La última Navidad de Sophie Capítulo 7 — El primer secreto
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Capítulo 7 — El primer secreto

A la mañana siguiente, Bárbara apenas había dormido tres horas. El mensaje encontrado en el suelo junto al balcón había terminado de romper cualquier intento de convencerse de que todo eran casualidades.

Ya no se trataba de la imaginación de una periodista desesperada por encontrar una historia. Alguien había entrado, o al menos había tenido acceso a su habitación durante la noche.

Se había quedado sentada en el borde de la cama durante un buen rato, con la lámpara encendida y las dos notas extendidas sobre la colcha, hasta que la claridad gris del amanecer empezó a filtrarse por los bordes de las cortinas.

No volvió a dormir. Se vistió deprisa, sin prestar demasiada atención a lo que se ponía, y bajó directamente a recepción con el papel en la mano.

Henri la miró y supo al instante que algo había empeorado.

—¿Qué ha pasado?

Bárbara dejó la nota sobre el mostrador.

—Esto estaba en mi habitación.

Henri la leyó sin moverse, con esa misma calma estudiada que ya empezaba a resultarle sospechosa. Luego levantó la vista hacia ella.

—¿Seguro que cerró el balcón?

La pregunta le molestó.

—Sí, Henri. No vivo en una novela de detectives de los cincuenta. Sé cerrar una puerta.

Él aceptó el golpe sin ofenderse.

—No he querido insinuar lo contrario. Solo intento entender.

—Pues entiéndalo rápido, porque alguien ha entrado en mi habitación.

Henri volvió a leer la nota, esta vez más despacio, como si esperara que las palabras cambiaran de significado en la segunda lectura.

—O la ha dejado antes de que usted entrara.

—No estaba ahí anoche —respondió Bárbara con firmeza.

Henri asintió.

—Hablaré con el personal. Y cambiaré la cerradura si eso la tranquiliza.

—No me tranquiliza. Quiero saber qué está pasando.

Henri guardó un silencio pesado, de esos que se sienten más largos de lo que en realidad son.

—Yo no puedo darle esa respuesta.

—Pero sabe algo —dijo Bárbara un poco alterada.

—Sé que ha llegado aquí con mala suerte — contestó el hombre, apurado.

Aquello era tan insuficiente que Bárbara estuvo a punto de perder la paciencia. Sintió el impulso de golpear el mostrador, de exigir respuestas a gritos, pero se contuvo, consciente de que la furia no le había servido nunca para sacarle nada a un testigo reticente.

En lugar de eso, inspiró hondo, tomó una decisión y se lo anunció.

—Voy a volver a la librería.

Henri la observó un instante, con una expresión que oscilaba entre la preocupación y la resignación.

—Matthieu no hablará fácilmente.

—Tendrá que empezar a hacerlo.

Salió del hotel sin desayunar, ignorando el aroma a café recién hecho que llegaba desde el pequeño comedor y que en cualquier otra mañana la habría tentado sin remedio.

La ciudad estaba cubierta por una luz blanca y fría. Los mercados empezaban a despertar; algunos vendedores colocaban cajas de adornos, otros encendían estufas exteriores que desprendían un calor breve y agradable cada vez que pasaba cerca de ellas.

Unos operarios habían colocado una escalera para revisar una hilera de luces que parpadeaba de forma irregular.

Todo tan normal que el miedo de la noche parecía casi exagerado, casi ridículo, como un mal sueño que se diluye al contacto con la luz del día. Pero las dos notas dobladas en el bolsillo de su abrigo eran prueba suficiente de que no lo era.

Caminó deprisa, sin pararse a mirar los escaparates que el día anterior la habían cautivado, sin detenerse ante el puesto de pan de especias ni ante el coro que empezaba a ensayar villancicos. Su mente estaba puesta en un único objetivo: las respuestas que Matthieu Morel le debía.

La campanilla de la Librairie des Ombres sonó cuando entró.

Matthieu estaba detrás del mostrador, revisando unos papeles con una concentración que se rompió en el instante en que la campanilla anunció una visita.

Al verla, su expresión se cerró de inmediato, como una puerta que alguien empuja desde dentro.

—Ha vuelto.

—Sí —contestó Bárbara desafiante.

—No creo que haya nada más que decir —dijo el librero.

Bárbara se acercó al mostrador y apoyó ambas manos sobre la madera, sin dejarse intimidar por la frialdad con la que la recibía.

—Pues yo sí lo creo.

Sacó la fotografía y la dejó frente a él. Matthieu la miró un segundo, luego apartó la vista como si el simple contacto visual con la imagen le resultara desagradable, casi doloroso.

—Le dije que me la devolviera —indicó Matthieu, visiblemente contrariado.

—Y yo le digo que, desde que encontré esta foto, he recibido dos amenazas en menos de veinticuatro horas.

Ahora sí la miró antes de responder.

—¿Qué amenazas?

Bárbara sacó las dos notas y las colocó junto a la fotografía, una al lado de la otra, formando una pequeña hilera de papel sobre la madera oscura del mostrador.

Matthieu las leyó. Su rostro palideció y, por primera vez, Bárbara lo vio dudar de verdad, no como una pose defensiva, sino como alguien que se enfrenta a una consecuencia que no había previsto.

—¿Quién se las ha dado? —dijo en voz muy baja, casi un susurro.

—Eso intento averiguar —señaló Bárbara.

Él pasó una mano por su frente, incómodo, y por un instante pareció mucho mayor de lo que era.

—No debería haberse llevado la fotografía.

—No debería haber encontrado ese libro, según usted. Tampoco debería haber venido aquí, por lo que parece. Lo que empieza a cansarme es que nadie me diga por qué.

Matthieu tardó en responder. La librería seguía vacía y el silencio del local hacía que la tensión resultara aún más palpable, como si las propias paredes cargadas de libros antiguos estuvieran escuchando con atención.

—No sé quién la está siguiendo. Pero sí sé que esa fotografía pertenece a una historia antigua.

—Empiece por ahí —dijo Bárbara.

El librero cerró los ojos un segundo, como si estuviera decidiendo cuánto podía decir, sopesando cada palabra antes de soltarla, consciente de que una vez dicha no habría manera de retirarla. Al final comenzó a contar.

—En 1962, una mujer escocesa llegó a Colmar poco antes de Navidad. No vino por turismo. Vino a investigar.

Bárbara no se movió.

—¿Investigar qué?

—Eso nunca quedó claro. O quizá sí, pero dejó de decirse —dijo Matthieu.

—Siga.

Matthieu alzó una mirada cansada hacia ella.

—La mujer era periodista. Se alojó aquí unos días, preguntó demasiado, incomodó a ciertas personas… y desapareció la noche del 24 de diciembre.

El ruido lejano de un coche en la calle pareció demasiado fuerte en aquel instante, como si el mundo exterior hubiera decidido intervenir justo en el momento equivocado.

—¿Desapareció? —indagó Bárbara, con la voz más baja de lo que pretendía.

—Sin dejar rastro —afirmó el librero.

—¿Y la policía? —preguntó ella.

—La buscaron durante semanas. Se habló de un accidente, de un crimen, incluso de una huida voluntaria. Nunca se demostró nada —explicó el librero.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó Bárbara.

Matthieu no respondió enseguida. Clavó la vista en la fotografía, en aquella mujer de abrigo oscuro que parecía a punto de girarse hacia la cámara, congelada para siempre en ese instante previo al movimiento.

—Esa era ella.

Bárbara sintió un escalofrío lento y preciso, de esos que empiezan en la nuca y bajan despacio por toda la columna.

—Quiero el nombre.

El librero alzó los ojos al fin.

—Sophie MacLeod.

Durante un segundo, el apellido no fue más que un sonido, una combinación de sílabas sin peso propio.

Luego golpeó: MacLeod. Su apellido.

Bárbara se quedó absolutamente quieta.

—Eso no puede ser.

—Lo es —dijo el librero.

—Está mintiendo —aseguró Bárbara.

—No, no puedo mentir con algo tan serio. Investigue. Su desaparición ya forma parte de la historia oscura de esta ciudad.

La voz de Matthieu no tenía dramatismo, solo el agotamiento de quien lleva mucho tiempo guardando algo y por fin lo suelta sin sentir el alivio que se supone debería acompañar a la confesión.

Bárbara cogió la fotografía con dedos rígidos, como si necesitara tocarla de nuevo para comprobar que seguía siendo real, que no se trataba de una alucinación provocada por el cansancio y la tensión acumulados.

Miró la imagen con otros ojos, buscando en cada detalle algo que antes se le hubiera escapado: el corte del abrigo, la forma de sujetar el bolso, la expresión seria que ahora, sabiendo el nombre, le parecía menos la de una desconocida y más la de alguien a quien debería reconocer.

—¿Por qué nadie me ha dicho nunca nada de esto? —dijo Bárbara, aún impresionada por la noticia.

Matthieu frunció el ceño.

—¿Nada?

—Nada.

Él la miró con una intensidad nueva, como si estuviera reevaluando todo lo que había asumido sobre ella desde que había cruzado por primera vez la puerta de la librería.

—Entonces su familia se ha esforzado mucho por enterrar esa historia.

Bárbara guardó silencio. Había un zumbido extraño dentro de su cabeza, como si las piezas hubieran empezado a moverse demasiado deprisa, encajando unas con otras antes de que ella pudiera procesar del todo lo que significaban.

Pensó en su padre, en las pocas veces que había hablado de la familia, en los silencios que siempre se instalaban cuando alguien mencionaba a parientes lejanos o ramas perdidas del árbol genealógico. Nunca le había dado importancia. Hasta ahora.

—Quiero saberlo todo —sentenció Bárbara con firmeza.

Matthieu apoyó una mano sobre el mostrador, con un gesto que parecía buscar algo de estabilidad física para compensar la que estaba perdiendo en aquella conversación.

—Eso podría ser una muy mala idea.

—Ya es demasiado tarde para eso —contestó ella.

El librero asintió lentamente, como quien acepta una fatalidad, como quien comprende que el curso de los acontecimientos ya escapaba a su control desde el momento en que ella encontró aquel libro de tapas azules en la estantería equivocada.

—Entonces empiece por preguntarse por qué una periodista escocesa vino a Colmar en Navidad de 1962 y por qué alguien sigue queriendo que nadie hable de ello.

Bárbara se quedó mirándolo, con la fotografía todavía entre los dedos, sintiendo que el suelo bajo sus pies, ese suelo de postal navideña que tanto le había encantado desde su llegada, se había vuelto de repente mucho menos firme de lo que parecía.

Por primera vez desde que había llegado a Colmar, no supo si lo que sentía era miedo o el viejo, conocido e irresistible impulso de seguir tirando del hilo hasta el final.