Capítulo 11 — La Casa de los Ángeles
Bárbara regresó al hotel con la llave apretada dentro del puño, como si temiera que pudiera desaparecer en cualquier momento.
El metal estaba helado, pero no tanto como la certeza que empezaba a abrirse paso dentro de ella: alguien conocía la última carta de Sophie.
Alguien sabía que aquella frase, la Casa de los Ángeles, significaba algo.
Y había decidido entregarle la llave. No sabía si aquello era una ayuda o una trampa.
Cruzó el vestíbulo del hotel casi sin darse cuenta de que Henri la observaba desde el mostrador, con esa preocupación que ya empezaba a resultarle habitual en él. Pero no se detuvo a explicarle nada.
Subió directamente a su habitación. Cerró la puerta, corrió las cortinas y dejó la llave sobre el escritorio, junto a la fotografía y las notas amenazantes.
Durante unos segundos se quedó observando aquel pequeño conjunto de objetos como si fuesen piezas de un altar oscuro.
Una llave antigua, una mujer desaparecida, una ciudad decorada para Navidad y una historia sepultada para conveniencia de unos pocos.
Se sentó despacio, todavía con el pulso acelerado por la carrera hasta el puente, y se permitió un instante de quietud antes de continuar.
Aprovechó para repasar mentalmente todo lo que llevaba acumulado desde que había abierto aquel libro de tapas azules en la librería de Matthieu: la fotografía de Sophie, el nombre de los Delacroix, la niña sin identidad, el hombre que quizá se llamaba Lucien Vauthier y, ahora, aquella llave que parecía haber estado esperándola durante décadas.
La etiqueta seguía atada con el cordel rojo: Maison des Anges.
Repitió el nombre en voz baja, como si al pronunciarlo pudiera aparecer alguna respuesta.
—La Casa de los Ángeles.
Abrió el portátil y empezó a buscar. Primero en francés, luego en inglés. Intentó con variantes: Maison des Anges Colmar; House of Angels Colmar; Maison des Anges Alsace.
Los resultados tardaron en aparecer, mezclados entre casas rurales con nombres parecidos, artículos turísticos y referencias a tiendas que aprovechaban el nombre para vender velas o jabones artesanales con motivos angelicales.
Pero después de varios intentos encontró una mención breve en una página local de patrimonio. No era un artículo.
Era apenas una línea en un inventario antiguo de edificios restaurados, el tipo de documento administrativo que normalmente nadie consulta salvo arquitectos o historiadores locales.
Maison des Anges, antigua vivienda privada, siglo xix, fachada con relieves de ángeles en piedra, situada en una calle secundaria cerca del barrio de los curtidores. Bárbara se inclinó hacia la pantalla. Había una dirección y no estaba muy lejos del centro.
Anotó la calle en su libreta, debajo de la cronología de Sophie, como si añadirla a mano a aquel documento improvisado le diera más peso, más realidad.
Guardó la información y se quedó un momento quieta.
Lo lógico habría sido esperar al día siguiente, ir con luz, tal vez pedir ayuda, pero la lógica llevaba ya un tiempo perdiendo terreno frente a una mezcla poderosa de curiosidad, intuición y necesidad personal. Sophie había dejado una pista.
Alguien se la acababa de entregar. No podía dejar de seguirla. Se levantó, se puso unas botas adecuadas para la nieve y comprobó, casi de forma mecánica, que el teléfono tuviera batería suficiente, como si en algún rincón de su mente ya estuviera preparándose para algo que pudiera salir mal.
Media hora después, con el abrigo bien cerrado, una linterna pequeña en el bolso y la llave guardada en un bolsillo interior salió del hotel.
La nieve había dejado una película blanca sobre los adoquines y el aire estaba tan frío que hacía daño al respirar.
Aun así, las calles seguían vivas, los puestos navideños atraían a los últimos visitantes de la tarde, las luces colgaban de balcón a balcón y en la distancia sonaba una melodía navideña tocada por un acordeón, un sonido alegre y absurdamente fuera de lugar respecto a lo que ella sentía en aquel momento.
Cuanto más se alejaba de las zonas concurridas, más cambiaba el ambiente.
Las calles se estrechaban, la decoración se volvía menos espectacular y el ruido del centro quedaba atrás como una respiración lejana.
Algunas farolas parpadeaban. Otras directamente no funcionaban, y las fachadas, antes encantadoras bajo la nieve, comenzaban a adquirir un aire descuidado, casi hostil.
Bárbara consultó la dirección varias veces hasta que llegó a una calle silenciosa, flanqueada por fachadas antiguas y portales cerrados.
No había turistas allí, ni puestos de pan de especias, ni villancicos. Solo el crujido de sus propias botas sobre la nieve recién caída y, de cuando en cuando, el ladrido lejano de un perro tras alguna ventana cerrada.
La vio enseguida: la Casa de los Ángeles. No era grande, pero sí elegante de una forma ostentosa y antigua.
La fachada clara tenía molduras gastadas y, justo en los laterales del arco de la puerta, dos grandes ángeles de piedra sostenían una especie de flauta cada uno. Aunque erosionada por el tiempo, la casa no perdía su majestuosidad.
Sus rostros aún se conservaban. Seguían siendo reconocibles, con una expresión serena que contrastaba de manera extraña con el abandono general del edificio.
La casa parecía deshabitada. No había luces en las ventanas, ni decoración navideña, ni señales de vida en general.
Ni siquiera había rastro de pisadas recientes sobre la nieve que cubría el escalón de la entrada, como si nadie hubiera entrado o salido de allí en mucho tiempo, o como si quien lo hiciera tuviera mucho cuidado de no dejar huella.
Bárbara se detuvo frente a la puerta. Sintió una punzada de miedo real. No de esa emoción estética que produce un misterio interesante, sino del miedo concreto que aparece cuando sabes que estás a punto de cruzar un umbral del que quizá no salgas igual.
Miró a ambos lados de la calle y no vio a nadie. Solo silencio, nieve y la luz amarillenta de una farola lejana que apenas alcanzaba a iluminar la mitad de la fachada.
Sacó la llave. El metal encajó en la cerradura con una facilidad perturbadora, como si aquella puerta hubiera estado esperando precisamente esa llave. Ajustaba con una exactitud que no dejaba lugar a la casualidad.
Giró y la puerta cedió con un chasquido seco.
Dentro olía a polvo frío, madera vieja y humedad. Era ese olor particular de los espacios que han permanecido cerrados durante décadas, donde el aire mismo parece haberse detenido en el tiempo.
Bárbara se quedó inmóvil en la entrada, escuchando. No oyó nada. Solo el silencio espeso de las casas cerradas durante mucho tiempo, un silencio distinto al de la calle, más denso, más antiguo.
Encendió la linterna y el haz de luz recorrió el vestíbulo, una escalera de madera, un perchero vacío, un espejo cubierto por una tela que en algún momento debió de ser blanca y que ahora tenía el color amarillento del tiempo.
El suelo crujió bajo su primer paso y el sonido retumbó demasiado en la quietud del lugar, multiplicado por el eco de las paredes desnudas.
Entró. Detrás de ella, la puerta se cerró despacio, empujada quizá por una corriente de aire, o quizá por algo menos inocente. Bárbara no quiso detenerse a pensarlo demasiado.
Y por primera vez desde que había llegado a Colmar, sintió con claridad que ya no estaba siguiendo una historia: estaba entrando dentro de ella, y eso empezaba a causarle cierta inquietud al no saber qué giros podía tomar.
En aquellos momentos se sentía un poco marioneta.
No paraba de seguir pistas que otros iban dejando para ella.
¿Y si en algún momento una de esas pistas la llevaba a una encerrona sin salida?
Esta idea empezaba a asentarse en su cabeza, causándole desasosiego.
Avanzó un paso más, dejando que el haz de la linterna se deslizara sobre el suelo de madera oscura, sobre las marcas que el tiempo había dejado en los rodapiés, sobre una mancha de humedad que se extendía como un mapa irregular cerca del techo.
Pensó en Sophie, en si aquella misma puerta se habría cerrado a su espalda con el mismo chasquido, si su abuela habría sentido el mismo escalofrío al cruzar aquel vestíbulo cargado de polvo y silencio. O quizás, cuando Sophie estuvo allí, la casa gozaba de vida y luz.
Por un instante consideró dar media vuelta, salir de nuevo a la calle, volver al calor del hotel y a la compañía, aunque fuera evasiva, de Henri.
Pero el mismo instinto que la había llevado a destapar escándalos en tres países distintos, ese instinto que su tío había descrito en Sophie como «una forma de mirar que incomodaba a los mentirosos», la empujó hacia delante en lugar de hacia la puerta.
Levantó la linterna hacia la escalera, que ascendía hacia una oscuridad todavía más profunda en el piso de arriba, y respiró hondo antes de poner el pie en el primer escalón.
Si la Casa de los Ángeles guardaba la llave de todo, como había escrito Sophie en aquella última carta nunca enviada, Bárbara no estaba dispuesta a marcharse sin descubrir qué escondía.