Capítulo 16 — La consigna n.º 7
Hacía más frío. La ciudad tenía esa belleza inofensiva de las postales navideñas, como si quisiera burlarse de cualquiera que conociera su reverso.
Bárbara salió temprano del hotel, pero no usó su ruta habitual.
Había pasado buena parte de la madrugada despierta en la pequeña sala de lectura del anexo, escuchando los crujidos de la casa de Henri y Margot.
Repasando mentalmente cada palabra del hombre del abrigo oscuro, cada advertencia de Claire, cada frase del cuaderno de Sophie, hasta que el cansancio la venció a ratos en sueños breves y fragmentados de los que se despertaba sobresaltada, convencida durante un instante de que alguien había entrado en la habitación.
Cruzó primero hacia el mercado, luego volvió sobre sus pasos, entró en una panadería, salió por otra calle, se detuvo a mirar un escaparate y cambió dos veces de dirección antes de tomar un taxi corto hasta una avenida cercana a la estación.
No sabía si realmente la seguían, pero había decidido tomarse en serio cada advertencia.
Mientras caminaba aquel itinerario absurdo y deliberadamente confuso, no pudo evitar pensar en lo ridícula que habría parecido aquella escena vista desde fuera, una mujer comprando un cruasán que no quería solo para justificar una parada, fingiendo interés por unas bufandas en un escaparate mientras en realidad estudiaba el reflejo de la calle a su espalda.
Y, sin embargo, nada de aquello le parecía ridículo.
Sentía, por primera vez desde que aterrizara en Francia, que estaba aplicando con rigor profesional las reglas de un juego cuyas apuestas ya no eran metafóricas.
La estación de Colmar no tenía nada de mágico. Era funcional, fría, casi decepcionante comparada con el casco antiguo, con sus paredes de un blanco grisáceo y sus bancos de plástico desgastados por el uso continuado de viajeros impacientes.
Tal vez por eso resultaba un buen lugar para esconder algo. Nadie buscaba secretos en un edificio anodino de tránsito.
Entró con el pulso firme, aunque la tensión le trepaba por el cuello, ese cosquilleo familiar que ya empezaba a reconocer como el aviso de su propio cuerpo cada vez que se acercaba a algo importante.
Miró el reloj. 11:18. Aún tenía tiempo.
Las consignas estaban en una zona lateral, junto a una pared de taquillas metálicas, descoloridas por el uso, con números pintados a mano sobre placas oxidadas que debían de llevar allí décadas.
Había viajeros con maletas, un hombre consultando horarios con el ceño fruncido, una pareja discutiendo en voz baja sobre un billete perdido, una madre intentando abrochar el abrigo de su hijo mientras este se resistía con todo el cuerpo.
Nadie parecía prestar atención a nadie, y esa indiferencia generalizada le resultó, paradójicamente, reconfortante.
Bárbara sacó la ficha y la pequeña llave. Buscó el número 7. Estaba en la fila inferior, algo abollada, con la pintura desgastada en un borde, como si alguien hubiera golpeado esa puerta concreta más veces de las que debería.
Se agachó e introdujo la llave de latón.
Durante un segundo temió que no encajara, que todo hubiese cambiado, que aquello no fuera más que otra pista estéril, otro callejón sin salida en aquel laberinto de papeles y advertencias que llevaba arrastrando desde la librería de Matthieu.
Pero la llave giró y la puerta metálica se abrió con un clic.
Dentro había un paquete envuelto en tela encerada y atado con cuerda.
Nada más. Bárbara lo cogió con rapidez y cerró la consigna, sintiendo el peso del paquete entre las manos, ese peso desproporcionado que tienen ciertos objetos cuando uno sabe, sin necesidad de abrirlos, que contienen algo que puede cambiarlo todo.
Sentía la sangre golpeándole en las sienes. No quería abrirlo allí mismo, bajo cámaras y miradas casuales. Se volvió, buscando una salida discreta. Entonces lo vio.
Al otro lado del vestíbulo, sentado en un banco como un viajero cualquiera, estaba el hombre del abrigo oscuro. No se movió, no se acercó. Solo alzó ligeramente la vista hacia ella. Bárbara apretó el paquete contra su cuerpo y fue hacia él con decisión. Esta vez no iba a escaparse.
—Basta ya —dijo en francés al plantarse frente a él—. ¿Quién es usted?
El hombre la observó con una calma casi ofensiva.
De cerca era más mayor de lo que había pensado, quizá más de ochenta.
Rostro afilado, ojos oscuros, piel curtida, un aire de disciplina antigua en la forma de sentarse, las manos enlazadas sobre el regazo con una quietud que parecía entrenada, la de alguien acostumbrado a esperar mucho tiempo sin moverse.
—Alguien que llega tarde —contestó el hombre con una calma exasperante.
—No juegue conmigo —dijo Bárbara visiblemente alterada
—No estoy jugando —dijo él
—Me sigue, entra en casas, deja llaves, notas y citas. Ya puede empezar a darme un nombre —exigió Bárbara.
El hombre guardó silencio un instante.
—Lucien Vauthier.
—Por fin un nombre —dijo Bárbara.
—Entonces empecemos por algo más útil. Lo que lleva en los brazos es la razón por la que Sophie murió —dijo Lucien
Bárbara sintió un golpe seco en el estómago, un golpe que no esperaba a pesar de todo lo que ya había leído, a pesar de las propias palabras de Sophie en aquella última nota dentro del cuaderno.
—No diga eso como si fuera un hecho —dijo Bárbara con un hilo de voz, sin poder ocultar sus emociones.
—Lo es —afirmó Lucien
—¿Qué hay dentro? —quiso saber ella.
—La prueba que ella intentó sacar de Colmar —dijo él con firmeza
—¿Y por qué no la entregó? —se extrañó Bárbara.
Los ojos del hombre se endurecieron apenas, una sombra que cruzó su rostro tan rápido que Bárbara casi dudó de haberla visto.
—Porque confió en la persona equivocada.
Bárbara se quedó muy quieta.
—¿Usted la conoció?
Él bajó la mirada un segundo, como si la pregunta hubiera cruzado una zona más vieja y dolorosa, una herida que evidentemente no había terminado de cerrar.
—Sí.
—¿Era usted quien intentaba ayudarla? —quiso saber Bárbara.
—A veces ayudar no basta —dijo Lucien.
La respuesta no era suficiente, pero contenía algo real. Dolor, quizá. Culpa. No sonaba a simple manipulación.
Bárbara estudió su rostro, buscando en él los restos de aquel hombre, tratando de reconstruir cómo pudo ser en su juventud, intentando imaginar qué clase de relación había tenido con su abuela, si la había amado, si la había traicionado sin querer, si había sido testigo de su desaparición sin poder hacer nada para evitarla.
Las preguntas se le agolpaban más rápido de lo que podía formularlas.
—Ábralo solo donde nadie pueda verlo. Y cuando lo haga, entenderá por qué han trabajado tanto para impedir que usted llegue hasta aquí —dijo el hombre.
—¿Quiénes? —preguntó Bárbara, sintiendo que la faltaba el aire.
Lucien levantó la vista hacia el panel de horarios, como si no quisiera responderle directamente, como si pronunciar ciertos nombres en un lugar tan público fuera, para él, una imprudencia que ni siquiera la urgencia del momento justificaba.
—Los nombres cambian, las familias permanecen.
Bárbara apretó los labios.
—¿Los Delacroix? —Esta vez el silencio fue suficiente respuesta—. ¿Y la niña? ¿Qué pasó con la niña? —insistió Bárbara
El hombre la miró de una manera extraña, casi compasiva, como quien observa a alguien a punto de cruzar un puente que él mismo ya cruzó hace mucho tiempo y del que nunca consiguió regresar del todo.
—Esa es la pregunta que puede destruirlos. O destruirla a usted.
Antes de que Bárbara pudiera decir nada más, una voz sonó a pocos metros.
—Madame?
Era un agente de seguridad, acercándose con expresión neutra pero atenta, la mano apoyada con naturalidad en el cinturón, observando la escena con esa curiosidad profesional de quien ha aprendido a notar cuándo dos desconocidos hablan con demasiada intensidad para ser una conversación casual.
Lucien se puso de pie con una agilidad desconcertante para su edad.
—No vuelva sola a la Casa de los Ángeles —dijo en voz baja—. Y no confíe todavía en Claire.
Luego caminó hacia el andén como si tuviera un tren que tomar.
Bárbara dio un paso para seguirlo, pero el agente ya estaba cerca.
—¿Todo va bien, señora? —le preguntó el agente visiblemente interesado.
Ella miró a Lucien alejarse entre viajeros, abrigos y anuncios de salidas, sintiendo la misma frustración de siempre, esa sensación de estar un segundo y un metro por detrás de las respuestas que necesitaba.
En segundos, desapareció de nuevo, como si la estación se lo tragara.
—Sí —respondió, aun mirando al fondo—. Eso creo.
No era verdad.
El agente la observó unos segundos más, con la desconfianza profesional de quien sospecha que algo no encaja del todo en la respuesta que ha recibido, pero finalmente asintió y se alejó hacia otro extremo del vestíbulo, dejándola sola junto al panel de horarios.
Bárbara aprovechó el momento para recomponerse, apretando el paquete contra el pecho bajo el abrigo, mientras notaba cómo el corazón seguía latiéndole con una fuerza que no terminaba de calmarse.
Salió de la estación con el paquete oculto bajo el abrigo y la sensación de llevar en brazos algo inflamable. Caminó deprisa hasta una calle más tranquila y se refugió en una pequeña iglesia abierta al público.
No había casi nadie: una anciana rezando en uno de los bancos delanteros, dos velas encendidas frente a una imagen de la Virgen, olor a piedra fría e incienso, ese silencio particular de los espacios sagrados que parecía absorber de inmediato la tensión que ella había arrastrado por media ciudad.
Se sentó en el último banco, lo más lejos posible de la anciana. Dejó que el frío de la piedra le calmara un poco la respiración. Y abrió el paquete.
Dentro había una carpeta de cuero agrietado, el tipo de carpeta que en su día debió de ser elegante y que ahora mostraba en cada esquina las huellas del paso del tiempo.
Varios documentos antiguos, fotografías, un certificado de nacimiento doblado, con los pliegues tan marcados que casi se habían convertido en grietas.
Y, encima de todo, una nota escrita por Sophie. Bárbara la desdobló con dedos temblorosos:
«Si alguien encuentra esto, significa que yo no he podido salir de Colmar.
La niña se llama Isabelle. No murió.
Es hija de Armand Delacroix y de una mujer a la que hicieron desaparecer del mismo modo que intentaron borrar a Isabelle.
La mantienen oculta porque su existencia prueba varios delitos: internamiento ilegal, falsificación de registros y la apropiación de una herencia que no les pertenece.
Si yo desaparezco, no permita que también desaparezca la verdad».
Bárbara tuvo que dejar de leer unos segundos. Las palabras parecían demasiado grandes para caber en el silencio de aquella iglesia.
Sintió, de pronto, que el frío de la piedra había dejado de importarle, que el mundo entero se había reducido al tamaño de aquella hoja de papel amarillenta y a la letra inclinada y firme de una mujer que llevaba años desaparecida y que, sin embargo, en aquel preciso instante, le hablaba con una claridad absoluta, como si el tiempo entre ambas no existiera.
Volvió a mirar el resto del contenido. Una fotografía de una niña de unos ocho años, muy seria, sentada junto a una ventana, con un vestido oscuro y las manos cruzadas sobre el regazo en una pose demasiado rígida para una niña de esa edad, como si alguien le hubiera enseñado a no llamar la atención ni siquiera en una fotografía.
Un certificado con tachaduras y correcciones, donde se distinguía, a pesar de los intentos de enmienda, una fecha de nacimiento alterada y un apellido borrado con una tinta más oscura que el resto del documento.
Una carta médica, redactada con un lenguaje frío y técnico que hablaba de «internamiento preventivo» y «condiciones de discreción familiar», palabras que, despojadas de su pretendida neutralidad, a Bárbara no le parecieron otra cosa que una forma de encubrir el secuestro silencioso de una niña.
Y un documento notarial con el nombre Delacroix repetido varias veces, vinculado a una herencia, a unas propiedades, a una cantidad de dinero que Bárbara no se atrevió a calcular del todo en aquel primer vistazo apresurado.
Sintió que el rompecabezas empezaba por fin a mostrar su imagen. No se trataba solo de vergüenza familiar. Ni de un secreto sentimental. Era dinero, poder, control.
Una niña apartada del mundo para no alterar una herencia ni ensuciar un apellido, convertida en un problema legal que alguien había decidido resolver no con compasión, sino con silencio y dinero suficiente para comprar décadas de discreción. Y Sophie había encontrado la prueba.
Bárbara cerró los ojos un instante, apretando la nota entre los dedos, dejando que la magnitud de todo aquello terminara de asentarse.
Su abuela no había desaparecido por una indiscreción cualquiera, ni por una imprudencia juvenil.
Había desaparecido porque estaba a punto de desmontar, con pruebas documentales que parecían demostrarlo, el andamiaje entero sobre el que se sostenía la reputación, la fortuna y el poder de una de las familias más influyentes de Alsacia.
Cuando los abrió, ya no sentía solo intriga.
Ahora estaba implicada de una forma irreversible.
Porque la historia de Sophie no era únicamente la de una mujer desaparecida. Era la historia de alguien que había intentado salvar a una niña y había sido silenciada por ello.
Y ahora, décadas después, aquella verdad acababa de caer en sus manos. Con el corazón desbocado, guardó otra vez los documentos, doblando con cuidado cada papel exactamente por donde ya estaba doblado, como si conservar ese orden pudiera de algún modo proteger su contenido.
Sabía que debía volver al hotel, encerrarse, revisar todo con calma, quizá hacer copias, escanear cada documento antes de que algo, o alguien, pudiera arrebatárselo. Sabía también que ya no tenía tiempo.
Porque al levantar la vista hacia la entrada lateral de la iglesia vio una figura femenina detenida en el umbral. Claire Renaud.
La mujer no sonreía. Su rostro, iluminado a medias por la luz fría que entraba desde la calle, mostraba una urgencia que no se parecía en nada a la cautela controlada de la noche anterior en el mercado.
Algo había cambiado. Algo se había acelerado en las últimas horas de un modo que ni siquiera Claire parecía capaz de disimular del todo.
Y lo primero que dijo fue:
—Ya lo ha leído, ¿verdad? Entonces escúcheme bien: si quiere seguir con vida, tiene que desaparecer antes de que anochezca.