Capítulo 6 — El hombre del abrigo oscuro #2
Nada amenazador, nada extraño. Era la estampa perfecta de las vacaciones invernales en Europa.
Y, sin embargo, Bárbara no lograba relajarse del todo. Sentía que su espalda estaba demasiado expuesta y elegía mirar de reojo hacia la entrada cada vez que la puerta de madera del restaurante se abría con un chirrido.
Pidió sopa de cebolla tradicional y un plato de pescado de río con salsa de almendras. La comida estaba deliciosa, pero apenas saboreaba los bocados, ocupada como estaba en desmenuzar mentalmente los acontecimientos del día.
A mitad de la cena, notó un movimiento en la mesa de la esquina, la que quedaba justo en la penumbra que la luz de las velas no alcanzaba a iluminar por completo.
Un hombre se había sentado allí unos minutos antes, sin hacer el menor ruido, esquivando la mirada del camarero hasta que este se acercó a tomar nota.
No llevaba sombrero, pero sí un abrigo oscuro de paño grueso que descansaba sobre el respaldo de la silla.
Bárbara se quedó paralizada, con la cuchara suspendida a mitad de camino entre el plato y la boca.
No pudo verle bien el rostro porque estaba de perfil y parte de sus facciones quedaban ocultas por la penumbra, pero la silueta general coincidía de forma alarmante con la figura que la había acechado junto al canal.
Se quedó quieta, conteniendo el aliento, sintiendo cómo el rumor de las conversaciones de la sala se convertía en un zumbido lejano.
Él alzó una copa de vino blanco, bebió despacio, saboreando el líquido, y giró apenas la cabeza hacia el centro del comedor, quedando bajo el haz de luz de una de las lámparas de pared.
No era el mismo. Era un hombre considerablemente más joven, de facciones redondeadas y una mirada cansada de viajero de negocios.
Bárbara soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo en los pulmones, dejando caer la cuchara con un leve tintineo contra la porcelana.
Se sintió ridícula, profundamente agotada e irritable. La paranoia estaba empezando a jugar con su mente, transformando a cualquier cliente inocente en un perseguidor en las sombras.
Volvió a la habitación algo avergonzada por sus propios nervios, prometiéndose a sí misma que al día siguiente llamaría a su editor si la situación no se aclaraba. Quizá había llegado el momento de contarle que su estancia en Colmar estaba tomando un rumbo que ninguno de los dos había previsto.
Se desvistió con movimientos mecánicos y se obligó a entrar en la cama. Tardó mucho en conciliar el sueño; el crujido de la madera del edificio y el silbido del viento contra los cristales la mantuvieron en vilo hasta que el cansancio físico venció a la ansiedad.
Lo consiguió tarde y mal, hundiéndose en un sopor poblado de sueños fragmentados donde aparecían puentes oscuros y libros que se deshacían entre sus manos.
A mitad de la noche se despertó de golpe.
No supo qué la había sacado del sueño, tal vez un ruido sutil, un chasquido que su cerebro interpretó como una señal de alarma.
Tal vez un cambio repentino de temperatura en la estancia, tal vez esa sensación vaga, casi animal y ancestral, de no estar sola en la habitación.
Abrió los ojos de par en par, fijos en el techo. La habitación estaba en penumbra. La luz de la calle entraba diluida por las cortinas, dibujando líneas azuladas y sombras alargadas sobre el suelo de madera.
Tardó un segundo en orientarse, sintiendo el sudor frío que le corría por la nuca. Entonces lo vio. La ventana del balcón, que recordaba perfectamente haber cerrado antes de acostarse, asegurando el pestillo con fuerza, estaba entornada. Un palmo de apertura que rompía la barrera con el exterior.
Bárbara se incorporó de golpe en la cama, pegando la espalda al cabecero y tirando de la colcha hacia el pecho.
Estaba completamente segura de haberla dejado cerrada. Era una de sus rutinas inquebrantables cuando viajaba sola.
Se levantó, con el corazón latiéndole ya demasiado deprisa, un tamborileo sordo que le resonaba en los oídos, y avanzó despacio, descalza, intentando no hacer ruido sobre las tablas del suelo.
El aire frío de la madrugada de Colmar se colaba por la rendija, arrastrando consigo la humedad del canal y un olor remoto a leña quemada.
Miró hacia el balcón a través del cristal.
No había nadie en la pequeña plataforma de piedra, solo la barandilla de hierro forjado cubierta por una fina capa de escarcha, el canal oscuro fluyendo en silencio tres pisos más abajo y el reflejo trémulo e intermitente de las luces navideñas de la acera de enfrente.
Iba a cerrar la ventana de un empujón para volver a echar el seguro cuando algo llamó su atención en el suelo, justo en el espacio de tarima que quedaba junto a la puerta del balcón.
Un papel blanco, cuidadosamente doblado en cuatro partes, destacaba sobre la madera oscura. Lo recogió con dedos helados, no solo por la corriente de aire que entraba del exterior, sino por la repentina certeza de que alguien había invadido su espacio mientras ella dormía.
Se alejó unos pasos de la ventana, encendió la pequeña lámpara de la mesilla con un temblor incontrolable en las manos y desdobló el papel.
Lo abrió por completo. La caligrafía inclinada y elegante volvía a alzarse ante sus ojos, implacable. Esta vez no había advertencias ambiguas. Solo cinco palabras: «Deja en paz a Sophie».