La última Navidad de Sophie Capítulo 5 — La mujer de la fotografía
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Capítulo 5 — La mujer de la fotografía

Bárbara dudó apenas un instante antes de seguirlo. Aún sostenía entre las manos el libro de tapas azules, con la fotografía guardada entre sus páginas.

El librero avanzó hacia el fondo del establecimiento sin volver la vista.

Bárbara lo siguió entre las estrechas estanterías de madera, dejando atrás el escaparate y la tenue claridad que entraba desde la calle.

A medida que se adentraban en la librería, el silencio parecía hacerse más espeso.

El hombre se detuvo finalmente ante una puerta casi oculta entre dos estanterías y entonces se volvió hacia ella.

Bárbara sostuvo su mirada, esperando una explicación.

—Ese libro no estaba a la venta —dijo finalmente el librero.

—Estaba en una estantería, entre otros libros.

—Eso no significa que estuviera a la venta.

—Bueno, es una librería, no un museo —dijo Bárbara.

Aquello provocó en el hombre un parpadeo incómodo.

—A veces la gente coloca libros donde no debe.

Bárbara sostuvo su mirada. La periodista que había en ella se había desperezado con una rapidez casi agradecida, como un músculo que llevaba demasiado tiempo sin ejercitarse y de repente recordaba para qué servía.

—¿Y esta foto? —preguntó inquisitiva.

La respuesta fue demasiado rápida.

—No lo sé.

Bárbara no parecía dispuesta a irse sin una respuesta.

—¿No lo sabe o no quiere decírmelo?

El hombre tensó ligeramente la mandíbula.

—No acostumbro a dar explicaciones sobre objetos que no vendo.

Bárbara debería haberse molestado. En circunstancias normales quizá lo habría hecho. Pero había algo en todo aquello, la foto, la frase, el nerviosismo del librero, que estaba empezando a despertar una curiosidad que se parecía peligrosamente al interés profesional.

—Solo le he hecho una pregunta —dijo Bárbara, suavizando el tono.

—Y yo le he respondido. —El tono del librero era frío y cortante.

Bárbara bajó la vista a la fotografía otra vez. La mujer seguía siendo desconcertante. No era solo el parecido. Había también algo en el modo en que estaba captada, en esa especie de suspensión del instante, que le resultaba extrañamente perturbador.

—Quiero comprarlo —dijo Bárbara de repente.

El librero negó con la cabeza.

—No está en venta.

—Entonces dígame qué es.

—Un error —dijo el hombre con la voz seca y firme.

Bárbara levantó la mirada.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que voy a darle.

La irritación empezó a asomar en su mirada. Llevaba media vida soportando evasivas de políticos, empresarios y testigos demasiado asustados como para hablar; reconocía una mala mentira a varios metros de distancia.

Aquel hombre sabía algo, mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Iba a insistir cuando la campanilla de la puerta sonó de nuevo.

Entró una pareja de turistas, hablando en alemán y riéndose, con bolsas de compras y mejillas enrojecidas por el frío.

El hechizo se rompió un poco. El librero alargó la mano.

—Devuélvamelo, por favor.

Bárbara dudó. Por un impulso poco propio de ella, guardó antes la fotografía en el bolsillo de su abrigo. Después le entregó el libro.

El hombre lo cogió con una rapidez que confirmaba su nerviosismo.

—Gracias —dijo sin un rastro de amabilidad en el agradecimiento.

Bárbara clavó los ojos en él.

—No he terminado con esto.

El librero sostuvo la mirada unos segundos y dijo, casi en un susurro:

—Eso es precisamente lo preocupante.

Bárbara salió de la librería con el pulso más acelerado de lo normal.

Fuera, la luz de la mañana parecía demasiado nítida después de la penumbra interior. El aire helado le limpió un poco la cabeza, pero no la sensación extraña que se había llevado consigo.

Caminó un rato sin rumbo, metiendo las manos en los bolsillos del abrigo. Rozó la fotografía. Seguía allí.

Se detuvo en un banco junto al canal y la sacó otra vez.

La observó con más calma. La mujer llevaba un abrigo oscuro entallado, guantes y un bolso pequeño.

Su estilo parecía de principios de los sesenta.

La casa de detrás tenía una puerta de madera con un herraje curvo y una maceta vacía junto al escalón.

En una esquina de la imagen se intuía una placa, aunque la resolución no permitía leerla.

Bárbara acercó la foto a los ojos. El parecido seguía inquietándola. Intentó racionalizarlo. El cerebro humano tiende a encontrar patrones familiares. Rostros, coincidencias. Seguro que no era para tanto.

Y, sin embargo, la frase escrita en el reverso le resultaba todavía más incómoda que la propia imagen:

Si lees esto, ya estás dentro de la historia.

No parecía una dedicatoria casual. Sonaba a advertencia. O a invitación.

Guardó la fotografía y siguió andando, dejando que el frío de la mañana le despejara un poco la cabeza, aunque sin conseguir que la inquietud terminara de disolverse del todo.

Terminó en una plaza llena de puestos navideños donde un coro infantil cantaba villancicos en francés.

El contraste entre aquella alegría limpia y la inquietud que llevaba encima le produjo una sensación casi absurda, como si estuviera participando al mismo tiempo en dos relatos distintos, viviendo dos vidas paralelas: la turista que paseaba entre luces y galletas de jengibre y la periodista que ya empezaba, sin proponérselo, a tirar de un hilo peligroso.

Se refugió en una cafetería pequeña con ventanas empañadas, pidió café y sacó el portátil. Pensó que, quizá, después de todo, aquel libro extraño y la reacción del librero podrían servirle como chispa para una historia.

Una mujer bloqueada llega a un pueblo navideño y encuentra una fotografía de alguien que se le parece. No era mala premisa.

Empezó a escribir: Los pueblos que parecen perfectos esconden con más habilidad sus grietas.

Se quedó mirando la frase. No estaba mal. Escribió otra y otra más.

Por primera vez en semanas, las palabras comenzaron a salir con cierta naturalidad. No mucho. Apenas un puñado de líneas, pero suficiente para que sintiera un pequeño alivio, ese alivio extraño de quien después de mucho tiempo vuelve a reconocer su propio oficio entre las manos.

Hasta que levantó la cabeza y, al otro lado del cristal, en la acera de enfrente, estaba el hombre del abrigo oscuro. Quieto, mirándola.

El café se le quedó a medio camino de los labios. Esta vez no había duda. Era él y no estaba allí por casualidad.

Bárbara dejó la taza en el plato con demasiada fuerza, se levantó de golpe y salió del local. La campanilla de la puerta sonó tras ella mientras el aire helado le golpeaba la cara. Lo siguió todo lo rápido que pudo y le gritó:

—¡Oiga!

El hombre ya se había dado la vuelta.

Bárbara cruzó la calle esquivando a una pareja y a un niño con un globo. El desconocido caminaba deprisa, con una agilidad impropia de su aparente edad.

—¡Espere! —le grito de nuevo

No se detuvo. Se metió por una calle lateral, más estrecha, menos concurrida.

Bárbara lo siguió. El sonido de sus botas sobre el adoquinado parecía amplificarse entre los muros. Giró una esquina. Cuando ella llegó, no había nadie. Solo una calle vacía, dos bicis apoyadas contra una pared y el eco distante de unas campanas.

Bárbara respiró hondo, irritada. No podía haberse esfumado.

Avanzó unos pasos más, buscando una puerta abierta, un portal, un paso lateral. Nada.

Iba a darse la vuelta cuando vio algo en el suelo, junto al borde de una fachada: un sobre. Blanco, sin sello. Con su nombre escrito a mano: Bárbara MacLeod.

Se quedó mirando el sobre como si hubiera aparecido por generación espontánea. Luego lo recogió.

Dentro solo había una tarjeta doblada. La abrió. Una sola frase, escrita con la misma letra elegante que había visto en el libro.

Algunas historias deberían quedarse enterradas.

Bárbara se quedó allí, en medio de la calle vacía, con la tarjeta entre los dedos y el corazón latiéndole con una fuerza que no recordaba haber sentido en mucho tiempo, no de miedo exactamente, sino de algo más parecido a la certeza de que, por fin, después de semanas mirando una pantalla en blanco, había encontrado una historia.

El problema era que esa historia, fuera lo que fuera, parecía haberla encontrado a ella primero.