La última Navidad de Sophie Capítulo 14 — El mercado de Navidad
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Capítulo 14 — El mercado de Navidad

Bárbara no durmió casi nada. Pasó parte de la noche leyendo el cuaderno de Sophie una y otra vez, reteniendo mentalmente las frases más importantes, repasando cada nombre, cada fecha, como si la repetición pudiera revelarle algún significado que se le hubiera escapado en la primera lectura.

Había varias páginas arrancadas. En algunos momentos el relato se cortaba de forma abrupta, como si alguien hubiera eliminado precisamente aquello que podía explicar lo esencial, dejando frases sueltas que terminaban a mitad de una idea, columnas de papel rasgado pegadas todavía al lomo del cuaderno como cicatrices.

Aun así, lo que quedaba bastaba para construir un esqueleto inquietante.

Bárbara había pasado buena parte de la madrugada con el medallón de iniciales M. D. girando entre los dedos, intentando encajarlo en la historia, preguntándose si aquellas letras correspondían a la niña, a alguna criada, o a algo completamente distinto que aún no había logrado situar.

Cuando por fin amaneció, sintió el cansancio acumulado pesarle en los párpados, pero también una claridad extraña, como si su mente, agotada de tanto dar vueltas, hubiera por fin aceptado que ya no había marcha atrás.

A las siete de la tarde del día siguiente, Bárbara ya estaba en la Place de l'Ancienne Douane.

El mercado navideño rebosaba vida. Faroles, puestos de madera, olor a queso fundido y pan especiado, coros de niños, parejas con tazas humeantes entre las manos.

La plaza parecía demasiado alegre para lo que ella sentía.

Llevaba el cuaderno en el bolso, la llave pequeña en el bolsillo y el cuerpo en tensión, esa misma alerta constante con la que había aprendido a defenderse en su trabajo, a entrar en reuniones con fuentes que podían tanto ayudarla como denunciarla.

Miró el reloj: las 19:28.

Se situó cerca de un puesto de figuritas de madera desde el que podía observar buena parte de la plaza.

Un carrusel giraba unos metros más allá, con luces doradas y música antigua. A simple vista nadie la miraba. Pero ya había aprendido que la apariencia significaba poco en aquella ciudad.

19:31. Nada.

Repasó mentalmente las salidas de la plaza, las calles que se abrían en cada esquina, calculando casi sin querer posibles rutas de escape, un reflejo que nunca había sentido con tanta intensidad, ni siquiera en sus momentos más duros como reportera de investigación.

19:34. Una mujer mayor se detuvo frente a ella. Llevaba abrigo gris, sombrero oscuro y un pañuelo granate.

Sus ojos eran claros, muy vivos pese a la edad, y había en su forma de mirar algo que recordaba vagamente a la fotografía de Sophie, esa misma atención calculada, esa misma costumbre de evaluar a la gente antes de decidir cuánto entregarle.

—No debería llevar eso tan visible —dijo en francés, sin saludo previo. Bárbara la miró con cautela.

—¿Se refiere al bolso o al miedo?

La mujer esbozó una sonrisa mínima.

—A ambas cosas, probablemente.

—¿Es usted quien me citó? —preguntó Bárbara con recelo.

—Depende de cuánto haya encontrado ya —dijo la mujer.

No era respuesta suficiente, pero algo en su tono no sonaba hostil.

—He encontrado el cuaderno de Sophie —dijo Bárbara.

La mujer desvió la vista un instante hacia la multitud, como si comprobara que nadie escuchaba, un gesto rápido y entrenado que delataba mucha práctica en mantener conversaciones que nadie más debía oír.

—Entonces ha encontrado más de lo que yo esperaba.

—¿Quién es usted? —preguntó Bárbara en tono desconfiado.

—Me llamo Claire Renaud. Mi madre trabajó para los Delacroix. Yo tenía nueve años cuando la periodista escocesa desapareció.

Bárbara sintió el golpe de la información, esa sacudida concreta que aparece cuando una pieza suelta encuentra, de pronto, el lugar exacto donde encaja.

—¿Conoció a Sophie?

—La vi dos veces. Hablaba deprisa, observaba más de lo que la gente soportaba y no parecía tener ningún instinto de autoprotección. Se parecía a usted —dijo Claire.

—Todo el mundo insiste en eso —contestó Bárbara con voz cansada.

—Porque es cierto. —Claire hizo un gesto discreto para que caminaran.

Se adentraron entre los puestos, mezclándose con los visitantes, pasando junto a un grupo de niños que esperaban su turno para subir al carrusel y junto a una pareja que se hacía una fotografía bajo una guirnalda de luces blancas, ajenos por completo a la conversación que se desarrollaba a pocos metros de ellos.

La mujer hablaba sin mirarla demasiado, como si quisiera mantener la apariencia de una conversación casual, dos desconocidas que simplemente paseaban juntas por el mercado.

—Mi madre limpiaba una parte de la casa de los Delacroix.

No la principal, sino otra propiedad, una casa apartada.

Durante mucho tiempo, escuché cosas que no entendía.

Una niña escondida. Una hermana enferma, una vergüenza para la familia —explicó—.

En aquellas épocas, las familias respetables protegían su apellido por encima de cualquier ser humano.

—¿La niña era una Delacroix? —preguntó Bárbara.

Claire tardó unos segundos en responder.

—Sí. Pero no del modo en que figuraba en los papeles.

Bárbara sintió cómo la intriga se cerraba aún más, como una soga que se ajusta lentamente alrededor de algo que todavía no podía nombrar del todo.

—Explíquese.

—No aquí —dijo la mujer.

Se acercaron al borde de la plaza, donde la música llegaba más amortiguada, hasta detenerse junto a un pequeño puente de piedra desde el que se veía el resplandor distante del mercado, las siluetas de la gente recortadas contra las luces, el humo blanco que ascendía de los puestos de vino caliente.

Claire continuó:

—Oficialmente, la niña murió muy pequeña. Eso fue lo que se dijo, lo que se anotó. Lo que el párroco repitió. Pero mi madre juraba haberla visto tiempo después escondida, pálida, asustada. Siempre en manos de alguien.

—¿Por qué la ocultaban? —preguntó Bárbara sin poder ocultar su interés.

Claire la miró al fin, con una expresión que mezclaba cansancio y algo parecido al alivio, ese alivio extraño de soltar, después de décadas, un peso que nunca había podido compartir con nadie.

—Porque no era una niña conveniente.

—¿Qué significa eso? —dijo Bárbara, cada vez más impresionada por lo que iba descubriendo en esa conversación.

—Significa que su existencia comprometía a alguien importante.

Bárbara apretó el borde del bolso, notando el peso del cuaderno contra la cadera, ese peso que ya no era solo de papel sino de toda una historia familiar que apenas empezaba a entender.

—¿A quién?

Claire abrió la boca para responder, pero no llegó a hacerlo.

Su mirada cambió de golpe, se clavó por encima del hombro de Bárbara y su rostro perdió color, una transformación tan rápida y absoluta que por un instante pareció una mujer distinta, mucho más vieja, mucho más asustada que la que segundos antes hablaba con un aplomo casi profesional.

—Demasiado tarde —susurró.

—¿Qué…? —dijo Bárbara.

Claire la agarró del brazo con una fuerza sorprendente, los dedos clavándosele a través de la tela del abrigo con una urgencia que no admitía discusión.

—No vuelva al hotel esta noche. No sola. Y no hable con nadie de la pequeña llave —le dijo la mujer, visiblemente asustada.

Bárbara notó el hielo subiéndole por la espalda.

—¿Qué llave?

Claire sonrió sin humor.

—Así está mejor.

Luego soltó su brazo, dio un paso atrás y se perdió entre la multitud antes de que Bárbara pudiera detenerla, deslizándose entre dos puestos con una agilidad que desmentía por completo su edad, como si llevara toda la vida aprendiendo a desaparecer exactamente en el momento preciso.

—¡Claire!

Demasiado tarde. Solo quedó la música del carrusel, el murmullo del mercado y la sensación clarísima de que alguien acababa de arruinar aquella conversación.

Bárbara giró sobre sí misma, buscando qué había visto la mujer. Tardó unos segundos en descubrirlo. Al otro lado de la plaza, inmóvil entre la gente, estaba el hombre del abrigo oscuro.

Esta vez no se movió cuando ella lo localizó.

No bajó la mirada, no se dio la vuelta con esa calma exasperante que ya le había visto otras veces.

Se quedó allí, completamente quieto entre el bullicio festivo, como una mancha oscura en medio de tanto color y tanta luz, observándola con una fijeza que parecía decir, sin palabras, que el tiempo de las advertencias indirectas había terminado.

El corazón de Bárbara empezó a latir con una fuerza que casi le cortaba la respiración.

Miró a su alrededor, calculando distancias, calculando salidas, calculando si gritar serviría de algo en medio de aquel mercado lleno de música y villancicos donde nadie prestaría atención a una mujer asustada entre cientos de turistas felices.

Decidió no esperar a que él se moviera primero. Avanzó hacia él, con el pulso desbocado, pero con la misma terquedad que la había llevado hasta aquella plaza, hasta aquella casa, hasta aquel cuaderno.

—¡Tengo que hablar con usted! —gritó, sin importarle ya quién pudiera oírla.

El hombre no respondió. Por un instante pareció que iba a quedarse, que, por fin, después de tres días de persecuciones silenciosas, miradas sostenidas y pistas dejadas como migas de pan, estaba dispuesto a enfrentarse a ella directamente.

Pero entonces algo cambió en su expresión, algo que Bárbara no llegó a identificar del todo. ¿Alarma? ¿Advertencia?

Y, sin decir una sola palabra, se dio la vuelta y se internó en una de las calles que partían de la plaza.

Bárbara echó a correr tras él, esquivando a un grupo de niños que salía en ese momento del carrusel, disculpándose a medias con un hombre que sostenía dos vasos de vino caliente y que estuvo a punto de derramarlos al apartarse de su camino.

—¡Espere! ¡Solo quiero hablar! —gritó Bárbara.

El hombre no aminoró el paso. Giró por una calle lateral, la misma maniobra que ya había hecho antes, la misma estrategia de desaparecer en el laberinto de calles estrechas que conocía mucho mejor que ella.

Bárbara dobló la esquina justo a tiempo de verlo perderse tras una puerta lateral, una puerta de servicio entre dos edificios que ella jamás habría identificado como una salida.

Se detuvo, sin aliento, con el corazón golpeándole en el pecho y el frío de la noche quemándole los pulmones con cada bocanada.

La calle estaba vacía. Otra vez.

Apoyó una mano en la pared más cercana, intentando recuperar el aliento, y entonces, por primera vez desde que había llegado a Colmar, sintió algo que se parecía mucho a la rabia, una rabia limpia y concreta dirigida no contra el hombre, ni contra Claire, ni siquiera contra los Delacroix, sino contra aquella ciudad entera que parecía empeñada en hacerla correr de pista en pista sin ofrecerle nunca, ni una sola vez, una respuesta completa.

Sacó el teléfono y comprobó la hora: 19:52.

Pensó en la advertencia de Claire: «No vuelva al hotel esta noche. No sola», y por primera vez se permitió considerar, en serio, que quizá no estaba siguiendo el rastro de una historia antigua…, sino que se había convertido, sin pedirlo, en la protagonista de una nueva.

Miró hacia el cielo, donde la nieve volvía a caer con la misma suavidad indiferente de la tarde anterior, y se preguntó, con un escalofrío, si Sophie habría sentido exactamente lo mismo, en aquella misma plaza, bajo aquella misma nieve, la noche en que decidió no marcharse a pesar de todas las advertencias que ya había recibido.

La diferencia, pensó Bárbara mientras se guardaba el teléfono y empezaba a caminar de vuelta hacia las luces del mercado, era que ella todavía tenía la oportunidad de hacer las cosas de otra manera.

Lo que no sabía era si esa oportunidad ya se le estaba escapando entre los dedos, igual que Claire Renaud se le había escapado minutos antes entre la multitud.