Capítulo 15 — La pequeña llave
Bárbara se quedó unos segundos frente a la puerta de servicio por la que el hombre del abrigo oscuro acababa de desaparecer.
Estaba demasiado cansada de amenazas anónimas, citas truncadas y medias verdades.
Algo se había roto dentro de ella en el momento en que Claire desapareció entre la multitud, algo parecido al límite de su propia paciencia.
Llevaba media vida entrevistando a hombres poderosos que escondían la verdad detrás de sonrisas cómodas y respuestas ensayadas, y nunca había permitido que un testigo se le escapara dos veces seguidas sin oponer resistencia.
Comprobó que no había forma de seguirlo. Entonces reparó en algo sobre el alféizar de una ventana cerrada.
Era una pequeña caja de cartón atada con un hilo negro.
Bárbara la cogió con rabia, una rabia que le temblaba en los dedos mientras deshacía el nudo.
Una rabia que llevaba acumulando desde la primera nota encontrada en el suelo de su habitación, desde la primera vez que alguien había decidido jugar con ella en lugar de simplemente hablarle.
La abrió. Dentro había una sola pieza: una ficha metálica ovalada con el número 7, idéntico al grabado en la llave pequeña de latón.
Y una nota:
Consigna. Estación de Colmar.
Mañana antes de las doce.
Asegúrese de que nadie la sigue.
Bárbara cerró los ojos un instante, dejando que el frío de la noche le calara la cara mientras intentaba contener algo que no sabía si era furia o un llanto retenido desde hacía demasiado tiempo.
Todo en aquella historia parecía una partida amañada. El desconocido marcaba el ritmo. Ella iba siempre un paso por detrás, reaccionando a símbolos y señales que otros colocaban en su camino. Y, aun así, no podía dejar de seguirlos.
Se quedó allí un momento más, sola en aquella calle vacía, con la caja en una mano y la ficha metálica apretada en la otra, sintiendo, por primera vez desde que había llegado a Colmar, un agotamiento que no era solo físico.
Era el cansancio de quien lleva días sosteniendo demasiadas piezas sueltas sin nadie con quien compartir el peso, el mismo cansancio, sospechaba, que debía haber sentido Sophie en sus últimos días, escribiendo deprisa en un cuaderno que nadie leería hasta tanto tiempo después.
Por un instante, allí, de pie bajo la nieve que volvía a caer con suavidad indiferente, permitió que las lágrimas le escocieran los ojos.
No de miedo, exactamente. De algo más complicado. La soledad repentina y brutal de estar viviendo la misma historia que había destruido a su abuela, sin que nadie de su propia familia hubiera tenido el valor de advertirle, de prepararla, de decirle siquiera que aquella herencia existía.
Se obligó a respirar hondo, a guardar la caja en el bolso junto al cuaderno y las llaves, y regresó hacia el centro de la ciudad con paso más lento, dejando que el bullicio cálido del mercado la envolviera de nuevo, aunque ya no consiguiera, como en los primeros momentos de su llegada, hacerla sentir verdaderamente a salvo.
Regresó al hotel más tarde de lo previsto, tensa, agotada y con la advertencia de Claire clavada en la cabeza: «No vuelva al hotel esta noche. No sola». La frase era precisa, y precisamente por eso le resultaba difícil ignorarla.
Al entrar, encontró a Henri en la recepción.
—Me he preocupado hoy por usted —dijo él al verla llegar.
—No sabía que yo formara parte de sus obligaciones —contestó Bárbara más cortante de lo deseado.
—No forma. Pero, aun así —contestó el hombre algo cohibido por su brusca respuesta.
Bárbara lo estudió unos segundos, notando algo distinto en su forma de mirarla, una preocupación que ya no parecía la cortesía profesional de un hotelero hacia una huésped, sino algo más personal, más cargado.
Henri era amable, observador, prudente hasta exasperar.
No sabía cuánto confiar en él, pero en ese momento la perspectiva de subir sola a la habitación le resultaba desagradable, casi insoportable, después de la persecución, después del mensaje en la ventana, después de la advertencia de Claire que seguía resonándole en los oídos con la insistencia de una campana.
—Henri, ¿puedo preguntarle algo? —dijo por fin, notando cómo le temblaba ligeramente la voz, un temblor que no podía atribuir solo al frío.
—Claro —contestó Henri.
—Si una persona no quisiera pasar la noche sola en su habitación, pero tampoco quisiera irse del hotel, ¿qué opciones tendría? —preguntó Bárbara.
Henri no mostró sorpresa, solo inclinó ligeramente la cabeza, como si hubiera estado esperando esa pregunta desde el momento en que la vio entrar por la puerta con el rostro pálido y los ojos demasiado brillantes.
—Mi esposa y yo vivimos en el anexo. Hay una pequeña sala de lectura junto a nuestra cocina. No es lujosa, pero es segura. Si le hace sentir más tranquila, puede quedarse allí unas horas o toda la noche.
Bárbara lo miró, dudando.
—¿Por qué me ayuda?
Henri tardó un segundo en responder, y en ese segundo de silencio Bárbara vio algo cruzar su rostro, algo antiguo, algo que llevaba guardado mucho más tiempo del que ella podía imaginar.
—Porque su abuela no tuvo a nadie que la ayudara a tiempo.
La frase cayó entre ambos con un peso inesperado.
Bárbara sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho.
Quiso preguntar más, quiso exigirle que le explicara exactamente qué sabía, cuánto había callado, por qué solo ahora, después de tres días de evasivas cuidadosas, decidía hablar con esa franqueza.
Pero algo en la expresión de Henri, una fragilidad repentina que contrastaba con su habitual compostura, le dijo que aquella confesión ya le había costado más de lo que aparentaba, y que insistir en ese momento solo conseguiría cerrarle de nuevo la puerta.
Aceptó.
La sala de lectura del anexo era modesta, cálida y mucho más tranquilizadora que su habitación.
Había una lámpara baja, una butaca, mantas y una ventana pequeña que daba a un patio interior, protegido por completo de la calle, sin ningún ángulo desde el que alguien pudiera observarla desde fuera.
Henri le llevó té y dejó claro, sin necesidad de insistir demasiado, que ella estaría allí sin interrupciones.
Antes de marcharse, se detuvo en la puerta un instante.
—Mi mujer se llama Margot. Si necesita algo durante la noche, ella estará despierta hasta tarde, casi nunca duerme antes de la medianoche. Llame a la puerta sin miedo.
Bárbara asintió, conmovida por aquel gesto pequeño y deliberado, esa manera silenciosa de decirle que no estaba completamente sola, que en algún rincón de aquella ciudad llena de secretos todavía quedaba gente dispuesta a tenderle una mano sin pedir nada a cambio.
—Gracias, Henri.
Él inclinó la cabeza y cerró la puerta con suavidad al salir.
Sola al fin, Bárbara se permitió, por primera vez en todo el día, deshacerse del abrigo y sentarse en la butaca con las piernas recogidas bajo el cuerpo, envuelta en una de las mantas que olía vagamente a lavanda y a madera vieja, el mismo olor reconfortante que parecía habitar cada rincón de aquel hotel.
Sacó la pequeña llave, la ficha con el número siete y el cuaderno de Sophie.
Volvió a leer algunas entradas, buscando cualquier referencia a una estación, una consigna o un objeto numerado, pasando los dedos sobre la tinta desvaída con un cuidado casi reverencial, como si tocara directamente la piel de su abuela a través de aquellas páginas.
Encontró una referencia casi al final de una página incompleta:
«Si no consigo que Claire hable, dejaré la copia en el lugar habitual.
El número no cambiará. La llave pequeña debe bastar».
Bárbara se quedó inmóvil, con el cuaderno abierto sobre el regazo y la respiración momentáneamente suspendida.
La copia. ¿Qué copia? ¿Una carta? ¿Un documento? ¿Una prueba?
Y entonces comprendió lo que implicaba: Sophie había escondido algo antes de desaparecer.
Algo tan importante como para dejar una llave y un sistema de recuperación, un plan tan meticuloso que solo podía explicarse si su abuela ya sospechaba, mucho antes de aquella última noche, que las cosas podían torcerse de manera irreversible.
Aquel pensamiento le produjo un escalofrío distinto a todos los anteriores.
No el miedo concreto de sentirse observada o seguida, sino algo más hondo: la certeza de que Sophie había sabido, con una lucidez aterradora, que quizá no sobreviviría para contar lo que había descubierto. Y, aun sabiéndolo, había seguido adelante.
Si la consigna de la estación seguía existiendo, o si alguien la había conservado operativa de algún modo, aquello podía ser el primer hallazgo realmente decisivo.
Se levantó de la butaca y caminó un poco por la pequeña habitación, incapaz de contener la tensión que le recorría el cuerpo entero, una energía nerviosa que no encontraba forma de descargarse en aquel espacio diminuto.
La estación.
Antes de las doce.
Asegúrese de que nadie la sigue.
Aquello último era lo más difícil.
Porque, si el hombre del abrigo quería que fuera, eso significaba dos posibilidades: o estaba ayudándola de verdad, o la estaba guiando exactamente hacia donde le convenía.
Pensó en la advertencia de Claire sobre la pequeña llave, en el modo en que sus ojos se habían llenado de terror al ver algo, o a alguien, por encima del hombro de Bárbara.
Pensó también en la nota encontrada en el sobre del escondite, aquella que pedía no fiarse de Matthieu, y en cómo cada nueva pieza de información parecía contradecir o complicar la anterior, como si alguien estuviera tejiendo deliberadamente una red de desconfianza en la que cualquier aliado posible terminaba pareciendo, desde algún ángulo, un sospechoso más.
¿Y si el hombre del abrigo era, en realidad, quien más sabía sobre lo ocurrido aquella Nochebuena de 1962?
¿Y si su silencio, su manera de aparecer y desaparecer sin nunca acercarse del todo, no era la táctica de un cazador, sino la cautela desesperada de alguien que llevaba toda su vida cargando con un secreto que temía contar en voz alta?
Se detuvo junto a la ventana. En el cristal veía reflejada su propia figura, el rostro cansado, el cabello algo desordenado, la mirada demasiado despierta para la hora que era.
Había ido a Colmar en busca de inspiración para una historia. Ahora estaba viviendo una. Mejor dicho, estaba dentro de una especie de novela de la que aún desconocía el final. Pensó en Andrew Collins, en su correo exigiendo fechas claras, en el editor que esperaba un artículo cualquiera.
Ya hasta les valía un artículo sobre mercados navideños o tradiciones alsacianas, completamente ajeno a la historia que Bárbara estaba a punto de entregarle.
Si lograba sobrevivir para escribirla, no tendría nada que ver con lo que ellos imaginaban. Sería, quizás, la pieza más importante de toda su carrera. O la última.
Y por primera vez desde que todo había empezado, se preguntó si el final feliz que había imaginado para sí misma, el artículo brillante, el reconocimiento, el regreso triunfal a Edimburgo, tenía alguna posibilidad real, o si aquella historia, como la de Sophie, estaba destinada a terminar de un modo que ella todavía no era capaz, ni siquiera en sus peores presentimientos, de anticipar del todo.
Apagó la lámpara baja, dejando solo la luz tenue que entraba del patio interior, y se quedó allí, envuelta en la manta, escuchando los sonidos apagados de la casa de Henri y Margot al otro lado de la pared, una puerta cerrándose con suavidad, el murmullo distante de una conversación en francés, el tictac discreto de un reloj que no era el suyo.
Por primera vez en tres días, durmió rodeada de gente que, sin pedirle nada a cambio, había decidido protegerla.
Y, mientras el sueño la vencía poco a poco, lo último que pensó, justo antes de cerrar los ojos del todo, fue que, a la mañana siguiente, antes de las doce, tendría que decidir si acudía sola a esa estación o si, por fin, después de tres días de desconfiar de todo el mundo, se atrevía a pedir ayuda a alguien antes de que fuera demasiado tarde.