La última Navidad de Sophie Capítulo 8 — La periodista desaparecida
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Capítulo 8 — La periodista desaparecida

Bárbara salió de la librería sin notar el frío.

Las palabras de Matthieu seguían resonándole con una fuerza casi física.

Sophie MacLeod. No era un apellido especialmente común, pero tampoco imposible de compartir con una desconocida.

Podía ser casualidad. Debía de ser casualidad.

Y, sin embargo, algo muy profundo, casi instintivo, le decía que no lo era.

Caminó sin rumbo durante unos minutos, dejando que sus pasos la alejaran del bullicioso casco antiguo, ajena por completo a la música navideña que seguía sonando en alguna plaza cercana, a los olores de canela y vino caliente que apenas unos días antes le habían parecido el descubrimiento de una vida nueva.

Ahora todo aquello le resultaba lejano, casi ajeno, como si Colmar hubiera dejado de ser un decorado bonito y se hubiera convertido, de golpe, en el escenario de algo que la incluía directamente a ella.

Llegó hasta una plaza más tranquila, alejada de los puestos del mercado.

Unos pocos bancos de piedra rodeaban una fuente cerrada por el invierno.

Se sentó en uno de ellos. El frío del banco le atravesó el abrigo casi de inmediato, pero apenas lo notó.

Sacó el teléfono. Sus dedos vacilaron sobre la pantalla.

Iba a llamar a su madre, pero se detuvo porque no sabía ni cómo plantear la pregunta.

No quería oír evasivas, ni silencios, ni ese tipo de respuestas a medias con las que algunas familias sellan sus grietas antiguas.

Necesitaba algo más sólido antes de hacer esa llamada, algo que le permitiera presentar la pregunta no como una sospecha disparatada, sino como un hecho innegable.

Optó por buscar primero por su cuenta. Abrió el navegador y tecleó: Sophie MacLeod journalist Colmar 1962.

Los primeros resultados no fueron gran cosa.

Alguna referencia a archivos digitales, menciones a periódicos británicos antiguos, bases de datos poco accesibles, enlaces rotos que llevaban a páginas que ya no existían.

Probó variaciones: con el nombre completo, sin el apellido, añadiendo desaparición o Alsacia. La mayoría de los resultados eran ruido, coincidencias sin sentido, páginas de genealogía sin verificar.

Pero después de probar con otras combinaciones encontró una breve nota escaneada de un periódico regional francés de enero de 1963.

La calidad era mala y las letras se deformaban en los bordes de la imagen digitalizada, pero el texto aún podía leerse.

«Periodista británica desaparecida en Colmar durante las fiestas de Navidad.

La señorita Sophie MacLeod, de 34 años, fue vista por última vez la noche del 24 de diciembre…».

Bárbara tragó saliva y siguió leyendo, acercando la pantalla a los ojos como si la proximidad física pudiera ayudarla a entender mejor lo que estaba viendo.

«Alojada en una pensión del centro histórico mientras realizaba indagaciones de naturaleza no aclarada».

No decía mucho más. Solo que la búsqueda había continuado sin resultado y que la policía no descartaba ninguna hipótesis.

Una frase final, casi protocolaria, cerraba la nota:

las autoridades pedían a cualquier testigo que se pusiera en contacto con la comisaría local.

Tantos años después, aquella petición seguía colgada en el vacío, sin respuesta, sin desenlace.

Encontró luego una mención en un viejo periódico de Edimburgo. Más breve aún:

«Periodista escocesa desaparecida en Francia».

Sin detalles, sin seguimiento posterior, como si la noticia hubiera merecido apenas tres líneas antes de que el mundo siguiera girando sin Sophie MacLeod dentro de él.

Aquello ya no parecía una simple coincidencia.

Era algo real, documentado, enterrado, sí, pero real.

Las palabras de los recortes, secas y burocráticas tenían un peso muy distinto al de la fotografía o al de las notas amenazantes.

Eran la prueba de que aquella mujer del abrigo entallado había existido de verdad, había caminado por las mismas calles que Bárbara estaba pisando ahora, y se había desvanecido sin dejar más rastro que unas pocas líneas en periódicos que nadie volvería a abrir.

Miró la pantalla un largo rato, sintiendo que el frío del banco le había subido ya por completo hasta los hombros.

Una idea empezó a abrirse paso lentamente.

Su familia nunca hablaba de los parientes lejanos.

Ni de los que habían muerto antes de que ella naciera, ni de los que simplemente habían quedado fuera del relato oficial de reuniones, veranos y navidades.

Su abuela materna había sido siempre una figura nebulosa, mencionada de pasada en alguna comida familiar y rápidamente sustituida por otro tema, como si su nombre activara un mecanismo invisible de desvío de conversación que todos en la familia conocían sin haberlo discutido nunca abiertamente.

Bárbara apenas recordaba haber oído hablar de ella unas pocas veces en la infancia, siempre acompañado de un cambio de tema casi inmediato.

Recordó, de pronto, una foto antigua en blanco y negro que había visto de niña en un cajón del aparador de su madre, una mujer seria de rasgos vagamente familiares, y la explicación apresurada de «es tu abuela, murió hace mucho» que había bastado entonces para satisfacer su curiosidad infantil y que ahora, vista con otros ojos, le parecía sospechosamente insuficiente.

Se puso en pie. No podía esperar más. Marcó el número de su madre, que contestó al cuarto tono.

—¿Bárbara? ¿Va todo bien?

La voz de Moira MacLeod sonaba ligeramente preocupada, quizá porque su hija no solía llamar a mitad de mañana cuando estaba de viaje.

—Necesito hacerte una pregunta —dijo Bárbara.

—Claro —contestó su madre con cierta prudencia en la voz.

Bárbara fue directa.

—¿Quién era Sophie MacLeod?

Hubo un silencio, no largo, pero sí suficiente. Un silencio que respondió antes que las palabras, que Bárbara conocía bien de sus experiencias haciendo entrevistas, ese instante exacto en que un testigo decide si va a mentir o si, finalmente, va a rendirse a la verdad.

—¿Por qué preguntas eso? —dijo finalmente su madre.

—Porque estoy en Colmar, mamá.

La respiración al otro lado cambió.

—¿En Colmar?

—Sí. Y he encontrado algo. Quiero saber quién era esa mujer —dijo Bárbara.

Moira tardó unos segundos en responder, y cuando lo hizo su voz había bajado un tono, como si de repente temiera que alguien más pudiera estar escuchando la conversación.

—Era mi madre.

Bárbara cerró los ojos, allí estaba. Brutalmente simple.

—Mi abuela.

—Sí. Era tu abuela —contestó Moira con la voz visiblemente afectada.

—¿La periodista que desapareció aquí en 1962 era mi abuela? —Volvió a preguntar Bárbara sin acabar de creérselo.

Otro silencio por parte de Moira finalmente contestó:

—Sí. Sophie era tu abuela.

La plaza, el frío, la gente pasando a su alrededor con bolsas de compras y niños de la mano… todo quedó extrañamente difuminado, como si el mundo hubiera retrocedido varios metros y solo quedara la voz de su madre y el peso de aquella única palabra.

—¿Y nunca pensaste en contármelo? —preguntó Bárbara

—No era una historia fácil —dijo Moira

—¿No era una historia fácil? —repitió Bárbara, incapaz de contener la incredulidad. —Mamá, mi abuela desapareció en esta ciudad y nadie ha considerado importante mencionármelo en treinta y cinco años.

—Eras una niña —dijo su madre a la defensiva

—Luego dejé de serlo.

La dureza del tono de Bárbara hizo que ambas callaran un instante, un silencio tenso que viajaba a través de cientos de kilómetros de cable y satélite, cargado de todo lo que ninguna de las dos había dicho hasta entonces.

Moira habló después con una voz que parecía venir de lejos:

—En esta familia no se hablaba de Sophie. Mi padre lo prohibió casi desde el principio. Decía que remover el asunto no la traería de vuelta, que lo único que nos hacía era daño.

—¿Y qué hacía ella aquí? — preguntó Bárbara.

—No lo sé exactamente —dijo Moira

—No me mientas —soltó Bárbara, visiblemente alterada.

—No te miento. Sé que estaba investigando algo.

Algo relacionado con gente influyente, creo.

Pero nunca supe más. Yo era muy joven cuando todo esto sucedió y en casa no se volvió a hablar de la desaparición de mi madre hasta que fuimos adultos y mi padre nos contó la historia sin darnos demasiados detalles.

—Hizo una pausa—. Según él, no disponía de más información.

Solo que se fue, que dejó algunas cartas, y que luego desapareció.

—¿Cartas? —dijo Bárbara esperanzada.

—Sí, cartas.

Bárbara apretó más el teléfono, sintiendo que el pulso se le aceleraba con cada nueva palabra.

—¿Dónde están esas cartas? —preguntó Bárbara

—No las tengo yo —dijo Moira

—¿Quién las tiene? —indagó Bárbara

—Tu tío Alastair. Las guardó cuando murió mi padre —aclaró su madre.

Bárbara dio un paso lento hacia el canal, como si necesitara moverse para procesarlo, como si la quietud del banco ya no pudiera contener toda la inquietud que se le había acumulado en el cuerpo.

—¿Y nadie pensó nunca en volver a investigar? —dijo Bárbara al final.

Moira soltó una risa pequeña y triste.

—¿Con qué? ¿Con rumores? ¿Con recortes viejos? En aquella época no había nada claro. Y cuanto más tiempo pasaba, más imposible parecía.

—Yo soy periodista, mamá —dijo Bárbara.

Moira contestó con cierta prudencia:

—Precisamente por eso nunca quise que te obsesionaras con esta historia.

La frase le hizo daño porque sonaba a miedo verdadero. No a simple desinterés.

—¿Qué no me estás diciendo?, mamá?

—Nada que pueda ayudarte —dijo Moira.

—Eso lo decidiré yo —contestó Bárbara

Moira guardó silencio.

Bárbara pudo oír, al otro lado de la línea, el tictac de algún reloj de pared, el mismo reloj de la cocina de su infancia probablemente, marcando los segundos de una pausa que se alargaba más de lo necesario. Luego dijo, muy despacio:

—Sophie no era una mujer fácil de detener. Si regresó a Colmar en Nochebuena después de haber estado investigando, debió de encontrar algo muy serio.

Bárbara sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el invierno.

—¿Crees que la mataron?

Al otro lado de la línea no hubo respuesta inmediata. Solo una frase quebrada, casi en un susurro.

—Creo que no desapareces así porque sí, teniendo una familia y dos niños pequeños.

Cuando colgó, Bárbara permaneció inmóvil junto al agua varios segundos, con el teléfono todavía caliente entre los dedos y la mirada perdida en el reflejo tembloroso de las luces sobre el canal.

Ya no era una curiosidad local. Ya no era una historia ajena. Era su historia. Y de repente entendió por qué la fotografía le había parecido tan familiar, por qué el parecido no era exacto, pero sí profundamente reconocible. No se parecía a una desconocida. Se parecía a su sangre.

Pensó en las dos notas guardadas en el bolsillo de su abrigo, en el hombre del abrigo oscuro que la había seguido por tres puntos distintos de la ciudad, en la ventana entornada de su balcón.

Si Sophie había investigado algo lo bastante grave como para desaparecer sin dejar rastro, y si alguien seguía empeñado en que esa historia permaneciera sellada, entonces su llegada a Colmar no había sido en absoluto la casualidad inocente que ella había creído al deslizar el dedo sobre una fotografía en Instagram.

Quizá el destino la había guiado hasta esa historia.

Guardó el teléfono. Miró hacia la ciudad, hacia las calles decoradas, hacia las fachadas impecables y los adornos navideños que brillaban con una inocencia casi insultante, ajenos por completo al peso que acababan de adquirir para ella. Bajo toda aquella belleza había algo enterrado.

Y alguien acababa de advertirle, dos veces, que no siguiera cavando. Naturalmente, eso solo consiguió que quisiera hacerlo más.