Capítulo 22 — El hombre que sabía demasiado
Esa noche, mientras Bárbara intentaba ordenar lo que había descubierto, alguien golpeó la puerta del anexo del hotel.
El sonido la sobresaltó en mitad de sus propias notas, esparcidas sobre la mesa de la sala de lectura junto al cuaderno de Sophie, la carpeta de documentos y un cuaderno propio donde llevaba horas intentando organizar nombres, fechas y conexiones que cada vez se ramificaban en más direcciones de las que podía seguir.
Henri fue a abrir. Matthieu estaba allí.
La nieve le había cubierto los hombros del abrigo y el cabello, y bajo la luz del porche su rostro parecía tallado en la misma piedra fría que las fachadas de la ciudad, pálido, tenso, con unas ojeras profundas que no recordaba haberle visto antes. El librero parecía más cansado que nunca.
—Necesito hablar con Bárbara MacLeod.
Henri frunció el ceño, interponiéndose instintivamente entre la puerta y el pasillo que llevaba hacia la sala de lectura, como si su papel de protector improvisado de las últimas horas le hubiera otorgado también el derecho de hacer de filtro.
—No creo que sea buen momento —dijo Henri, a la defensiva.
—Es el único momento que queda —contestó el hombre con firmeza.
La tensión de su voz hizo que Henri dudara.
No era la voz reservada y cortante del librero que Bárbara había descrito tras su primer encuentro, era algo más urgente, casi desesperado, la voz de un hombre que llevaba mucho tiempo posponiendo algo y que finalmente había decidido que aplazarlo un día más resultaba imposible.
—Espere aquí —dijo Henri, finalmente.
Un minuto después, Bárbara apareció en el pasillo, todavía con el cuaderno de Sophie en la mano, como si no hubiera podido soltarlo ni para atender una visita inesperada a esas horas de la noche.
Se detuvo al ver al librero.
—Matthieu —dijo, extrañada al verlo.
—Tenemos que hablar —dijo él.
—¿Ahora?
—Sí. Ahora mismo —contestó tajante.
Bárbara cruzó los brazos, sintiendo el frío que entraba por la puerta entreabierta calarle a través del jersey, mezclándose con un frío distinto, más interior, que llevaba ya tres días instalado en su pecho y que no parecía dispuesto a marcharse.
—Empiece.
El librero miró a Henri.
—En privado.
Henri dudó, lanzando una mirada rápida hacia Bárbara, como preguntándole en silencio si de verdad quería quedarse sola con aquel hombre a esas horas, después de todo lo que había ocurrido en los últimos días.
Bárbara respondió con un gesto leve de la cabeza, suficiente para que Henri, aunque a regañadientes, asintiera y se retirara hacia la cocina, no sin antes detenerse un instante en el umbral y añadir, en voz baja, que estaría cerca por si lo necesitaba.
Matthieu se volvió hacia Bárbara, esperando a que los pasos de Henri se perdieran en el pasillo antes de hablar.
—Lo que ha encontrado hoy cambia todo.
—Lo sé —dijo Bárbara.
—No. No lo sabe.
Bárbara sostuvo su mirada, notando algo distinto en él, una urgencia que no encajaba con la frialdad calculada con la que la había tratado hasta entonces.
Ella desconocía que él había recibido una carta, una carta que parecía haber roto, de un solo golpe, todas las defensas que había mantenido durante décadas de silencio heredado.
—Explíquese —dijo Bárbara.
Matthieu respiró hondo, y, por un instante, pareció que iba a dar media vuelta y marcharse sin decir nada más, como si el peso de lo que estaba a punto de contar fuera todavía demasiado grande para soltarlo en un pasillo de hotel, a la luz tenue de una lámpara de pared.
—Mi padre ayudó a los Delacroix.
—Eso ya lo sabía —dijo Bárbara.
—Pero también ayudó a Sophie.
Aquello hizo que Bárbara parpadeara, desconcertada, intentando encajar aquella nueva información con todo lo que Claire le había contado apenas unas horas antes en la iglesia: el padre de Matthieu como el administrador que había traicionado a Sophie, que había avisado a los Delacroix de su investigación, que había sido, en definitiva, el primer eslabón de la cadena que terminó con la desaparición de su abuela.
—¿Qué? —preguntó sorprendida.
—No quería que la mataran —dijo Matthieu.
—¿Entonces qué pasó?
Matthieu bajó la mirada y por primera vez desde que Bárbara lo conocía, le pareció ver en él algo parecido a las lágrimas contenidas, una humedad breve en los ojos que desapareció tan rápido como había llegado.
—Llegó tarde.
El silencio cayó entre ellos, denso, cargado de todo lo que aquellas dos palabras implicaban: un hombre corriendo por las calles nevadas de Colmar, intentando deshacer un error que él mismo había cometido apenas unas horas antes, llegando a algún lugar.
¿La casa del viñedo? ¿O algún otro lugar de la ciudad que Bárbara todavía no conocía?
—Demasiado tarde para impedir lo que ya estaba en marcha —siguió el librero—, pero antes de morir, Sophie le dio algo.
Bárbara sintió que el pulso le subía, cada palabra de Matthieu cayendo sobre ella con la fuerza de una losa más añadida a las que ya llevaba acumulando desde su llegada a Colmar.
—¿Qué? —preguntó cada vez más nerviosa.
Matthieu levantó los ojos.
—Un nombre.
—¿De quién?
El librero tardó un segundo en responder, como si pronunciar aquella respuesta fuera el último escalón de una escalera que llevaba tiempo subiendo demasiado despacio.
—De la persona que realmente controlaba todo.
Bárbara sintió un escalofrío recorrerle la espalda entera, que no tenía nada que ver con el frío que todavía se filtraba por la puerta entreabierta del anexo.
—¿Quién?
Matthieu dijo la palabra en voz baja, casi como si temiera que pronunciarla con más fuerza pudiera hacer que algo, en algún lugar de la ciudad, despertara.
—Claire.
El mundo pareció detenerse.
—Eso es imposible.
Matthieu negó lentamente, con la firmeza pausada de quien ya ha repasado mentalmente, durante horas, exactamente cómo iba a reaccionar la persona que tenía delante, y se había preparado para ello.
—No. De hecho, es la realidad —dijo él con rotundidad.
Bárbara pensó en la mujer, en la ayuda, en las advertencias, en el miedo genuino que había visto en sus ojos en la iglesia, en la casa del viñedo, en cada gesto que había interpretado como el de una aliada incómoda pero sincera.
—¿Está diciendo que Claire sabía todo desde el principio? —preguntó Bárbara, todavía sin acabar de encajarlo.
—Sí —dijo él.
—¿Y que también sabía lo de Isabelle?
—Mejor que nadie —contestó Matthieu.
Bárbara apretó los puños, sintiendo que la rabia y la confusión se mezclaban en su interior en una combinación que apenas podía contener, recordando cada palabra que Claire le había dicho durante aquellos últimos días, cada lágrima contenida frente al retrato de la mujer adulta en la casa abandonada, cada advertencia susurrada entre los puestos del mercado navideño.
—Entonces hay una pregunta que todavía no tiene respuesta —dijo ella.
Matthieu la miró.
—¿Cuál?
Bárbara respondió con voz fría, una frialdad que le costó un esfuerzo enorme mantener, consciente de que debajo de aquella calma aparente se agitaba algo mucho más parecido al pánico.
—¿Por qué Claire ha decidido ayudarme ahora?
El librero la observó en silencio durante varios segundos, un silencio que se alargó lo suficiente como para que Bárbara sintiera la tentación de repetir la pregunta, de exigirle una respuesta inmediata.
Pero algo en la expresión de Matthieu le dijo que aquel silencio no era evasivo, sino el último instante de vacilación antes de pronunciar algo que sabía que iba a cambiarlo todo de manera irreversible.
Luego dijo algo que hizo que el suelo pareciera inclinarse bajo los pies de Bárbara.
—Porque Claire Renaud no es solo testigo de esta historia.
Hizo una pausa, y en esa pausa Bárbara sintió que el tiempo se estiraba de un modo casi físico, como si el propio pasillo, las propias paredes del anexo de Henri estuvieran conteniendo la respiración junto con ella.
—Claire Renaud es Isabelle.
Bárbara no dijo nada durante varios minutos. No podía.
Las palabras de Matthieu se reorganizaron en su cabeza una y otra vez, intentando encontrar algún hueco por el que escabullirse hacia la incredulidad, hacia el rechazo automático de algo que sonaba a demasiado, a un giro imposible en una historia que ya le había exigido aceptar más revelaciones de las que cualquier persona razonable debería poder digerir en setenta y dos horas.
Pero, en el fondo, una parte de ella, esa misma parte terca y profesional que había aprendido a reconocer las mentiras a kilómetros de distancia, ya estaba encajando las piezas con una velocidad que la asustaba.
La tristeza inesperada en los ojos de Claire al hablar de la niña escondida.
Su conocimiento detallado de la casa del viñedo, de cada habitación, de cada mueble, como quien recorre un lugar que conoce de memoria y no uno que visita por primera vez.
La manera en que había dicho «más de lo que nadie debería vivir escondido», con una intimidad que, en su momento, Bárbara había atribuido solo a la empatía, y que ahora, vista con otros ojos, sonaba inequívocamente personal.
—¿Cómo es posible? —preguntó por fin, con la voz más ronca de lo que pretendía.
Matthieu se apoyó contra la pared del pasillo, como si necesitara el sostén físico para continuar.
—No lo sé con exactitud. Mi padre solo me dijo que la niña había sido sacada de la casa del viñedo después de la desaparición de Sophie.
Que alguien, nunca supe quién, le había cambiado el nombre, la había puesto bajo la tutela de una familia distinta, lejos de Colmar. Y que cuando creció, decidió volver.
—¿Por qué? —preguntó Bárbara.
—Imagino que por la misma razón que la trajo a usted hasta aquí. La necesidad de entender qué le había pasado a la persona que intentó salvarla —dijo él con naturalidad.
Bárbara sintió que las piernas le pesaban de pronto, y se apoyó contra el marco de la puerta, buscando un punto de apoyo tan real como el que Matthieu había encontrado en la pared.
—Entonces todo lo que me ha contado, la casa, el retrato, la propia búsqueda de Isabelle… ella ya sabía la respuesta desde el principio.
—Sí —dijo el librero.
—¿Por qué fingir todo esto? ¿Por qué hacerme recorrer media ciudad siguiendo pistas si podía simplemente contarme la verdad? ¿Por qué no decírmelo directamente la primera vez, en el mercado? —preguntó Bárbara.
Matthieu se encogió de hombros, con un gesto cansado que parecía abarcar, no solo aquella pregunta concreta, sino el peso de silencios heredados y decisiones tomadas por miedo.
—Quizá necesitaba comprobar antes si usted era de fiar. Quizá necesitaba ver cuánto estaba dispuesta a arriesgar antes de confiarle quién era realmente. O quizá, simplemente, todavía no ha encontrado el valor para decirle la verdad completa con sus propias palabras —dijo Matthieu.
Bárbara cerró los ojos un instante, sintiendo que la historia que había llegado a Colmar buscando como una simple distracción navideña se había transformado, en apenas tres días, en algo que ya no podía controlar ni anticipar, una madeja en la que cada hilo que tiraba revelaba otro nudo más complicado debajo.
—Tengo que hablar con ella. Esta misma noche —dijo Bárbara.
El librero asintió despacio.
—Sabía que diría eso.
—¿Sabe dónde encontrarla? —preguntó ella.
Matthieu se metió la mano en el bolsillo interior del abrigo, sacando un pequeño papel doblado que llevaba claramente preparado desde antes de tocar a la puerta del anexo, como si hubiera anticipado, con una precisión inquietante, exactamente cómo iba a desarrollarse aquella conversación.
—Tiene una casa cerca del río, fuera del bullicio del mercado. Pero, Bárbara… —Se detuvo, y por primera vez desde que se conocían, pronunció su nombre de pila, un gesto pequeño que, sin embargo, cambió por completo el tono de toda la conversación.
—Tenga cuidado. Claire… Isabelle es la última persona viva que conoce toda la verdad sobre lo que le ocurrió a su abuela.
Y eso la convierte también en la persona que los Delacroix más necesitaban silenciar antes de que la verdad completa saliera a la luz.
—añadió en voz todavía más baja, mirando hacia la puerta entornada y la nieve que seguía cayendo afuera con una calma que ya no engañaba a nadie.