Capítulo 9 — El nombre prohibido
A mediodía, Bárbara ya había dejado de pensar en el viaje como una escapada. Colmar no era un paréntesis. Era el centro mismo de una historia que la precedía. Volvió al hotel para ordenar ideas.
En el camino, cada detalle parecía cargado de doble significado: las ventanas antiguas, los portales sombríos, las callejuelas que desembocaban en plazas luminosas. La ciudad seguía siendo hermosa, pero su hermosura empezaba a parecerle una fachada paciente, bien entrenada en distraer al visitante.
Pasó junto al mismo puesto de pan de especias del día anterior sin detenerse, junto a la misma tienda de souvenirs con sus casitas de jengibre en el escaparate, y todo aquello que apenas veinticuatro horas antes le había parecido encantador ahora se le presentaba con una nueva capa de significado, como si la ciudad llevara siempre puesta una máscara y ella hubiera empezado, sin pretenderlo, a entrever lo que había debajo.
Subió a su habitación, cerró la puerta con llave y comprobó dos veces que el balcón estuviera bien asegurado y volvió a sentarse ante el escritorio.
Abrió el portátil y creó una carpeta nueva: «SOPHIE».
Dentro guardó capturas de las noticias, notas, fechas, nombres.
Trabajó con la misma disciplina metódica que había aplicado a investigaciones mucho más complejas, esa rutina que consistía en convertir el caos emocional en categorías manejables, en darle a la angustia la forma ordenada de una lista.
Después abrió un documento y empezó a construir una cronología:
Sophie MacLeod
Periodista escocesa.
Llegó a Colmar en diciembre de 1962.
Investigaba «algo».
Desapareció la noche del 24 de diciembre.
En la familia se dejó de hablar de ella.
Bajo eso, añadió otra línea:
Pregunta clave: ¿qué descubrió?
La respuesta podía estar en las cartas que había mencionado su madre. O en la gente de Colmar que aún supiera algo, o en ambos sitios.
Pensó en llamar a su tío Alastair, pero lo dejó para más tarde. Alastair no era hombre de respuestas rápidas. Era metódico, reservado y tenía esa capacidad tan británica de enredarse en lo accesorio cuando no quería entrar en el fondo.
Recordó las navidades en que su tío podía pasarse veinte minutos hablando del clima o del estado de la carretera antes de tocar cualquier tema mínimamente incómodo, y supo que una llamada precipitada solo conseguiría que se cerrara como una ostra.
Mejor abordarlo cuando ella misma tuviera más datos, cuando pudiera presentarle hechos concretos en lugar de sospechas sueltas que él podría descartar con facilidad.
Sacó entonces la fotografía y la colocó junto al teclado.
Al observarla más detenidamente, reparó en algo que no había visto antes: en la esquina inferior derecha, casi imperceptible, había una sombra alargada.
No parecía de un árbol ni de una farola.
Podía ser la sombra de otra persona, fuera del encuadre, alguien que estaba con Sophie cuando tomaron la foto, o alguien que la observaba.
Bárbara amplió la imagen con la cámara del móvil, probando distintos enfoques, distintos ángulos de luz, moviendo la fotografía para que la lámpara de la mesilla no produjera reflejos sobre el papel envejecido.
La calidad era insuficiente. Los píxeles se deshacían en una mancha borrosa apenas se acercaba lo suficiente, pero la intuición quedó allí, latiendo, instalada en algún rincón de su mente con la misma obstinación con que se instalan las certezas que todavía no pueden demostrarse.
Más tarde bajó al comedor en busca de café, más por necesidad de moverse y salir de las cuatro paredes de la habitación que por verdadero deseo de tomarlo.
Henri estaba sirviendo vino caliente a unos huéspedes alemanes, sosteniendo la conversación con esa cordialidad profesional que parecía no abandonarlo nunca, ni siquiera en los momentos en que Bárbara sabía, por experiencia reciente, que algo lo inquietaba.
Cuando la vio sola en una mesa, se acercó.
—¿Ha podido descansar algo? —dijo el hombre con amabilidad.
—No demasiado —contestó Bárbara.
Henri asintió, sin necesidad de que ella añadiera más explicaciones.
Miró a su alrededor, asegurándose de que nadie pareciera prestar atención. Los huéspedes alemanes seguían absortos en su conversación y la mujer de la novela de tapas duras leía junto a la chimenea, ajena a todo. Henri dejó una taza frente a ella.
—Hay cosas que puedo decirle —murmuró.
Bárbara alzó la vista con rapidez.
—Por fin.
Henri se sentó frente a ella, algo que no había hecho antes, y aquel simple gesto, tan sencillo en apariencia, le pareció a Bárbara más significativo que cualquiera de sus palabras. Henri estaba dispuesto a cruzar una línea que hasta entonces se había cuidado mucho de no traspasar.
—No conozco toda la historia, y no quiero conocerla. Pero recuerdo haber oído el nombre de Sophie cuando era niño.
—¿Por quién? —preguntó Bárbara.
—Por mi padre. Trabajaba aquí, en este mismo hotel, cuando ella desapareció. Entonces era una pensión más modesta, pero el edificio es el mismo.
El corazón de Bárbara dio un vuelco.
—¿Se alojó aquí?
—No. — Henri negó con la cabeza—. En otra pensión, ya desaparecida. Pero vino varias veces a hablar con gente. Hacía preguntas. Mi padre decía que tenía una forma de mirar que incomodaba a los mentirosos.
A Bárbara la frase le arrancó una media sonrisa involuntaria.
Le hubiera gustado conocerla. Por un instante, mientras Henri hablaba, casi pudo imaginarla, una mujer de su misma sangre, con el mismo instinto terco, sentada quizá en aquel mismo comedor, sosteniendo una taza de café mientras alguien le mentía con torpeza.
—¿Y qué preguntaba? —quiso saber Bárbara, cuando Henri terminó de explicar.
—Sobre una familia —contestó él.
—¿Qué familia?
Henri vaciló.
—No quiero equivocarme. Pero creo que eran los Delacroix.
El nombre no le dijo nada a Bárbara.
—¿Quiénes eran? —preguntó al fin.
—Importantes. Antiguamente poseían viñedos, negocios, propiedades. Muy respetados, muy religiosos, al menos en apariencia —dijo Henri.
—¿En apariencia? —se extrañó Bárbara.
Henri se inclinó apenas hacia ella, bajando todavía más la voz, como si pronunciar aquel apellido en voz alta requiriera cierta cautela incluso allí, en su propio hotel.
—En todas las ciudades hay familias intocables. Las que salen bien en las fotos, hacen donaciones, inauguran mercados y sonríen en misa. Pero a veces la respetabilidad también se hereda como una máscara.
Bárbara sostuvo su mirada, mientras le preguntaba.
—¿Sophie investigaba a los Delacroix?
—Eso decía mi padre. Que preguntaba por ellos, por una de sus casas, y por una niña —contestó Henri.
—¿Una niña? —preguntó Bárbara.
Henri asintió lentamente.
—Eso es lo único que recuerdo con claridad. Una niña. Después, el nombre de Sophie se volvió algo que no se pronunciaba. Como si decirlo trajera mala suerte.
Bárbara procesó aquello en silencio, dándole vueltas a cada palabra como quien examina las piezas sueltas de un rompecabezas sin estar todavía segura de qué imagen formarán al encajar. Una familia influyente. Una casa. Una niña.
Empezaban a aparecer contornos, pero todavía borrosos, como esa sombra alargada en la esquina de la fotografía que se resistía a revelar su forma exacta.
—Henri, ¿el hombre del abrigo oscuro le resulta familiar?
La expresión de Henri cambió apenas, un movimiento mínimo en los músculos de la cara que, sin embargo, no le pasó desapercibido a alguien acostumbrada, como ella, a leer los gestos involuntarios de quienes prefieren no hablar.
—No, ya le dije que en invierno es un atuendo habitual en hombres del pueblo e incluso algún turista —contestó Henri.
—No le creo —le dijo Bárbara mirándolo fijamente.
Henri suspiró muy despacio, como quien se rinde ante algo inevitable y dijo. —Hay un hombre al que algunos llaman Lucien Vauthier. Si sigue por las calles a visitantes curiosos, no me sorprendería. Tampoco me sorprendería si no se llama así.
—¿Quién es? —preguntó Bárbara.
—Un intermediario, un hombre que hace favores. A veces para negocios legítimos, a veces para asuntos que prefieren mantenerse fuera de los registros —dijo Henri.
—¿Trabaja para los Delacroix? —quiso saber ella.
Henri se encogió de hombros.
—Eso son palabras mayores.
—Pero no lo niega —aseguró Bárbara.
Henri bajó la voz aún más, hasta el punto de que Bárbara tuvo que inclinarse sobre la mesa para escucharlo con claridad.
—En Colmar hay apellidos que duran más que la verdad.
Aquella frase se quedó flotando entre ambos, suspendida en el aire cálido del comedor, mucho más pesada que cualquier otra cosa que Henri hubiera dicho hasta entonces. Bárbara apoyó la espalda en la silla para decir:
—Entonces sí hay algo.
—Siempre ha habido algo. La diferencia es que ahora usted forma parte de ello —contestó Henri.
—No por voluntad propia.
—No. Pero, aun así, ahora está dentro de ello —contestó Henri.
Se quedaron callados un momento, mientras, al fondo del comedor, los huéspedes alemanes pedían otra ronda de vino caliente y la mujer de la novela pasaba una página con un crujido suave de papel.
El contraste entre aquella normalidad tranquila y la conversación que acababan de sostener resultaba casi vertiginoso. Otra vez esa sensación de habitar dos historias paralelas dentro del mismo espacio.
Antes de levantarse, Henri añadió algo que Bárbara no esperaba.
—Tenga cuidado con a quién pregunta por Sophie. Aquí todavía hay personas para las que ese nombre no pertenece al pasado.
Se puso en pie, recogió la bandeja y se alejó hacia la cocina con su paso habitual, tranquilo, profesional, como si los últimos minutos no hubieran ocurrido.
Bárbara se quedó sola en la mesa, con la taza de café enfriándose entre las manos y la cabeza llena de nombres nuevos.
Delacroix, Lucien Vauthier, una niña sin identidad todavía… que se sumaban a los que ya tenía, formando una red cada vez más densa y cada vez más peligrosa.
Pensó en la advertencia de Henri, en el peso con que la había pronunciado, y supo, con la misma certeza con que reconocía siempre el momento exacto en que una investigación dejaba de ser teórica para volverse real, que ya no había vuelta atrás.
Sophie MacLeod había hecho las mismas preguntas y después había desaparecido.
Y, sin embargo, en lugar de sentir el miedo razonable que aquella idea debería haberle provocado, Bárbara sintió algo más parecido a una herencia, como si llevara dentro, sin haberlo sabido nunca, el mismo instinto terco que había llevado a su abuela hasta aquellas mismas calles, en aquella misma época del año, persiguiendo la misma clase de silencio.