La última Navidad de Sophie Capítulo 17 — La advertencia
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Capítulo 17 — La advertencia

La iglesia estaba casi vacía, la nieve seguía cayendo fuera, y la luz gris del mediodía entraba por los vitrales creando manchas de color sobre el suelo de piedra.

Pequeños fragmentos azules, rojos y dorados se proyectaban sobre las losas desgastadas, temblando levemente cada vez que una ráfaga de viento agitaba los árboles del exterior y modificaba, aunque fuera un instante, el ángulo de la luz que entraba.

Claire permanecía de pie en el umbral, con el abrigo cubierto de copos y una expresión que no dejaba lugar a dudas. No estaba allí para conversar tranquilamente.

Bárbara guardó los documentos en la carpeta con cuidado y la cerró despacio, sintiendo que cada movimiento, por pequeño que fuera, debía hacerse ahora con una precisión distinta, como si el simple gesto de doblar una hoja de papel pudiera, de algún modo, comprometer toda la información que contenía.

—Me ha seguido —dijo Bárbara.

Claire avanzó unos pasos hacia ella. Sus botas resonaron contra la piedra con un eco que en aquel silencio parecía multiplicarse.

—No, he llegado tarde —dijo Claire.

—¿Tarde para qué? —preguntó Bárbara.

—Para evitar que él la encontrara primero —contestó Claire.

Bárbara frunció el ceño.

—¿Lucien?, él, me ha ayudado.

Claire negó con una firmeza que rozaba la impaciencia, sacudiendo la cabeza con un gesto que parecía llevar repitiendo demasiado tiempo, cada vez que alguien mencionaba aquel nombre con confianza.

—No confunda ayudar con utilizar. Lucien siempre ha jugado en los bordes de esta historia. A veces contra los Delacroix, a veces para ellos. Depende del momento y del precio.

Bárbara apoyó las manos sobre el banco, notando el frío de la madera bajo las palmas, un frío que de algún modo le ayudaba a mantener la cabeza despejada en medio de toda aquella avalancha de información.

—Me dio la llave de la Casa de los Ángeles.

—Lo sé —dijo Claire

—¿Y la consigna? ¿Sabe que también me llevó hasta ella? —dijo Bárbara cada vez más confundida.

—También lo sé —contestó Claire con firmeza.

—Entonces no parece que esté intentando detenerme —dijo Bárbara.

Claire suspiró, un suspiro largo y cansado que pareció envejecerla varios años en un solo instante.

—No. Está intentando adelantarse.

La respuesta dejó un silencio incómodo entre ambas, un silencio que la anciana arrodillada unos bancos más allá pareció no notar en absoluto, absorta como estaba en su propia oración susurrada.

Bárbara la observó con atención. Había algo en la mujer, una mezcla de cansancio, decisión y miedo que no parecía fingida, algo que le recordaba, de manera incómoda, a la expresión que había visto en el espejo durante aquellos últimos días, esa misma combinación de determinación y terror que empezaba a sentir como una segunda piel.

—¿Por qué quiere que me vaya? —preguntó Bárbara, abatida.

Claire se acercó un poco más, sentándose por fin en el banco contiguo; lo bastante cerca como para hablar en un susurro que no llegara más allá de las dos.

—Porque ahora ya tiene lo que Sophie quería sacar de Colmar. Y eso significa que las personas que han mantenido ese secreto no tardarán en saberlo.

—¿Los Delacroix? —preguntó Bárbara.

—Ellos, o lo que queda de ellos —dijo Claire.

—¿Qué significa eso? —quiso saber Bárbara.

Claire dudó unos segundos, mirando hacia las velas encendidas frente al altar como si buscara en ellas el valor necesario para continuar.

—Armand Delacroix murió hace veinte años. Su hijo mayor heredó la mayor parte del patrimonio. Pero hay otras personas implicadas. Gente que ayudó a ocultar a Isabelle, a falsificar documentos, a hacer desaparecer testigos.

Bárbara notó cómo el nombre de la niña resonaba con un peso nuevo, distinto al que había tenido apenas unos minutos antes, cuando todavía era solo un nombre leído en una nota.

Ahora, después de ver su fotografía, después de leer la letra desesperada de Sophie pidiendo que alguien la encontrara, Isabelle había dejado de ser un dato y se había convertido en una persona real, con un rostro serio y unas manos cruzadas demasiado quietas para una niña de ocho años.

—¿Sabe qué fue de ella? —Claire guardó silencio—. Claire… —insistió Bárbara.

La mujer la miró con una tristeza inesperada, que parecía haber estado conteniendo desde mucho antes de aquella conversación, quizá desde la misma infancia que había mencionado la noche anterior en el mercado.

—Sí. Lo sé

—¿Está viva? —quiso saber Bárbara.

—Eso creo —contestó Claire con apenas un susurro de voz.

La respuesta dejó a Bárbara sin aire durante un segundo en el que toda la iglesia pareció contraerse a su alrededor, reducida al tamaño exacto de aquella frase.

—¿Dónde está, ahora?

Claire negó lentamente.

—No lo sé con seguridad. Pero sé algo más importante.

—¿El qué? —preguntó Bárbara.

—Que Sophie estuvo muy cerca de sacarla de allí —dijo Claire.

Bárbara sintió un golpe de rabia repentina que le subió desde el estómago hasta la garganta con una intensidad que casi la asustó.

—¿Y alguien lo impidió?

—Sin duda —dijo Claire.

—¿Quién? —preguntó Bárbara.

Claire no respondió enseguida. Sus ojos se desviaron hacia la puerta de la iglesia, como si midiera el tiempo que les quedaba, con la precisión de quien lleva toda una vida calculando riesgos, cuántos minutos más podían permanecer allí sin que nadie reparara en su ausencia.

—Alguien que todavía vive en esta ciudad. Y puede que ahora quiera hacer lo mismo con usted. Tenga mucho cuidado. No confíe en nadie.