Capítulo 12 — El cuarto cerrado
La casa estaba helada. No solo por falta de calefacción, sino por ese frío mineral, inmóvil, que parece formar parte de las paredes.
Bárbara avanzó con la linterna en alto, cruzando el vestíbulo hasta llegar a una sala principal donde los muebles dormían bajo sábanas cubiertas de polvo.
Había una mesa redonda, una chimenea de mármol apagada, varios cuadros vueltos hacia la pared y un reloj de péndulo detenido quién sabe desde cuándo.
Todo indicaba abandono, pero no un abandono total.
Pasó la luz sobre los cuadros vueltos, sintiendo una curiosidad casi morbosa por darles la vuelta y ver qué rostros ocultaban, pero algo en su instinto le decía que no era el momento, que cada minuto que pasara allí dentro era un minuto de más en un lugar que claramente no quería ser visitado.
Sobre una consola junto a la escalera vio algo que la hizo fruncir el ceño: una vela relativamente reciente, endurecida por el uso, pero no antigua, y una caja de cerillas.
Aquello significaba que alguien había estado allí hacía poco; quizás ni siquiera semanas atrás.
Se acercó despacio y tocó la vela. Estaba fría pero su sola presencia bastó para alterar la atmósfera de la casa. Ya no era un lugar detenido en el tiempo. Era un lugar al que alguien seguía volviendo.
Pensó de inmediato en el hombre del abrigo oscuro, en la facilidad con que la llave había encajado en la cerradura de la entrada, en la posibilidad nada descartable de que aquel «alguien» fuera precisamente quien le había dejado la llave sobre la barandilla del puente apenas una hora antes.
La idea no la tranquilizó en absoluto, pero al menos le dio una explicación más concreta a la que aferrarse que el simple azar. Siguió explorando.
La planta baja tenía una cocina vieja, con una estufa de hierro forjado cubierta de óxido y una pila de piedra que conservaba todavía, en el fondo, un cerco oscuro de agua estancada desde hacía tiempo.
Había también un pequeño despacho con estanterías vacías, salvo por algún libro suelto cuyo lomo se había desintegrado casi por completo, y un comedor cubierto de polvo, donde una larga mesa de madera oscura presidía la estancia rodeada de sillas desparejadas, como si en algún momento alguien hubiera retirado piezas del juego original sin reemplazarlas.
En el despacho encontró un escritorio cerrado con llave, pero la llave de hierro no encajaba.
Probó en varios cajones y armarios sin éxito, tirando con cuidado de cada tirador para no forzar nada que pudiera delatar su paso por allí, aunque la idea de que alguien notara su visita le pareció, casi de inmediato, absurda.
Quienquiera que estuviera detrás de todo aquello ya sabía exactamente dónde estaba ella y qué estaba haciendo.
Subió a la primera planta. El pasillo superior estaba más deteriorado.
Papel pintado despegado en las esquinas, mostrando un dibujo floral descolorido que en su momento debió de resultar alegre y que ahora parecía más bien la piel de algo enfermo.
Las puertas de madera estaban marcadas por la humedad. Un olor tenue a tela vieja que se intensificaba y se metía en los sentidos, a medida que avanzaba.
Había tres dormitorios y un cuarto de baño pequeño.
Dos habitaciones estaban vacías salvo por lo esencial: una cama, un armario, una silla.
La tercera parecía haber pertenecido a un niño o a una niña.
Lo dedujo por el pequeño cabecero pintado de blanco, por un caballo de madera roto en un rincón, al que le faltaba una pata trasera, y cuyo barniz se había descascarillado en largas tiras que dejaban ver la madera clara de debajo, y por una caja de música cerrada sobre una cómoda.
Bárbara se quedó quieta. ¡La niña! Aquellas palabras volvieron a su cabeza con la voz de Henri. Sophie preguntaba por una casa y por una niña.
Se acercó a la cómoda y abrió los cajones.
Estaban vacíos, salvo por una cinta azul, una peineta vieja y un botón de nácar.
Nada útil. Cogió la caja de música, dudó un instante y levantó la tapa.
El mecanismo, oxidado por la humedad y el paso del tiempo, soltó apenas dos notas desafinadas antes de detenerse con un chasquido seco, como si también él hubiera renunciado hacía mucho tiempo a continuar con su melodía.
El interior estaba forrado de terciopelo rojo desgastado, vacío salvo por una mancha oscura en una esquina que podría haber sido cualquier cosa: tinta, óxido, o algo que Bárbara prefirió no imaginar con demasiado detalle.
Pero la habitación entera tenía algo profundamente triste, como si hubiera sido abandonada a toda prisa, sin que nadie hubiera vuelto después a ordenar nada, a llevarse los juguetes, a hacer la cama.
Fue entonces cuando reparó en el detalle.
En el fondo del pasillo había una puerta más pequeña que las otras, casi disimulada por una cortina raída que colgaba torcida de una barra medio desprendida de la pared.
No se veía bien desde la escalera. Era una puerta angosta, sencilla, con un pestillo de hierro.
Bárbara se acercó y probó el pomo, pero la puerta estaba cerrada. Sacó la llave antigua y la introdujo con pulso contenido. No encajó.
Maldijo en voz baja, sintiendo una frustración desproporcionada respecto al pequeño fracaso, como si aquella puerta diminuta hubiera concentrado de golpe toda la tensión acumulada desde que había cruzado el umbral de la casa.
Probó con el pestillo. Tenía óxido, pero no estaba bloqueado del todo.
Tiró. Resistió. Volvió a tirar con más fuerza.
El metal se movió apenas, acompañado de un quejido que resonó por todo el pasillo vacío.
Era un sonido tan agudo y tan fuera de lugar en aquel silencio que por un momento Bárbara temió que pudiera oírse desde la calle.
En ese momento oyó algo abajo. Un ruido leve, como una pisada. Bárbara se quedó congelada, apagó la linterna de inmediato y la oscuridad la envolvió por completo, una oscuridad tan densa que durante un instante no pudo distinguir ni siquiera el contorno de su propia mano levantada frente a la cara.
Escuchó. Silencio.
Luego, se oyó otra vez un crujido de madera, débil pero inequívoco, procedente de la planta baja.
Había alguien en la casa.
El corazón comenzó a golpearle tan fuerte que temió que el sonido la delatara. Se pegó a la pared, intentando respirar sin hacer ruido, notando el frío traspasar la tela del abrigo y calarle la espalda.
Su mente se llenó de opciones absurdas y ninguna buena: esconderse, correr, enfrentarse, llamar a la policía.
Tampoco sabía si el intruso era un enemigo, un habitante legítimo o alguien tan desconcertado como ella.
¿Y decirles qué?, ¿Que había entrado con una llave misteriosa en una casa abandonada sin saber siquiera si era legal hacerlo, dado el tiempo que llevaba abandonada?
Pasaron unos segundos, quizá un minuto, aunque a Bárbara le pareció mucho más largo.
Una de esas dilataciones del tiempo que solo ocurren cuando el cuerpo entero está concentrado en sobrevivir a los siguientes treinta segundos.
Entonces se oyó un golpe lejano, como una puerta al cerrarse. Después, nada.
Bárbara permaneció inmóvil mucho más de lo necesario, contando mentalmente los segundos como si aquello pudiera ayudarla a calcular cuándo era seguro moverse de nuevo, aunque sabía bien que no existía ningún número mágico que le devolviera la certeza.
Cuando por fin se atrevió a encender la linterna otra vez, sus dedos temblaban tanto que necesitó dos intentos para encontrar el botón.
No podía seguir allí arriba a ciegas.
Bajó escalón a escalón, con una cautela dolorosa, pegada a la pared, evitando pisar el centro de los escalones porque allí la madera parecía más débil, deteniéndose cada dos o tres pasos para escuchar.
Alumbró el vestíbulo, la sala y luego la cocina. No había nadie. Pero la puerta principal, que se había cerrado tras ella al entrar, estaba ahora entornada. El aire frío de la calle se colaba por la rendija, agitando levemente la tela que cubría el espejo del vestíbulo.
Bárbara se acercó despacio, con el corazón todavía latiéndole en los oídos.
Miró fuera. La calle seguía vacía, sin rastro de nadie.
Solo nieve acumulándose en los bordes de las piedras y la sensación insoportable de haber sido observada dentro de aquella casa, algo que no terminaba de disolverse ni siquiera al comprobar, con sus propios ojos, que no había nadie a la vista.
Cerró la puerta con llave y apoyó la frente un instante en la madera, dejando que el frío de la superficie le calmara un poco la respiración acelerada.
Quizá debería marcharse.
De hecho, probablemente era lo más inteligente.
Pensó en Henri, en su advertencia de aquella misma tarde. «Tenga cuidado con a quién pregunta por Sophie»; y por primera vez se preguntó si aquella frase no había sido solo una advertencia general, sino una premonición concreta de algo que ya estaba ocurriendo.
Sin embargo, al alzar la cabeza vio algo que antes no estaba. Sobre la consola del vestíbulo, junto a la vela y las cerillas, alguien había dejado una hoja doblada. La abrió con los dedos helados, notando cómo el papel crujía ligeramente entre sus manos temblorosas. Solo decía:
La habitación cerrada no guarda el secreto. Mire detrás de los ángeles.
Bárbara leyó la frase dos veces, como si necesitara asegurarse de que las palabras no iban a transformarse en otra cosa distinta en la segunda lectura.
Miró instintivamente hacia la puerta de entrada, hacia los dos ángeles de piedra que flanqueaban el arco exterior, con sus rostros serenos vueltos hacia la calle nevada.
Detrás de los ángeles. No se refería a la habitación pequeña del pasillo, ni al despacho cerrado con llave. Se refería a algo mucho más literal, mucho más cercano, mucho más a la vista de cualquiera que tuviera la paciencia de mirar dos veces.
Sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la casa.
Quienquiera que hubiera entrado mientras ella registraba el piso superior no solo conocía la casa mejor que ella: conocía exactamente lo que estaba buscando, y había decidido, por razones que todavía no comprendía, seguir guiándola paso a paso en lugar de detenerla.
Eso podía significar dos cosas, y ninguna de ellas resultaba especialmente reconfortante: o alguien quería que ella llegara hasta el final de aquella historia por motivos propios que aún se le escapaban, o alguien estaba jugando con ella exactamente del mismo modo que quizá había jugado con Sophie, dejándole pistas suficientes para avanzar, pero nunca las suficientes para escapar a tiempo.
Bárbara dobló la nota de nuevo y se la guardó con las otras dos, junto a la fotografía, formando ya una pequeña colección de papeles que pesaban mucho más de lo que había pensado, dado su escaso peso por separado.
Miró otra vez hacia la puerta, hacia los relieves de piedra que la flanqueaban, y supo que no iba a marcharse sin comprobar qué escondían aquellos ángeles.
Aunque cada fibra razonable de su cuerpo le decía que lo más sensato era volver al hotel, cerrar la puerta de su habitación con doble llave y esperar a la mañana, la misma terquedad que la había hecho perseguir escándalos políticos durante su larga carrera profesional, la misma que aparentemente corría también por las venas de Sophie MacLeod, fue la que finalmente la empujó hacia la puerta de entrada.
Se acercó a los relieves, levantó la linterna y empezó a examinar, centímetro a centímetro, la piedra fría y desgastada de las dos figuras aladas, buscando algo: una grieta, una muesca, un hueco que pudiera explicar aquella frase escrita con la misma caligrafía elegante e inclinada que ya empezaba a conocer demasiado bien.
Fuera, la nieve seguía cayendo sobre la ciudad, ajena por completo a lo que estaba a punto de descubrir.
Y en alguna parte, alguien esperaba, paciente, el siguiente movimiento de Bárbara.