Capítulo 19 — El mensaje de Sophie
Bárbara volvió a abrir la carpeta sobre el banco de la iglesia, con dedos que ya no temblaban tanto como antes, endurecidos, quizá, por la sucesión de revelaciones que acababa de escuchar.
Claire observó los documentos con una mezcla de respeto y dolor, como quien contempla los restos de algo que debió protegerse mejor.
—Sophie guardó pruebas. Certificados falsificados, cartas médicas, registros notariales.
Claire examinó una de las fotografías, pasando los dedos sobre el borde sin llegar a tocar la imagen directamente, como si temiera que el contacto pudiera deshacerla.
—Sí. Eso es suficiente para destruir lo que queda del nombre Delacroix.
Bárbara levantó la vista.
—Pero no es solo eso.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Claire.
—Sophie no estaba solo investigando un crimen. Estaba intentando salvar a Isabelle —dijo Bárbara. Claire asintió.
—Lo sé.
Bárbara pasó la última hoja, con un cuidado casi reverencial, consciente de que cada documento de aquella carpeta había permanecido oculto durante décadas, acumulando polvo, secretos y silencio hasta terminar por fin en sus manos.
Entonces vio algo que no había notado antes.
Una línea escrita a mano en el borde inferior del documento. Era la caligrafía de Sophie:
«Si no puedo salvarla, que al menos alguien encuentre el camino».
Bárbara tragó saliva, sintiendo cómo aquellas pocas palabras condensaban, mejor que cualquier otra cosa que hubiera leído hasta entonces, toda la determinación y todo el miedo de una mujer que sabía, con una lucidez aterradora, que probablemente no sobreviviría para ver el final de su propia investigación.
—No quería solo denunciarlo. Quería que alguien encontrara a la niña —dijo Claire.
—Exacto —confirmó Bárbara.
Claire guardó silencio, dejando que aquella conclusión se asentara entre ambas con todo su peso.
—Entonces todavía hay una parte de la historia que no ha terminado.
Esa misma tarde, Claire indicó a Bárbara dónde se encontraba la casa, fuera de Colmar. Fueron juntas en el coche. Bárbara conducía y Claire le indicaba el camino exacto.
La nieve cubría los campos y las filas de viñas dormidas bajo el invierno, una extensión blanca y silenciosa que se abría a ambos lados de la carretera como un océano detenido.
El paisaje era silencioso, casi pacífico, pero para Bárbara cada kilómetro parecía acercarla más al corazón de un secreto demasiado antiguo, demasiado cargado de consecuencias para resultar realmente apacible.
—Está allí —dijo Claire al cabo de unos minutos.
Una casa de piedra se alzaba en medio de los viñedos.
No era grande, pero era sólida, antigua y aislada, con un tejado cubierto de nieve y unas ventanas oscuras que no mostraban ninguna señal de vida.
—¿Aquí escondían a Isabelle? —preguntó Bárbara con cierta angustia.
Claire asintió.
—Durante muchos años.
Bárbara sintió un nudo en el estómago, imaginando a aquella niña de la fotografía creciendo en aquella casa aislada entre los viñedos, sin amigos, sin escuela, sin nada del mundo exterior que pudiera delatar su existencia.
—¿Y ahora… dónde está? —quiso saber Bárbara.
—No lo sé —dijo Claire.
El coche se detuvo a unos metros de la entrada. Ambas bajaron, hundiendo las botas en la nieve fresca. El silencio del campo las rodeaba de una manera distinta a la de la ciudad, más completo, casi opresivo en su quietud.
La puerta estaba cerrada pero la ventana lateral tenía un cristal roto, una grieta irregular que dejaba pasar el aire frío hacia el interior de la vivienda. Bárbara miró a Claire.
—¿Entramos?
Claire dudó, lanzando una mirada nerviosa hacia el camino que habían dejado atrás, hacia la línea de árboles que marcaba el límite de la propiedad.
—Sí. Entramos.
Claire introdujo la mano por el cristal roto y consiguió accionar el pestillo desde dentro.
La casa estaba vacía, pero no abandonada. Había muebles, libros apilados con cierto orden sobre una estantería baja, una cocina funcional con utensilios colgados de ganchos de hierro como si alguien pudiera regresar en cualquier momento a usarlos.
Y en la pared principal del salón, un retrato. Una mujer de unos cuarenta años miraba hacia el pintor con una expresión grave, el rostro enmarcado por un cabello entrecano recogido en un peinado sencillo, los ojos fijos en algo que quedaba fuera del lienzo.
Bárbara se acercó y sintió un escalofrío inmediato.
La mujer del cuadro tenía los mismos ojos que la niña de la fotografía.
—Es Isabelle —susurró Claire.
—Pero… no puede ser —dijo Bárbara.
—Sí. Lo es —afirmó tajante Claire.
Bárbara miró la firma en la esquina del cuadro.
—Fecha: 1994. Vivió aquí mucho tiempo.
Claire observó la casa con tristeza, recorriendo con la mirada cada rincón como quien revisita un lugar cargado de recuerdos que no son del todo propios.
—Más tiempo del que nadie debería vivir escondido.
Bárbara notó un peso nuevo en el pecho, que ya no tenía nada que ver con el miedo a ser perseguida, sino con algo más parecido a la compasión y a una indignación que llevaba acumulándose desde la primera mención de aquella niña sin nombre.
—¿Y si todavía está viva?