La última Navidad de Sophie Capítulo 23 — La mujer que cambió su nombre
43%

Capítulo 23 — La mujer que cambió su nombre

Durante unos minutos nadie habló. Las palabras de Matthieu parecían suspendidas en el aire del pequeño salón del anexo del hotel, tan pesadas que incluso el sonido lejano del mercado navideño parecía haberse apagado, como si la ciudad entera, fuera de aquellas paredes, hubiera decidido contener la respiración junto con ellos.

La lámpara de mesa proyectaba una luz amarillenta y tenue sobre el rostro de Matthieu, dejando media cara en sombra, y Bárbara pensó, de manera fugaz y casi absurda, que aquella iluminación parecía sacada de un interrogatorio antiguo, de esos que solo había visto en películas en blanco y negro.

Bárbara fue la primera en reaccionar.

—Eso es absurdo —dijo al fin.

Matthieu no respondió. Su silencio resultó más inquietante que cualquier explicación.

Permanecía sentado en la mesa del anexo, frente a una taza de café que había puesto Bárbara para relajar la tensión, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, todavía húmedo por la nieve, observándola con la paciencia exasperante de quien ya sabe que la negación es la primera reacción inevitable ante una verdad demasiado grande para aceptarla de golpe.

Necesitaba aclarar muchas cosas todavía.

—Claire no puede ser Isabelle —continuó Bárbara, notando cómo su propia voz subía de volumen sin que pudiera evitarlo—. Isabelle tendría ahora… ¿qué? ¿Setenta años?

—Sí, unos setenta —afirmó Matthieu con calma.

—Claire no tiene esa edad —dijo Bárbara.

—Claire quizás aparente menos —contestó Matthieu.

Bárbara negó con la cabeza, un gesto repetido, casi mecánico, como si moviendo la cabeza de un lado a otro pudiera deshacer físicamente la idea que Matthieu acababa de instalar en su mente.

—No. No.

Comenzó a caminar por la habitación, intentando ordenar los pensamientos que se agolpaban en su mente, pasando una y otra vez frente a la pequeña ventana que daba al patio interior, donde la nieve seguía cayendo con una indiferencia que en ese momento le pareció casi insultante.

—Claire me habló de su madre.

—Sí. Es posible —contestó el librero.

—De cómo traicionó a Sophie —siguió Bárbara.

—Sí. Es cierto que su madre lo hizo —afirmó él sin dudar.

—De cómo trabajaba para los Delacroix — dijo Bárbara.

Matthieu la observaba con paciencia, sin moverse de su sitio, dejando que ella misma recorriera el camino completo de la negación hasta que la lógica, inevitablemente, la alcanzara.

—Nada de eso es mentira.

Bárbara se detuvo en seco, girándose hacia él con una expresión que mezclaba incredulidad y una rabia creciente que no sabía bien hacia quién dirigir.

—Entonces explíqueme algo.

—Lo intentaré —dijo él.

—Si Claire es Isabelle…, ¿por qué inventar una historia sobre su madre?

Matthieu respiró lentamente, como si necesitara prepararse para cada nueva frase que tenía que pronunciar, consciente de que cada una de ellas iba a desmoronar otro fragmento más de la imagen que Bárbara se había hecho de Claire en los últimos días.

—Porque durante toda su vida Isabelle ha tenido que inventar historias para sobrevivir.

El silencio volvió a caer entre ambos, esta vez más largo, más denso, mientras Bárbara dejaba que aquella frase se asentara, intentando imaginar lo que significaba construir una identidad entera, capa sobre capa, durante seis décadas, solo para poder seguir respirando sin que nadie reconociera en ella a la niña que oficialmente había muerto.

Bárbara recordó el retrato en la casa del viñedo, los ojos, la expresión.

La sensación extraña de estar mirando a alguien que había vivido demasiado tiempo fuera del mundo, una mujer pintada con una seriedad que ahora, vista con esta nueva información, le parecía menos una pose artística y más la huella permanente de una infancia robada.

Pensó también en el modo en que Claire había hablado de aquella casa, con una intimidad que en su momento había atribuido a la empatía, cada habitación nombrada sin necesidad de explorarla, cada detalle del retrato comentado con una precisión que solo podía tener quien hubiera vivido realmente dentro de esas paredes, no quien las visitaba por primera vez como invitada ocasional de la memoria ajena.

—No —susurró—. No puede ser.

Matthieu se acercó un paso, su sombra alargándose sobre el suelo de madera hasta casi tocar los pies de Bárbara.

—¿Le contó Claire qué ocurrió después de que Sophie desapareciera?

—Sí. Dijo que Isabelle fue enviada a un convento en Suiza.

—Eso es cierto.

—¿Durante treinta años? —quiso verificar Bárbara.

—Sí —contestó él sin dudar.

Bárbara sintió un escalofrío, una corriente fría que le recorrió la espalda entera mientras intentaba imaginar a una niña de unos ocho años, asustada, sin nombre verdadero, criada entre los muros de un convento extranjero, lejos de cualquier familia, lejos de cualquier verdad sobre quién era realmente o por qué la habían escondido del mundo.

—Pero Claire dijo que la niña desapareció después —dijo ella.

Matthieu asintió.

—También es cierto.

—Entonces… —La frase quedó suspendida, porque la conclusión comenzaba a tomar forma por sí sola, una conclusión que Bárbara ya veía venir pero que su mente todavía se resistía a formular en voz alta, como si pronunciarla pudiera de algún modo hacerla más definitiva, más irreversible.

Matthieu la terminó.

—La niña desaparecida era Isabelle.

Bárbara lo miró fijamente, buscando en su rostro algún rastro de duda, alguna grieta que le permitiera seguir aferrándose, aunque fuera un instante más, a la versión de los hechos que tenía hasta entonces.

—¿Y reapareció como Claire?

—Así es —dijo él.

La revelación cayó como un golpe seco.

Durante unos segundos Bárbara no pudo decir nada. La historia se reorganizaba dentro de su cabeza a una velocidad vertiginosa, cada conversación de los últimos días reescribiéndose ante sus propios ojos con un significado completamente distinto.

La mujer del mercado que sabía demasiado.

La señora de la iglesia que conocía cada rincón de la historia familiar de los Delacroix con un detalle imposible para una simple hija de criada.

La mujer que en la casa del viñedo se había quedado paralizada frente a su propio retrato sin que Bárbara, en aquel momento, llegara a comprender el verdadero motivo de aquella reacción.

Claire. La mujer que sabía demasiado, que conocía cada rincón de la historia. La mujer que parecía tener miedo, y a la vez controlarlo todo, dosificando cada revelación con la precisión de quien lleva toda una vida calculando exactamente cuánto puede decir sin desmoronarse del todo.

—¿Por qué ahora? —preguntó al fin, con la voz reducida casi a un susurro.

Matthieu tardó en responder, eligiendo cada palabra con el mismo cuidado con que había manejado siempre los libros más frágiles de su tienda.

—Porque usted llegó a Colmar.

—Eso no explica nada —dijo Bárbara.

—Lo explica todo —aseguró él.

Matthieu se sentó despacio en una de las sillas del pequeño salón, como si el peso de lo que todavía tenía que contar le hubiera vencido por fin las piernas, y por un instante pareció mucho más viejo de lo que Bárbara recordaba de su primer encuentro en la librería.

—Mi padre me contó lo que ocurrió la noche en que Sophie murió.

Bárbara se sentó frente a él, en el borde de la butaca, con la espalda demasiado recta, como si mantenerse rígida pudiera de algún modo protegerla del impacto de lo que estaba a punto de escuchar.

—Pensé que había desaparecido y desde que ha llegado habla con rotundidad de su muerte, como si fuera un hecho probado —dijo Bárbara un poco cansada.

—Esa fue la versión oficial —respondió Matthieu.

—¿Entonces qué ocurrió realmente? —preguntó ella.

Matthieu bajó la mirada, fijándola en sus propias manos entrelazadas sobre el regazo, las mismas manos que apenas un rato antes habían sostenido la fotografía de Sophie con una reverencia casi religiosa.

—Sophie llegó demasiado cerca de la verdad.

—¿La mataron? —quiso saber Bárbara.

El librero tardó unos segundos en responder, un silencio que a Bárbara le pareció eterno, cargado de toda la resistencia de un hombre que llevaba media vida evitando aquella pregunta.

—Sí. La mataron —dijo con rotundidad.

La afirmación quedó suspendida en el aire.

Bárbara sintió que la garganta se le cerraba, un nudo físico, tangible, que le impedía tragar saliva con normalidad.

Durante toda la investigación había imaginado esa posibilidad, la había sopesado fríamente como periodista, como una hipótesis más entre varias, pero oírla en voz alta, confirmada por boca de alguien que conocía lo ocurrido, era diferente. Más definitivo, más cruel.

Pensó en su madre, en Moira, en aquella conversación telefónica en la que había admitido, con voz quebrada, que no desapareces teniendo una familia y dos niños pequeños así porque sí.

Pensó en su tío Alastair, guardando aquellas cartas durante décadas sin atreverse a leerlas enteras.

Pensó en todos los MacLeod que, generación tras generación, habían cargado con una ausencia sin nombre, sin certeza, sin un cuerpo que enterrar ni una tumba donde llevar flores.

—¿Quién? —preguntó, con una voz que apenas reconoció como propia.

Matthieu levantó la cabeza.

—No fue Armand Delacroix.

Aquello sorprendió a Bárbara, rompiendo por un instante la espiral de dolor en la que se había sumido.

—¿Entonces quién?

—Uno de los hombres que trabajaban para él —respondió el librero.

—¿Lucien? —indagó ella.

Matthieu negó con la cabeza, un movimiento rápido, casi defensivo, como si la sola idea le resultara ofensiva hacia el hombre del abrigo oscuro, a quien evidentemente conocía mucho mejor de lo que Bárbara había sospechado.

—No.

—¿Entonces?

El librero respiró hondo, y Bárbara vio, con una claridad dolorosa, el instante exacto en que se preparaba para pronunciar la confesión que probablemente llevaba toda la vida temiendo tener que hacer en voz alta.

—Mi padre.

Bárbara se quedó inmóvil, incapaz de dar crédito a lo que estaba oyendo.

—¿Qué?

—No fue intencionado —justificó él.

—Explíquese.