Capítulo 6 — El hombre del abrigo oscuro
Bárbara regresó al hotel con el sobre guardado en el bolsillo interior del abrigo, notando su presencia como si pesara mucho más de lo que en realidad pesaba.
El aire de Colmar seguía oliendo a canela y a castañas asadas. Los turistas seguían comprando adornos, haciéndose fotos y riéndose bajo las guirnaldas.
Todo continuaba exactamente igual, pero para ella la ciudad había cambiado de temperatura.
Ya no parecía solo bonita, empezaba a parecerle vigilante.
La piedra centenaria de las fachadas con entramado de madera, que unas horas antes le había parecido encantadora, ahora cobraba un matiz opresivo, como si cada ventana oscura ocultara un par de ojos atentos a sus pasos.
Henri estaba en la recepción cuando entró, colocando unas velas en la repisa de la chimenea. El vestíbulo del hotel desprendía un calor reconfortante, impregnado del aroma sutil del abeto de Navidad que dominaba la esquina de la estancia.
Levantó la vista al verla entrar con el rostro demudado y los hombros tensos.
—Mademoiselle MacLeod, ¿todo bien?
Bárbara vaciló. No sabía cuánto quería contar, ni a quién, pero el gesto afable del hombre y el cansancio que empezaba a acumularse la hicieron apoyarse un instante en el robusto mostrador de madera oscura.
La calidez del lugar contrastaba de manera violenta con el frío que se le había instalado en la boca del estómago.
—No estoy segura —dijo con voz cansada.
Henri frunció ligeramente el ceño y dejó las cerillas a un lado.
—¿Ha ocurrido algo?
Ella dudó unos segundos, sopesando las consecuencias de parecer paranoica ante el recepcionista, y finalmente optó por una versión recortada.
—Creo que alguien me sigue.
Henri no respondió de inmediato. Dejó la vela en su sitio con mucho cuidado, un movimiento lento y deliberado que pareció dilatar el silencio en el vestíbulo. Al final le dijo con cautela:
—¿Está usted segura?
Bárbara dudó un instante antes de contestar:
—Le he visto tres veces desde que llegué, en el puente, bajo mi ventana y hace un rato frente a una cafetería. No es una casualidad, Henri. Era el mismo hombre, con la misma actitud expectante.
Henri adoptó una expresión pensativa, entrelazando los dedos sobre el mostrador, antes de decir:
—Colmar es pequeña, las coincidencias existen. Los turistas suelen recorrer los mismos circuitos una y otra vez, mademoiselle.
—Y los sobres con amenazas también existen, al parecer —dijo Bárbara sacó la tarjeta y la dejó sobre el mostrador.
El papel crujió levemente bajo la luz mortecina de las lámparas de la recepción.
Henri la leyó en silencio. Su cara no cambió demasiado, no hubo una exclamación de sorpresa ni un respingo, pero Bárbara tuvo la impresión de que algo se endurecía en su mirada, una súbita rigidez que transformó su habitual amabilidad en una máscara de cortesía profesional.
—¿Dónde encontró esto?
—En una calle, después de perseguir al hombre. Se le cayó o, más bien, sospecho que lo tiró a propósito para que yo lo viera.
Henri levantó despacio la vista, clavando sus ojos claros en los de ella.
—No debería perseguir a desconocidos en una ciudad que no conoce, mademoiselle. Las calles del casco antiguo pueden ser bastante traicioneras.
—Gracias por el consejo —contestó Bárbara con ironía.
Henri suspiró, suavizando ligeramente los hombros.
—No pretendo ofenderla, solo digo que hay sitios donde conviene no insistir. Hay dinámicas en este lugar que escapan a los visitantes de paso.
—¿También usted habla en acertijos? Pensé que al menos aquí encontraría una respuesta directa.
—No. Simplemente me preocupo por su seguridad —dijo Henri, intentando suavizar la conversación.
Tomó la tarjeta entre dos dedos, girándola apenas para observar el grano del papel, y volvió a leerla en voz alta con un hilo de voz:
—«Algunas historias deberían quedarse enterradas». Solo digo que a veces la curiosidad trae problemas que uno no está preparado para gestionar —insistió.
A Bárbara la frase no le gustó nada. Le recordó demasiado al tono del librero, a esa misma mezcla de advertencia velada y desdén por la búsqueda de la verdad que tanto la había soliviantado horas antes.
—¿Conoce esta letra? —insistió Bárbara, señalando los trazos firmes.
Henri dejó la tarjeta en el mostrador, empujándola suavemente hacia ella.
—No —dijo tajante.
—¿Conoce a un hombre alto, con abrigo oscuro y sombrero antiguo, que parece salido de otra década? Un hombre que destaca precisamente por intentar no destacar.
Henri esbozó una media sonrisa sin humor.
—En Alsacia, durante esta época del año, esa descripción incluye a medio mundo. El frío y la niebla del canal obligan a todos los hombres de cierta edad a rescatar sus viejos abrigos del armario.
La respuesta era evasiva, pero no del todo falsa. Aun así, Bárbara percibió cierta cautela en él, un cuidado milimétrico en la elección de cada palabra.
—He entrado en una librería esta mañana. La Librairie des Ombres —soltó ella, vigilando de cerca cualquier microexpresión en el rostro del recepcionista.
La reacción fue mínima, casi imperceptible, pero estuvo ahí: un leve parpadeo, un endurecimiento en la comisura de los labios.
—Ah. Es un lugar muy interesante —dijo el hombre.
Bárbara siguió sin perder detalle de su reacción.
—He encontrado un libro raro y una fotografía en su interior. El librero se ha puesto muy nervioso en cuanto me ha visto con ellos. Casi me echa a patadas de la tienda.
Henri la observó unos segundos en silencio, como si estuviera decidiendo qué cantidad de información era seguro compartir con una extranjera, al final preguntó con cautela:
—¿Matthieu Morel?
—Supongo. No me ha dicho su nombre ni su apellido, solo me exigió que le devolviera lo que había encontrado.
Henri apoyó ambas manos en el mostrador, inclinándose ligeramente hacia delante y dijo:
—Matthieu no es precisamente sociable, pero tampoco suele alterarse sin motivo. Es un hombre que valora el silencio sobre todas las cosas.
—Pues esta vez lo hizo. Se alteró, y mucho —dijo Bárbara, cada vez más cansada de esta historia.
Henri la miró de frente y le contestó:
—Entonces quizá ha tocado algo que preferiría no remover, mademoiselle MacLeod. Matthieu custodia memorias que no le pertenecen solo a él.
Bárbara apoyó también las manos en la madera, acortando la distancia física entre ambos, negándose a dejarse intimidar por el
secretismo imperante.
—¿Y qué es exactamente lo que nadie quiere remover aquí? ¿Qué gran secreto guarda Colmar bajo sus luces de Navidad?
Henri no respondió. En lugar de eso, dio un pequeño rodeo verbal que la irritó aún más, una pirueta retórica propia de quien está acostumbrado a desviar la atención de los curiosos.
—Colmar tiene una memoria larga. Algunas familias llevan aquí generaciones, compartiendo los mismos apellidos, los mismos negocios y silencios.
Hay historias que se cuentan solo dentro de ciertas casas, al calor de la chimenea, y otras que dejaron de contarse hace mucho porque el dolor o la vergüenza obligaron a sellarlas.
Bárbara sostuvo su mirada, firme y desafiante, y comprendió que no iba a obtener mucho más de él esa mañana.
—Eso suena a misterio local para turistas, una leyenda urbana para darle encanto a las crónicas de invierno.
—No. Suena a prudencia. Y la prudencia es lo que ha mantenido la paz en este valle durante mucho tiempo.
Henri no era hostil, no percibía malicia en sus gestos, pero tampoco iba a ayudarla abiertamente a desentrañar un ovillo que claramente prefería mantener intacto.
Subió a su habitación con la molesta sensación de que cada persona con la que se cruzaba parecía saber un poco más que ella y decir un poco menos, como si todos los habitantes de la ciudad hubieran firmado un pacto tácito de confidencialidad del que ella era la única víctima.
Cerró la puerta, echó el pestillo con un giro ruidoso de la llave y se sentó en el borde de la cama, exhalando un largo suspiro.
Sacó la fotografía y la tarjeta del bolsillo del abrigo y las colocó sobre la colcha granate, una al lado de la otra, bajo la luz de la lámpara de la mesilla.
Observó los caracteres con detenimiento.
La caligrafía era la misma, o muy parecida: inclinada, elegante, firme, trazada con una pluma estilográfica que dejaba un rastro de tinta denso en los bordes.
Abrió el portátil y empezó a tomar notas en un documento en blanco, tecleando con rapidez como si estuviera preparando un reportaje de investigación para la revista.
Era un reflejo profesional: ordenar la información de manera metódica para no dejarse arrastrar por la intuición o por el miedo creciente que amenazaba con nublarle el juicio:
Escribió en mayúsculas:
DATOS:
Hombre desconocido la observa en tres ocasiones distintas en puntos clave de la ciudad.
Visita a la librería Librairie des Ombres y encuentro tenso con Matthieu Morel.
Hallazgo de un libro sin título, con una única fecha manuscrita: 24 de diciembre de 1962.
Presencia de una frase en las primeras páginas: «La historia comenzó aquí».
Fotografía de una mujer con un parecido inquietante con ella misma.
Inscripción en el reverso de la foto: «Si lees esto, ya estás dentro de la historia».
Recepción de un sobre con una amenaza explícita: «Algunas historias deberían quedarse enterradas».
Lo leyó entero de arriba abajo. Aquello, puesto así en una pantalla de ordenador con viñetas ordenadas, parecía el esquema de una mala novela gótica de segunda categoría.
Y, sin embargo, era real, tangible. El papel de la tarjeta seguía allí, despidiendo un leve olor a humedad y a tinta vieja.
O al menos era lo bastante real como para tenerla con el pulso ligeramente acelerado y la espalda fría.
Bajó a cenar más tarde, obligándose a salir del bucle de su habitación para no volverse loca entre aquellas cuatro paredes.
El comedor del hotel estaba casi lleno: parejas mayores que hablaban en un susurro cómplice, una familia con dos niños pequeños que peleaban amigablemente por el último trozo de pan, una mujer sola leyendo una novela de tapas duras junto a una copa de vino tinto.