La última Navidad de Sophie Capítulo 4 — La librería de las sombras
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Capítulo 4 — La librería de las sombras

A la mañana siguiente, el cielo amaneció limpio, con una claridad azulada que hacía que las fachadas de colores parecieran más intensas.

Bárbara salió del hotel temprano, todavía con una mezcla de entusiasmo y desasosiego instalada en el pecho.

Henri, el dueño del hotel, le había servido café y un trozo de brioche mientras le recomendaba perderse «sin mapa, como hacen los que encuentran algo importante».

Ella se había reído, aunque la frase le había resultado curiosa: de esas que parecen dichas al azar pero que se quedan flotando en la cabeza más tiempo del que deberían.

Colmar, a plena luz, era incluso más hermoso que la noche anterior.

Las ventanas decoradas con ramas de abeto, la madera tallada de las casas, los puentes pequeños, el agua deslizándose entre reflejos…

Todo tenía una perfección de postal que en otro contexto le habría parecido artificial.

Sin embargo, allí funcionaba. No era empalagoso. Era casi hipnótico.

Bárbara caminó sin rumbo fijo, alejándose poco a poco de las zonas más concurridas. Las calles se iban estrechando a medida que se internaba en zonas menos transitadas, donde el bullicio del mercado se convertía en un murmullo lejano y los turistas escaseaban.

Pasó ante una tienda de velas, una chocolatería, una pequeña galería de arte y una iglesia de piedra clara que dejaba escapar un tenue aroma a incienso.

En cada rincón había algún detalle digno de una fotografía: una bicicleta antigua con una cesta llena de piñas, una corona roja colgada de una puerta azul, una hilera de faroles con lazos color burdeos.

Se sintió, por primera vez en mucho tiempo, algo más ligera.

Tal vez sí había hecho bien en marcharse.

Caminó durante casi una hora sin prestar demasiada atención al tiempo, dejándose llevar por la curiosidad y por esa sensación nueva de no tener prisa por llegar a ningún sitio.

De vez en cuando sacaba la libreta del bolso y anotaba alguna frase suelta, alguna imagen que le parecía digna de guardar, aunque todavía no supiera para qué la usaría.

Al doblar una esquina, la vio. Era una librería pequeña, casi escondida entre dos edificios más altos, con un escaparate tan discreto que parecía empeñado en no llamar la atención. El letrero, en letras doradas algo gastadas, decía: Librairie des Ombres —La librería de las sombras—.

Bárbara se detuvo. Había algo en el lugar que la atrajo al instante.

No era solo el nombre, aunque desde luego ayudaba. Era la sensación de que aquella tienda no estaba pensada para los turistas.

No tenía adornos llamativos ni reclamos navideños, ni guirnaldas de luces, ni cartelitos invitando a entrar.

En el escaparate solo había unos cuantos libros antiguos, una lámpara de tulipa verde y una caja de música cerrada, cubierta de una fina capa de polvo que sugería que llevaba allí mucho tiempo sin que nadie la tocara.

Empujó la puerta. Una campanilla suave anunció su entrada.

El interior estaba en penumbra, cálido, silencioso.

Olía a papel envejecido, polvo y cera. Las estanterías de madera oscura subían hasta casi tocar el techo y estaban llenas de volúmenes desiguales, algunos encuadernados en cuero, otros con lomos descoloridos por el tiempo, apretados unos contra otros como si temieran caerse si se separaban.

No había música. Solo el sonido amortiguado de páginas pasando en algún lugar del fondo.

La voz surgió desde detrás de un estante alto. Un hombre apareció unos segundos después.

—Bonjour.

Tendría unos sesenta años, quizá algo más. Delgado, de rostro afilado, cabello oscuro salpicado de canas. Sus ojos eran grises, atentos, y había en su expresión algo entre la reserva y la incomodidad, como quien recibe visitas con más frecuencia de la que querría.

—Buenos días —respondió Bárbara en francés—. Solo estoy mirando.

El hombre asintió con una inclinación leve de cabeza y contestó:

—Los mejores hallazgos se hacen así.

No sonrió.

Bárbara avanzó despacio entre las baldas, dejando que los dedos rozaran los lomos de los libros mientras caminaba.

Había secciones en francés, alemán e inglés. Novela gótica. Historia local. Libros religiosos. Ediciones antiguas de poesía. Cuadernos de viaje, algunos con anotaciones de antiguos propietarios garabateadas en los márgenes.

El lugar le gustó de inmediato, aunque también le produjo una curiosa impresión de aislamiento, como si al entrar hubiese dejado la ciudad fuera, con sus luces y su música y su gente, y hubiera cruzado a otro espacio distinto, más antiguo, más callado.

Se detuvo ante una estantería baja en un rincón, casi oculta detrás de una escalera de madera plegada contra la pared.

Allí, entre dos tomos de historia alsaciana y una recopilación de cuentos tradicionales, había un libro extraño.

Sin título en el lomo, encuadernado en tela azul muy oscura. Tampoco figuraba nombre del autor, casi escondido entre los demás volúmenes, como si alguien lo hubiera colocado allí a propósito para que nadie lo encontrara con facilidad.

Lo sacó. La cubierta estaba gastada en los bordes. No parecía especialmente valioso, pero sí antiguo.

Al abrirlo, la primera página estaba en blanco salvo por una fecha escrita a mano con una caligrafía inclinada y elegante:

24 de diciembre de 1962

Nada más. Bárbara pasó la página. En la siguiente, solo una frase, escrita de la misma forma:

La historia comenzó aquí.

Sintió el impulso a seguir curioseando el libro.

La atraía poderosamente. No sabía por qué.

Había algo en aquella caligrafía, en el silencio de la tienda, en la fecha escrita con tanta precisión, que le recordaba vagamente a la sensación de estar a punto de descubrir algo importante, esa misma sensación que tantas veces la había guiado hacia sus mejores historias.

Le dio la vuelta a una tercera página, esperando encontrar un texto, una dedicatoria, alguna referencia. En vez de eso, algo se deslizó del interior del libro y cayó al suelo.

Una fotografía.

Bárbara se agachó para recogerla. Era una imagen antigua, en blanco y negro, ligeramente amarillenta por el tiempo.

Mostraba a una mujer de pie frente a una casa de entramado de madera, probablemente en Colmar. Llevaba un abrigo largo y el cabello oscuro recogido.

No miraba a cámara. Parecía estar a punto de girarse, como si alguien hubiera captado el instante justo antes de que se volviera.

Bárbara se quedó inmóvil. La fotografía tenía décadas, pero el parecido con ella era desconcertante. No en un sentido exacto, ni grotesco. No era el tipo de parecido que hace pensar en un doble.

Era algo más inquietante: la forma del rostro, la línea de la mandíbula, la expresión seria de la boca, incluso cierta manera de estar de pie, con los hombros un poco echados hacia atrás, como si desafiara a quien sostenía la cámara a captar algo que ella no estaba dispuesta a entregar del todo.

Algo en aquella fotografía le resultaba familiar. La giró y descubrió una frase escrita a mano en el reverso:

Si lees esto, ya estás dentro de la historia.

Bárbara sintió que el corazón le daba un vuelco, una mezcla de incredulidad y algo parecido al vértigo.

Volvió a mirar la fotografía, buscando alguna fecha, algún nombre, algo que le permitiera anclar aquella imagen a una explicación racional. No encontró nada más.

—¿Dónde ha encontrado eso? — La voz del librero sonó tan cerca que Bárbara se sobresaltó. Se volvió. El hombre la miraba fijamente y. por primera vez. su gesto parecía tenso, como si la calma reservada de minutos antes se hubiera quebrado de golpe.

—Aquí. — Bárbara levantó un poco el libro—. Estaba dentro.

Los ojos del librero descendieron a la fotografía y luego volvieron a ella.

—Ese libro no debería estar ahí. —Lo dijo en voz baja, casi para sí mismo, pero con una firmeza que no dejaba lugar a la duda de que aquellas palabras significaban mucho más de lo que aparentaban.

Bárbara, lejos de devolver el libro sin más, sintió que el viejo instinto periodístico, ese que llevaba semanas dormido bajo capas de cansancio y bloqueo, despertaba de golpe, alerta, atento, hambriento de respuestas.

—¿Por qué no? —preguntó, con un tono que pretendía ser casual y que, sin embargo, no lo consiguió del todo—. ¿Qué es este libro?

El librero no respondió enseguida. Miró hacia la puerta, como si comprobara que nadie más hubiera entrado sin que él se hubiera percatado, y después volvió a fijar los ojos grises en Bárbara, esta vez con una intensidad distinta, más parecida a la de quien decide, en una fracción de segundo, si confiar en un desconocido o no.

—Sígame. No aquí.

Y, sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se adentró en el fondo de la librería, dejando que la fotografía y el libro de tapas azules siguieran ardiendo, en cierto modo, entre las manos de Bárbara.