La última Navidad de Sophie Capítulo 10 — Las cartas
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Capítulo 10 — Las cartas

Aquella tarde empezó a nevar. No con violencia, sino con una suavidad casi perfecta, como si el cielo hubiera decidido embellecer todavía más la ciudad.

Los copos descendían lentamente sobre los tejados, los canales y los toldos del mercadillo, pegándose a las ramas de los árboles y a las bufandas de los niños que corrían entre los puestos.

Bárbara habría disfrutado de aquella escena de no ser porque llevaba horas dándole vueltas a lo mismo: Sophie, los Delacroix, la niña, las amenazas y el nombre de un hombre cuya verdadera identidad estaba en duda: Lucien Vauthier.

Había vuelto a recorrer mentalmente cada conversación del día, buscando algún detalle que se le hubiera escapado, alguna grieta en el relato de Henri o de Matthieu que pudiera abrirle un camino nuevo, pero cuanto más lo pensaba, más se daba cuenta de que todavía tenía más preguntas que respuestas y de que la única persona que quizá podía cambiar eso vivía a varios cientos de kilómetros, al otro lado del Canal de la Mancha.

Subió a su habitación a primera hora de la tarde con la intención de llamar a su tío Alastair, pero antes volvió a abrir el documento en el portátil. Cuanto más ordenaba la información, más claro veía que los acontecimientos de su llegada a Colmar no podían ser casuales.

El libro había aparecido de forma casi teatral, la fotografía estaba esperándola. Las notas habían llegado demasiado deprisa.

Era como si alguien supiera no solo que ella había encontrado esa historia, sino quién era. La idea le resultó perturbadora. ¿La habían identificado desde que llegó? ¿La estaban esperando?

Se levantó del escritorio, se acercó a la ventana y miró hacia la calle, hacia el puente cercano por el que tantas veces había pasado ya desde su llegada, como si aquel pequeño arco de piedra se hubiera convertido, sin que ella lo hubiera decidido, en el centro geográfico de toda aquella historia.

La nieve empezaba a cubrir la barandilla con una capa fina y blanca.

Volvió al escritorio, cogió el teléfono y marcó el número de su tío. Contestó con esa voz grave y pausada que recordaba de las navidades de infancia.

—¿Bárbara?, ¿estás bien?

—A medias. Estoy en Colmar —dijo Bárbara.

—¿Dónde? —preguntó su tío, casi más por convencerse de que había oído bien que por escuchar la respuesta.

—En Colmar.

—¿Qué demonios haces en Colmar? —preguntó incrédulo.

—Intentando escribir un artículo. Hasta que descubrí que la mujer desaparecida aquí en 1962 era mi abuela —contestó Bárbara con algo de ironía.

Alastair tardó unos segundos en recuperar la voz.

—¿Cómo lo averiguaste?

Bárbara le contestó sin dudar.

—No importa ahora, necesito saber si tienes sus cartas.

—Sí. Las tengo —dijo él.

Bárbara cerró los ojos un instante, aliviada y tensa a la vez.

—Quiero que me las mandes —dijo con firmeza.

—No. No Lo voy a hacer —contestó Alastair con rotundidad. La respuesta fue tan seca que casi la descolocó.

—¿Perdona?

—He dicho que no —reiteró su tío.

—¿Por qué? —preguntó Bárbara sin encajar esa negativa.

—Porque no son material de curiosidad literaria, Bárbara.

La frase la enfureció.

—¡No estoy buscando material literario! Estoy intentando entender qué le pasó a mi abuela.

—Y remover eso desde Colmar es la peor manera de hacerlo —contestó Alastair con firmeza.

—¿Tú también? —preguntó Bárbara con un tono cansado.

—¿También qué? —preguntó su tío.

—Hablas como si yo debiera marcharme y no hacer preguntas —respondió Bárbara.

Alastair guardó silencio, luego preguntó, con una seriedad nueva:

—¿Te ha ocurrido algo?

Bárbara dudó solo un segundo.

—Sí. Digamos que no soy bienvenida en este lugar.

Le contó lo imprescindible: la fotografía, las notas, el hombre del abrigo.

Decidió no mencionar todavía el nombre de los Delacroix ni el de Lucien Vauthier, quería ver primero hasta dónde llegaba la sinceridad de su tío antes de entregarle ella misma información que pudiera usarse en cualquier dirección.

Al otro lado, Alastair no interrumpió ni una sola vez.

Bárbara podía imaginarlo perfectamente, sentado en su sillón de siempre junto a la ventana de su casa en Perthshire, con esa quietud absoluta que adoptaba cuando algo le preocupaba de verdad.

Cuando Barbara terminó de contarle lo que sabía, él respiró hondo antes de hablar:

—Escúchame bien. Esas cartas no son simples recuerdos familiares. Mi abuela, tu bisabuela… quiso destruirlas. Mi padre no la dejó. Dijo que eran lo único que quedaba de Sophie. Pero nadie quiso leerlas enteras.

—¿Por qué? —preguntó Bárbara.

—Porque había cosas extrañas en ellas —dijo su tío con inquietud.

—¿Qué cosas? —indagó Bárbara.

—Cambios de tono, miedo, referencias a gente que no identificaba. Y una última carta que nunca llegó a enviarse —dijo él con un tono prudente.

Bárbara se incorporó en la silla.

—¿Una última carta?

—Sí. Se la entregaron a mi padre, con el resto de sus cosas —dijo su tío.

—¿Qué dice? —preguntó Bárbara cada vez más interesada.

—No la recuerdo palabra por palabra —contestó él.

—Dímelo como puedas —apremió Bárbara.

Alastair tardó en responder y en ese silencio Bárbara pudo oír, lejano, el sonido de una tetera silbando en algún lugar de la casa, un detalle tan doméstico y ajeno a la conversación que, por un segundo, le resultó casi irreal.

—Dice que ha encontrado «la llave de todo».

Hubo un silencio lleno de incertidumbre antes de que Alastair retomara la conversación.

—Y que, si algo le ocurriera, alguien debería buscar en la Casa de los Ángeles.

Bárbara frunció el ceño.

—¿La Casa de los Ángeles?

—Sí, eso pone —dijo él.

—¿Qué significa? —preguntó Bárbara.

—No lo sé —contestó su tío con sinceridad.

—¿Y nunca intentaste averiguarlo? —preguntó Bárbara sorprendida de que nadie hubiera tirado de ese hilo.

—No. Porque, cuando yo tuve las cartas en mi poder, ya habían pasado muchos años y porque en esta familia aprendimos que hay heridas que se infectan cuando las abres.

—Pues ya está abierta —dijo Bárbara con rotundidad.

Esa vez Alastair no discutió.

—Te haré copias de las cartas. Pero no puedo mandártelas hoy. Tendrá que ser mañana.

Bárbara notó un impulso de impaciencia brutal, pero lo contuvo, consciente de que presionar más solo conseguiría que su tío se cerrara como ya lo había visto hacer tantas otras veces en reuniones familiares.

—Hazlo, por favor. Necesito saber qué pasó.

—Y tú escucha una cosa más —dijo su tío.

—¿Qué? —contestó ella.

—Sophie no era una mujer fantasiosa. Si escribió asustada, tenía motivos. No confundas la valentía con la imprudencia —la advirtió Alastair en un intento de proteger a su sobrina.

—Lo intentaré —contestó Bárbara.

—No lo intentes. Hazlo.

Hubo algo en el tono de su tío, una autoridad poco habitual en él, que por un momento la hizo sentirse otra vez como la niña que pasaba las navidades correteando entre las piernas de los adultos, ajena por completo a los silencios que se tejían sobre su cabeza.

Cuando colgaron, Bárbara permaneció unos segundos inmóvil, con el teléfono todavía caliente apretado contra el pecho.

La Casa de los Ángeles, la llave de todo, una periodista desaparecida. Una familia poderosa. Y una ciudad navideña que se parecía cada vez menos a un refugio y más a un laberinto.

Se levantó y volvió junto a la ventana, necesitando moverse, necesitando que el frío del cristal pusiera un poco de orden en sus pensamientos.

Miró hacia afuera. La nieve seguía cayendo apacible, cubriendo poco a poco los adoquines, los tejados, las guirnaldas que colgaban entre las fachadas.

A lo lejos sonaban campanas, tan dulces y ajenas a todo aquello que por un instante le pareció casi obsceno que la ciudad siguiera celebrando la Navidad con total normalidad mientras ella se hundía cada vez más en aquel pasado enterrado.

Entonces vio movimiento en el puente. Un hombre cruzaba despacio, sin paraguas, con el cuello del abrigo levantado. Aunque la distancia y la nieve difuminaban la imagen, Bárbara supo de inmediato quién era.

El hombre del abrigo oscuro. Se detuvo justo bajo la farola frente al hotel y alzó la vista hacia su ventana.

Esta vez no había ambigüedad. La estaba mirando a ella. Bárbara no se apartó.

Sintió el impulso instintivo de retroceder, de esconderse detrás de la cortina como había hecho la noche anterior, pero algo más fuerte que el miedo, ese mismo instinto terco que, según Henri, también había tenido Sophie, la mantuvo firme junto al cristal.

Durante varios segundos se sostuvieron mutuamente la mirada a través del cristal y la nieve, dos figuras inmóviles separadas por una calle, un canal y demasiados silencios que ninguno de los dos había elegido pero que ambos parecían destinados a romper.

Después, el hombre metió una mano en el bolsillo, sacó algo y lo dejó sobre la barandilla del pequeño puente. Luego se alejó, sin prisa, exactamente con la misma calma exasperante con la que había desaparecido las veces anteriores.

Bárbara tardó apenas un instante en bajar corriendo las escaleras. Cruzó el vestíbulo sin explicar nada, ignorando la mirada sorprendida de Henri, que se había asomado desde la cocina al oírla bajar precipitadamente. Abrió la puerta principal y salió al frío.

La nieve le golpeó la cara cuando corrió hasta el puente, sin abrigo, sin pensar siquiera en lo absurdo que debía resultar la escena para cualquiera que la viera: una mujer corriendo en medio de una nevada, persiguiendo una sombra que ya no estaba.

No había nadie. Solo el agua oscura, las luces reflejadas y un pequeño objeto apoyado en la piedra de la barandilla. Era una llave antigua de hierro atada con un cordel rojo. Y colgando de ella, una etiqueta diminuta con dos palabras escritas a mano:

Maison des Anges.

Bárbara se quedó inmóvil, con la llave en la palma abierta, sintiendo el frío del metal calarle la piel casi tan profundamente como el frío de la nieve que ya empezaba a acumulársele sobre los hombros.

La Casa de los Ángeles. El mismo nombre que aparecía en la última carta de Sophie.

Sintió un vuelco tan intenso que tuvo que cerrar los dedos sobre el metal para convencerse de que aquello estaba ocurriendo de verdad, que no era un efecto más del cansancio acumulado ni una jugada de su propia imaginación, sino un objeto real, frío, tangible, que alguien acababa de dejarle deliberadamente sobre aquella barandilla.

Miró a su alrededor, hacia las calles que se abrían en distintas direcciones desde el puente, hacia las ventanas iluminadas y las siluetas borrosas de los transeúntes que seguían su camino ajenos a ella, sin encontrar ningún rastro del hombre del abrigo oscuro, como si la nieve hubiera decidido, una vez más, borrar cualquier huella de su paso.

Había ido a Colmar a buscar inspiración para un artículo. Pero una historia ya estaba escrita en alguna parte. La habían incitado a meterse en ella y ahora, fuera quien fuese el hombre del abrigo, acababa de abrirle la siguiente puerta.