Capítulo 21 — La mujer que no murió
El coche avanzaba lentamente entre los viñedos cubiertos de nieve. El limpiaparabrisas barría la nieve con un movimiento casi hipnótico, de un lado al otro, de un lado al otro, como si intentara borrar una verdad que acababa de aparecer ante ellas con demasiada claridad.
Fuera, los viñedos dormían bajo un manto blanco que ocultaba los viejos caminos de tierra. Las cepas desnudas se alineaban como un ejército silencioso que parecía vigilar el paso del vehículo.
A lo lejos, entre la neblina, asomaban las siluetas oscuras de varias casas aisladas, apenas manchas grises contra un cielo bajo, pesado, incapaz de prometer nada bueno.
Bárbara conducía en silencio. La carpeta de Sophie estaba junto a su asiento. El cuero estaba frío. Había pertenecido a una mujer que había dedicado su vida a perseguir una verdad hasta sus últimas consecuencias y que, probablemente por ello, nunca regresó a casa.
Observaba el paisaje sin apartar demasiado la atención de la carretera.
Habían pasado casi veinte minutos desde que salieron de la casa del viñedo, pero la sensación de haber descubierto algo enorme no se había disipado.
Al contrario, cada kilómetro parecía volverlo más real, más pesado, más difícil de ignorar.
Bárbara veía todavía el retrato en la pared del salón.
Aquella mujer de ojos serios, el cabello entrecano recogido con sencillez, la mirada fija en algún punto que el pintor no había logrado capturar del todo.
No era una imagen cualquiera. No era una decoración olvidada en una casa vacía.
Era una presencia. Isabelle había estado allí.
No como una niña muerta en los registros. No como una sombra en los papeles de Sophie. No como un rumor susurrado entre criadas asustadas y familias poderosas. Había vivido.
—Ese retrato —dijo finalmente Bárbara— no era antiguo.
Claire negó con la cabeza.
—No. Es de 1994.
—Sí. Eso es… ayer —dijo Bárbara sin apartar la vista de la carretera. —Entonces confirmamos que Isabelle no murió de niña. Vivió aquí al menos hasta los años noventa.
Claire dudó antes de responder.
—Sí.
Bárbara la miró apenas un instante antes de volver la atención a la carretera.
—Usted sabe algo más —dijo
Claire no respondió. El coche siguió avanzando por el camino blanco.
—Claire, ¿qué pasó con Isabelle? —insistió Bárbara.
La mujer respiró hondo.
—Cuando Sophie desapareció, los Delacroix entraron en pánico.
—¿Por qué? —preguntó Bárbara.
—Porque la periodista había encontrado demasiado.
—¿Y la niña? —insistió Bárbara
—La trasladaron —dijo Claire.
Bárbara sintió un escalofrío.
—¿Adónde?
—A otro lugar —dijo Claire.
—Eso no me dice nada —contestó Bárbara, con menos paciencia.
Claire miró hacia atrás por un instante.
—A un convento en Suiza.
Bárbara tensó las manos sobre el volante.
—¿Un convento?
—Sí —confirmó Claire.
—¿Por qué? —preguntó Bárbara, cada vez más intrigada.
—Porque era el único lugar donde podían esconderla sin levantar sospechas —dijo Claire,
—¿Durante cuánto tiempo? —siguió preguntando Bárbara.
Claire no respondió inmediatamente.
—Mucho.
—¿Cuánto es «mucho»?
Claire susurró:
—Casi treinta años.
El silencio dentro del coche se volvió pesado.
Treinta años. Treinta años de vida robada.
—¿Y después? —dijo Bárbara.
Claire tragó saliva.
—Después… desapareció otra vez.