la cabeza, con una expresión que mezclaba sorpresa y un cansancio profundo, el cansancio de quien ya no sabe cuántas capas más puede tener una misma historia.

—¿Qué hay de nuevo en eso?

—Trabajaba en el hotel cuando ella llegó a Colmar.

Bárbara se acercó, sintiendo que cada nueva pieza de información le costaba más asimilar que la anterior, como si su capacidad de asombro estuviera empezando a agotarse después de tantas revelaciones en tan poco tiempo.

—Eso ya me lo había dicho, ¿le contó algo que aún no me haya dicho?

Henri apoyó las manos en la mesa, en el mismo gesto que Bárbara ya le había visto hacer en la recepción del hotel, ese ademán de quien necesita un punto de apoyo físico antes de pronunciar algo difícil.

—Me contó que Sophie cometió un error.

—¿Qué error? —quiso saber Bárbara.

—Confió en la persona equivocada —contestó Henri.

Bárbara miró a Matthieu, asumiendo de inmediato que aquella frase se refería a la traición que ya conocía, a la cadena de avisos que había llevado hasta la muerte de su abuela.

—¿La madre de Claire?

Henri negó con la cabeza.

—No.

El silencio cayó entre los tres, cargado de la inminencia de otra revelación que Bárbara, en ese momento, ya no estaba segura de querer escuchar.

—¿Entonces quién?

Henri respondió con un nombre:

—Lucien. El hombre que aparece y desaparece.

Matthieu se levantó de golpe, con una violencia en el movimiento que sorprendió a Bárbara, acostumbrada ya a su habitual contención.

—Eso no es posible.

Henri lo miró con gravedad, sin retroceder ante la reacción del librero.

—Mi padre dijo que Lucien estaba allí esa noche.

Bárbara recordó al hombre del abrigo oscuro, su calma, su forma de aparecer siempre en el momento justo, esa quietud casi entrenada con la que se sentaba en los bancos de la estación, esa manera de observarla desde la distancia sin nunca acercarse del todo, hasta que finalmente lo había hecho, entregándole respuestas a medias entre advertencias que ahora, vistas con esta nueva luz, adquirían un significado mucho más turbio.

—¿Lucien trabajaba para los Delacroix?

Henri respondió lentamente, eligiendo cada palabra con el mismo cuidado que Matthieu había empleado momentos antes.

—No exactamente.

—Explíquese —apremió Bárbara.

—Lucien trabajaba para quien pagara mejor.

La frase no tranquilizó a nadie.

Bárbara sintió que el suelo, una vez más, se movía bajo sus pies, igual que se había movido cada vez que alguien le entregaba un fragmento más de aquella historia que parecía no tener fondo.

—Entonces, Lucien podría haber estado ayudando a Sophie…

—O vendiéndola —terminó Matthieu.

El silencio volvió a llenar la habitación, esta vez, más pesado que ninguno de los anteriores.

Bárbara recordó la consigna, la llave, el paquete con los documentos, el modo en que Lucien le había entregado cada pista con una precisión que ahora le parecía menos generosa y más calculada de lo que había querido creer.

Lucien había podido quedarse con todo aquello. Y, sin embargo, se lo había entregado a ella.

—Si Lucien traicionó a Sophie, ¿por qué ayudarme ahora? —preguntó una Bárbara, cada vez más confundida.

Henri respondió con una voz baja, casi un susurro, como si pronunciar aquellas palabras en voz alta fuera, de algún modo, peligroso incluso en la intimidad de aquella pequeña sala.

—Porque hay una cosa que los hombres como Lucien odian más que perder dinero.

—¿El qué? —preguntó Bárbara.

Henri miró a Matthieu, un intercambio de miradas que parecía cargado de un entendimiento que ninguno de los dos necesitaba traducir en palabras.

—Perder el control.

Un ruido en la calle hizo que los tres miraran hacia la ventana, con la sincronía instintiva de quienes están aguzando los sentidos ante cualquier señal de peligro.

Un coche negro acababa de detenerse frente al hotel, sus faros apagándose con un parpadeo casi simultáneo, dejando solo el resplandor de las farolas de la calle reflejándose sobre la carrocería oscura, salpicada de copos de nieve que se derretían lentamente sobre el metal todavía caliente del motor.

Dos hombres salieron; no parecían turistas. Tampoco parecían policías. Vestían abrigos largos y oscuros, idénticos en su corte, con esa neutralidad calculada de quien quiere pasar desapercibido y, precisamente por ese esfuerzo excesivo, termina destacando entre la multitud festiva de la calle.

Matthieu susurró:

—Demasiado rápido.

Bárbara sintió cómo la adrenalina recorría su cuerpo, un hormigueo eléctrico que le subía desde el estómago hasta la punta de los dedos.

—¿Son ellos?

Henri observó desde la ventana, con la cortina apenas entreabierta, lo justo para ver sin ser visto.

—Creo que sí.

Uno de los hombres llamó a la puerta principal del hotel, un golpe firme y autoritario que no se parecía en nada a la llamada amable de un huésped o de un visitante cualquiera.

El sonido resonó en el vestíbulo, atravesando las paredes hasta llegar al anexo, y, por un instante, los tres se quedaron completamente inmóviles, como si el más mínimo movimiento pudiera delatarlos a través de la pared.

—Tenemos que irnos —dijo Matthieu.

—¿Adónde? —inquirió Bárbara, sintiendo que la pregunta sonaba absurdamente práctica en medio de aquel pánico creciente.

Henri respondió sin dudar, ya moviéndose hacia el armario donde guardaba un juego de llaves, sacando un manojo con dedos sorprendentemente firmes a pesar de la tensión evidente en su rostro.

—A buscar a la única persona que todavía puede detener esto.

Bárbara lo miró.

—¿Claire?

—No —dijo Henri.

Matthieu terminó la frase, con una determinación que parecía haberle costado mucho alcanzar:

—Lucien.

Bárbara dudó. Confiar en Lucien parecía una idea terrible, después de todo lo que acababa de escuchar sobre su posible papel en la muerte de Sophie, pero quedarse allí, esperando a que aquellos dos hombres terminaran de convencer a algún empleado nocturno de que les abriera la puerta, lo era aún más.

El golpe en la puerta del hotel volvió a sonar. Más fuerte esta vez, con una insistencia que ya no admitía mucha más demora.

Henri apagó las luces del salón, sumiendo la habitación en una penumbra apenas rota por el resplandor lejano de las farolas que se filtraba entre las cortinas.

—Hay una salida trasera.

—¿A dónde conduce? —preguntó Bárbara, sintiendo cómo el corazón le latía con una fuerza que casi le dolía en el pecho.

—A una calle que da al canal.

Matthieu cogió su abrigo, los movimientos rápidos pero controlados, como si toda una vida de cautela cuidadosa se hubiera transformado, en cuestión de segundos, en una eficiencia silenciosa y precisa.

—Entonces movámonos.

Bárbara guardó la carpeta con los documentos dentro de su bolso, apretándola contra el costado con el mismo gesto protector con que había sostenido el bolso entero desde que había salido de la estación aquella misma mañana, como si aquellos papeles fueran ya, de algún modo, una parte física de ella misma.

Su corazón latía con fuerza. Mientras atravesaban el pasillo oscuro del anexo, guiados solo por la luz tenue que se colaba desde la calle a través de las ventanas pequeñas, pensó si Sophie, en sus últimos minutos, habría sentido lo mismo que ella en aquel momento.

Si quizás también había corrido, si también había intentado escapar bajo una nieve parecida a aquella, con un secreto, el mismo que la destruyó.

Si habría sentido aquel mismo terror, esa claridad extraña que aparece cuando el peligro deja de ser una posibilidad teórica y se convierte en algo inmediato, físico, respirando justo al otro lado de una pared.

Y ahora, su nieta estaba haciendo exactamente lo mismo.

La idea le produjo un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la noche que ya empezaba a colarse por las rendijas de la puerta trasera.

La puerta trasera se abrió y el aire helado de la noche los envolvió, golpeándoles la cara con una intensidad que por un instante cortó la respiración de los tres.

Detrás de ellos, en el interior del hotel, se oyó cómo alguien entraba, el chirrido lejano de la puerta principal cediendo, pasos firmes sobre el suelo de madera del vestíbulo, una voz masculina preguntando algo en francés con un tono que no admitía discusión.

—¡Rápido! —susurró Henri, sujetando la puerta trasera, abierta el tiempo justo para que los otros dos salieran antes de cerrarla con el mismo cuidado silencioso con que había hecho todo lo demás esa noche.

Los tres salieron al callejón, un pasaje estrecho entre dos edificios, apenas iluminado por una sola farola al final, con la nieve acumulada en montículos irregulares contra las paredes de piedra.

Y mientras comenzaban a correr por las calles silenciosas de Colmar, dejando atrás las luces cálidas del mercado navideño que ahora les parecían pertenecer a una vida completamente distinta, Bárbara comprendió que la historia había dejado definitivamente de ser una investigación.

Ahora era una huida, sin final previsto.

Corrían en fila, Henri abriendo camino con la familiaridad de quien conoce cada rincón de aquellas calles desde la infancia, Matthieu cerrando la marcha con una mirada constante hacia atrás, comprobando que nadie los seguía, y Bárbara en medio, con el bolso apretado contra el pecho y los pulmones ardiéndole con cada bocanada de aire helado.

Pasaron junto a fachadas decoradas con guirnaldas que, vistas a aquella velocidad, se convertían en manchas borrosas de luz dorada.

Cruzaron un puente pequeño donde sus pisadas resonaron con un eco demasiado fuerte para la quietud de la noche, dejaron atrás una plaza vacía donde apenas unas horas antes había sonado un coro infantil, ahora silenciosa, abandonada bajo la nieve, como si la propia ciudad hubiera decidido apagar su alegría navideña justo en el momento en que más la necesitaban.

En algún momento, mientras doblaban una esquina y el sonido de sus propias respiraciones agitadas se mezclaba con el crujido de la nieve bajo sus botas, Bárbara se permitió un pensamiento fugaz, casi delirante en medio de tanto miedo, que aquello, exactamente aquello, era lo que había ido a buscar a Colmar sin saberlo.

No inspiración o una historia bonita para un artículo, sino una historia real, viva, peligrosa, que finalmente la había encontrado a ella tanto como en su día encontró a su abuela.

Y ella no sabía cómo podía terminar esta historia que empezó como una atractiva curiosidad.