La última Navidad de Sophie Capítulo 23 — La mujer que cambió su nombre #2
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Capítulo 23 — La mujer que cambió su nombre #2

Matthieu apretó las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos, un gesto involuntario que delataba, mejor que cualquier palabra, el peso real de lo que estaba confesando.

—Mi padre intentó detenerla.

—¿Detenerla? —preguntó Bárbara cada vez más confundida.

—Sophie había encontrado a Isabelle. Estaba intentando sacarla de la casa del viñedo.

Bárbara sintió un vuelco en el estómago, imaginando la escena con una nitidez que le resultó casi insoportable: su abuela, en la oscuridad de aquella casa aislada entre los viñedos, sosteniendo de la mano a una niña asustada, intentando huir hacia la puerta mientras la nieve caía fuera con la misma indiferencia con que seguía cayendo ahora, sobre la misma ciudad.

—¿Y su padre la atacó? —preguntó ella.

—Intentó impedir que se marchara —dijo Matthieu.

—¿Y? —dijo Bárbara.

Matthieu cerró los ojos, como si necesitara la oscuridad para poder terminar la frase. —Sophie se cayó.

—¿Dónde?

—En la escalera de la casa —respondió él.

El silencio se volvió insoportable, un silencio que pareció extenderse no solo por aquel pequeño salón, sino por toda la ciudad, por todos los años transcurridos desde aquella Nochebuena en que una mujer joven había muerto intentando hacer lo correcto.

—¿Murió allí? —preguntó Bárbara, visiblemente afectada.

—Sí —respondió él con firmeza.

Bárbara apoyó la espalda en la silla, sintiendo que algo dentro de ella, alguna tensión que llevaba sosteniendo desde el primer día, finalmente se quebraba en silencio.

No había gritos, no había lágrimas inmediatas, solo una quietud profunda y dolorosa, la misma quietud, pensó, que debía haber reinado en aquella escalera, cuando el cuerpo de Sophie MacLeod dejó de moverse y un hombre aterrorizado tuvo que decidir, en cuestión de segundos, qué hacer con la verdad que acababa de provocar.

El mundo había creído que Sophie MacLeod había desaparecido. Pero la verdad era mucho más brutal: había muerto intentando salvar a una niña.

—Entonces hay algo que no entiendo —dijo Bárbara, recuperando por fin algo parecido a su voz habitual, aunque más baja, más temblorosa.

—¿Qué? —dijo Matthieu.

—Si Isabelle es Claire…, ¿por qué me ha ayudado? —dijo Bárbara.

Matthieu la miró con una expresión extraña, una mezcla de compasión y de algo más antiguo, más complicado.

—Porque durante más de sesenta años ha vivido con una culpa que no le pertenecía.

—¿Qué culpa? —preguntó Bárbara, confundida.

—La de seguir viva —respondió él.

Bárbara frunció el ceño, sin entender del todo a qué se refería, hasta que Matthieu, con la misma paciencia con la que había desgranado cada revelación anterior, continuó:

—Tiene todo el sentido del mundo si recuerda algo.

—¿Qué? —dijo ella.

Matthieu habló despacio, cada palabra cayendo como una piedra más sobre el agua ya turbia de aquella historia. —Sophie murió intentando salvarla.

Las palabras golpearon a Bárbara con una claridad brutal.

Claire no había ayudado a Sophie; había sido la razón por la que Sophie murió.

Y había tenido que vivir con eso toda su vida, arrastrando una culpa imposible de compartir con nadie, porque ¿cómo se le explica a alguien que una desconocida murió por sacarte de una casa de la que no entendías del todo que debías escapar?

Bárbara se levantó, incapaz de seguir sentada con aquel peso nuevo instalado en el pecho. —Hay algo más.

Matthieu levantó la vista.

—¿Qué?

—Claire sabía que yo era la nieta de Sophie.

—Sí —dijo él.

—Desde el principio.

—Sí —lo reafirmó Matthieu.

Bárbara sintió cómo algo encajaba de repente, cada pieza suelta de los últimos días cayendo en su sitio con una violencia casi física. Las advertencias, la ayuda, las medias verdades.

—No me ha estado ayudando. Me ha estado guiando.

Matthieu no respondió. El librero suspiró, un suspiro largo que pareció vaciarlo de toda la energía que le quedaba. Al final solo dijo:

—Sí.

—¿Por qué? —preguntó ella.

Matthieu la miró con gravedad, sosteniéndole la mirada con una intensidad que Bárbara no le había visto antes, ni siquiera en el momento más tenso de su primer encuentro en la librería.

—Porque usted es la única persona que puede terminar lo que Sophie empezó.

Bárbara sintió un escalofrío.

—¿Qué empezó exactamente?

Matthieu respondió con una sola frase.

—Liberar la verdad.

En ese momento el teléfono de Bárbara vibró sobre la mesa, el sonido brusco rompiendo de golpe la tensión densa que se había instalado entre los dos.

Ambos lo miraron. La pantalla mostraba un nombre: Claire.

Bárbara sintió que el corazón se le aceleraba ante la sola visión de aquel nombre, ahora cargado de un significado muy distinto al que tenía antes.

Miró a Matthieu, que asintió levemente, como animándola a contestar.

Bárbara descolgó.

—¿Dónde está? —preguntó la mujer al otro lado, sin preámbulos, con una urgencia que se filtraba con claridad a través de la línea.

—En el hotel.

—¿Con Matthieu?

Bárbara miró al librero, que seguía observándola con la misma gravedad de antes.

—Sí.

Hubo un silencio breve, apenas unos segundos, pero que a Bárbara le parecieron mucho más largos, llenos de todo lo que ahora sabía y que Claire todavía no podía imaginar que había descubierto.

Luego Claire dijo algo que hizo que el corazón de Bárbara se acelerara todavía más.

—Entonces escuche con atención.

—¿Qué ocurre?

Claire habló con una urgencia nueva en la voz, una urgencia que ya no parecía calculada, sino desesperada.

—Ellos ya saben que tiene los documentos.

Bárbara sintió un nudo en el estómago, mirando instintivamente hacia la ventana, hacia la oscuridad del patio interior donde la nieve seguía cayendo, preguntándose si en algún rincón de aquella oscuridad había ya alguien observando, esperando.

—¿Quiénes?

—Los Delacroix.

El silencio cayó como una losa.

—¿Qué van a hacer?

Claire respondió con una frase que cambió todo, y que Bárbara sintió clavarse en el pecho con una frialdad que la llevó de inmediato a Sophie, bajo esa misma nieve, la última noche de su vida.

—Lo mismo que hicieron con Sophie.