Capítulo 13 — Detrás de los ángeles
Cualquiera con un mínimo de sensatez se habría marchado de aquella casa en ese mismo instante.
Bárbara lo sabía. También sabía que la sensatez había dejado de gobernar aquella historia en el momento en que encontró la fotografía.
Todo, desde entonces, parecía diseñado para arrastrarla un paso más adentro: una llave, una casa, una presencia que iba por delante de ella dejando mensajes en lugar de respuestas.
Volvió a leer la nota: «Mire detrás de los ángeles».
Levantó la vista hacia la fachada, como si pudiera atravesar la pared con la mirada.
Examinó los relieves exteriores sin encontrar ninguna grieta, hueco o señal que pudiera ocultar algo.
No se refería a los ángeles exteriores. Seguramente era algo de dentro.
Encendió de nuevo la linterna y volvió sobre sus pasos, esta vez observando con más atención, deteniéndose en cada rincón con la lentitud metódica de quien sabe que un detalle pasado por alto puede costarle la pista entera.
En la sala principal había cuadros cubiertos.
En el pasillo superior, molduras. En el despacho, algunas estanterías vacías.
Pero fue en la chimenea del salón donde lo vio.
A cada lado del espejo antiguo que coronaba la repisa había un pequeño ángel de yeso, fijado al marco decorativo.
Eran discretos, de estilo decimonónico, uno con una antorcha y otro con una corona de flores.
A simple vista parecían parte del adorno, el tipo de detalle que cualquier visitante apresurado pasaría por alto sin pensarlo dos veces.
Bárbara acercó la linterna. Detrás del ángel de la derecha había una ligera grieta en la madera.
O no exactamente una grieta, más bien una línea de unión, tan fina que solo resultaba visible bajo el ángulo preciso de la luz.
Dejó la linterna sobre la repisa y tanteó la figura con cuidado.
El yeso estaba frío y cubierto de polvo.
Presionó. No ocurrió nada. Tiró ligeramente hacia sí y el ángel se movió apenas unos milímetros.
Conteniendo la respiración, lo desplazó un poco más.
Sonó un clic seco en el interior del panel.
Entonces una estrecha sección de madera junto a la chimenea se abrió hacia dentro, con un quejido leve que en cualquier otra circunstancia le habría parecido casi cómico, aunque en aquel silencio absoluto sonó como un disparo.
Bárbara retrocedió, sorprendida y un poco asustada.
Detrás había un hueco oculto. No era muy profundo.
En su interior descansaban tres cosas: una caja metálica pequeña, un cuaderno negro y un sobre sellado.
Durante unos segundos no hizo nada. Solo miró.
Aquello era demasiado concreto, demasiado perfecto.
El tipo de hallazgo que cualquier periodista sueña y a la vez teme, porque una vez lo examinas, ya no hay vuelta atrás.
Sacó primero el cuaderno. Era viejo, pero no tanto como esperaba. Tal vez de los años sesenta, bien conservado, como si alguien lo hubiera resguardado del polvo y la humedad con una atención deliberada.
La tapa negra estaba gastada en las esquinas. Al abrirlo, encontró una caligrafía firme, angulosa y veloz. No sabía cómo, pero lo supo antes de leer el primer nombre. Era de Sophie.
Pasó las primeras páginas con una mezcla de reverencia y urgencia, como si tocar aquel papel demasiado tiempo fuera a deshacerlo, o como si las palabras pudieran escapársele si no las leía con la rapidez suficiente.
Había notas dispersas, direcciones, nombres, observaciones breves, anotadas como lo haría alguien acostumbrado a resumir lo esencial en pocas líneas, sin saber nunca cuándo dispondría de tiempo para volver a escribir. Algunas entradas estaban fechadas.
18 de diciembre: Henriette miente, dice no recordar a la niña, pero evita mi mirada cuando menciono la capilla.
20 de diciembre: Delacroix controla más de lo que aparenta, nadie pronuncia su nombre sin bajar la voz.
22 de diciembre: La Casa de los Ángeles existe y alguien la sigue usando. Aún no sé para qué.
Bárbara apoyó una mano en la repisa para sostenerse.
Todo era real. Todo. El nombre de Henriette se le quedó grabado de inmediato.
No lo había oído antes, ni de Henri ni de Matthieu, y se preguntó si sería un nombre de pila, un apodo o quizá el de alguna empleada de los Delacroix cuyo testimonio Sophie había intentado obtener a toda costa.
Pensó también en la capilla, una palabra que había aparecido en las notas y que de algún modo conectaba aquel cuaderno con la última carta nunca enviada que su tío le había mencionado por teléfono.
Siguió pasando páginas hasta encontrar una entrada más larga, casi escrita a trompicones. Las letras eran más apretadas, más inclinadas, como si la mano que las trazó hubiera empezado a temblar.
23 de diciembre: He cometido un error. No debí acercarme sola.
La niña no murió. O eso creo ahora.
Si tengo razón, llevan años ocultando algo peor que una muerte.
No sé en quién confiar.
Hay una mujer dispuesta a hablar, pero exige verme mañana por la noche.
Si no regreso, quien encuentre esto debe buscar bajo la capilla.
Bárbara tuvo que releer aquella última línea dos veces: «La niña no murió».
Sintió un vuelco brutal. Si Sophie tenía razón, aquello cambiaba por completo la naturaleza del misterio. Ya no se trataba solo de una desaparición. Había una niña, la posibilidad de un encubrimiento y una reunión prevista para la noche del 24.
Y quizá, detrás de todo, una red de mentiras mucho más grande de lo que ella misma había imaginado al sentarse aquella primera noche frente al ordenador en blanco de su salón en Edimburgo, sin saber que estaba a punto de adentrarse en una historia que ya no tenía nada que ver con un simple artículo de viajes o una búsqueda de inspiración.
Dejó el cuaderno sobre la mesa y cogió el sobre sellado.
Dudó unos segundos antes de abrirlo, consciente de que cada objeto de aquel escondite parecía multiplicar más que resolver sus preguntas.
Dentro había una sola hoja, más reciente que el resto.
No era de Sophie. La tinta y el papel eran modernos, de una factura demasiado limpia para pertenecer a la misma época que el cuaderno. El mensaje decía:
«No puedo protegerla si insiste en seguir sola.
Mañana, a las 19:30. Mercado de Navidad de la Place de l'Ancienne Douane.
Lleve el cuaderno. No se fíe de Matthieu».
Bárbara sintió una mezcla instantánea de enfado y desconfianza.
El mismo juego: otra instrucción, otra cita, otra advertencia. Y, sin embargo, había algo distinto en aquella nota que la inquietó todavía más que las anteriores: por primera vez, quienquiera que estuviera detrás de todo aquello afirmaba querer protegerla, no solo advertirla.
La pregunta inevitable, la que le costó más asumir, era si aquella protección ofrecida era sincera o si formaba parte de un teatro más elaborado destinado a llevarla exactamente a donde alguien quería que estuviera.
Y la mención a Matthieu tampoco ayudaba a despejar nada: o el librero ocultaba algo que ponía en peligro a Bárbara, o el propio autor de la nota quería simplemente apartarla de la única persona en Colmar que, hasta entonces, le había dado información verificable.
Metió la carta en el bolsillo y volvió a mirar la caja metálica, el último objeto del escondite. Estaba cerrada con una pequeña cerradura oxidada. Probó la llave antigua. Esta vez sí encajó. Giró con dificultad y la tapa se abrió.
Dentro había una cadena fina con un medallón, una cinta roja descolorida y una llave más pequeña, de latón, con un número grabado: 7. Nada más.
Bárbara sostuvo la pequeña llave en la palma.
No sabía qué abría. Tomó el medallón y lo acercó a la luz de la linterna.
Era ovalado, de metal oscurecido por el tiempo, con un grabado apenas visible en una de las caras: las iniciales «M.
D.» entrelazadas en un trazo elegante, y en la otra, una fecha casi borrada que podría haber sido 1958, aunque no podía estar del todo segura.
M. D., pensó de inmediato. ¿Serían las iniciales de aquella niña que Sophie había mencionado en su cuaderno sin llegar a nombrarla?
¿O quizá las de alguien completamente distinto, otro hilo más en aquel ovillo que no dejaba de crecer?
Pero ya estaba demasiado metida en aquella historia como para ignorarla.
Guardó el cuaderno, el sobre, el medallón y la llave de latón en el bolso.
Antes de cerrar el panel secreto, miró una vez más el hueco vacío, con la sensación extraña de estar despidiéndose de un lugar que, en algún sentido imposible de explicar, parecía haber estado esperando aquel momento desde hacía mucho tiempo.
Salió de la casa con el pulso acelerado y la sensación de que la nieve había convertido Colmar en un escenario agobiante.
Las calles estaban tranquilas, casi bellas en exceso, y, sin embargo, al cerrar la puerta de la Casa de los Ángeles, supo con total claridad que la historia empezaba, por fin, a tomar forma.
Caminó deprisa hacia las zonas más iluminadas, sintiendo el peso del bolso contra la cadera como si llevara dentro algo mucho más pesado que aquellos objetos: el peso de un silencio familiar que venía de muy atrás. Ya tenía pruebas. Tenía nombres. Y alguien había decidido citarla.
Lo que todavía no sabía, mientras dejaba atrás la calle silenciosa de la Casa de los Ángeles y se adentraba de nuevo en el bullicio cálido y dorado del mercado navideño, era si acudir a esa cita la acercaría por fin a la verdad sobre Sophie, o si la convertiría en la segunda mujer de su familia en desaparecer en Colmar.