La última Navidad de Sophie Capítulo 3 — El hotel
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Capítulo 3 — El hotel

El hotel de la calle de las Velas se encontraba en una zona tranquila, cerca del canal. Una casa alsaciana de madera oscura y ventanas llenas de velas. El cartel decía: Hôtel des Lanternes. El interior era cálido y acogedor.

El suelo crujía suavemente bajo las pisadas y el aire olía a madera y especias. Una chimenea pequeña ardía en una esquina del vestíbulo y sobre ella colgaba una corona de acebo con cintas rojas que parecía llevar allí más de un siglo.

Detrás del mostrador estaba Henri, un hombre mayor de cabello blanco y gesto amable, que dijo nada más verla:

—Bonsoir, madame.

—Buenas noches —respondió Bárbara en francés—. Tengo una reserva.

El hombre consultó el ordenador, un aparato que desentonaba un poco con el resto del lugar, como si la modernidad hubiera entrado allí a regañadientes.

Era la única huésped que faltaba por llegar aquel día, así que estaba claro quién era. Aun así, Henri comprobó el nombre en la reserva.

—¿Bárbara MacLeod? —Ella asintió.

—Bienvenida a Colmar —dijo Henri mientras le entregaba una llave antigua con un pequeño llavero de latón en forma de farol.

—Habitación 14.

Mientras acababa de registrar sus datos, el hombre la observó con una curiosidad sutil, de esas que no resultan incómodas pero que tampoco pasan desapercibidas.

—¿Primera vez en Colmar?

—Sí. Me llamó la atención el despliegue del lugar por Navidad —contestó Bárbara.

—Es un buen lugar para venir en Navidad —contestó Henri.

Bárbara sonrió, todavía con el frío de la calle pegado a las mejillas, y dijo:

—Eso parece.

El hombre dudó un segundo antes de hablar de nuevo, como si sopesara si merecía la pena decir lo que estaba pensando. Al final, lo dijo.

—Colmar tiene muchas historias, no se fíe solo del decorado navideño.

Bárbara lo miró y contestó:

—Eso espero. Soy escritora.

El hombre levantó ligeramente las cejas y, por un instante, algo cambió en su expresión, algo parecido al interés o quizá a la cautela.

—Entonces ha elegido el lugar correcto.

No añadió nada más y Bárbara tampoco insistió, aunque guardó la frase en algún rincón de la memoria, ese reflejo periodístico que nunca se apagaba del todo, ni siquiera cuando solo buscaba una habitación caliente donde dormir.

El hombre le indicó las escaleras de madera, estrechas y un poco inclinadas por el paso del tiempo y le explicó que el desayuno se servía entre las siete y las diez, en la sala junto a la chimenea.

Bárbara le dio las gracias y subió, arrastrando la maleta peldaño a peldaño, sintiendo bajo los pies el mismo crujido cálido que había notado al entrar.

La habitación 14 estaba al final de un pasillo iluminado por pequeñas lámparas de pantalla amarilla.

Era preciosa. Parecía sacada de un cuento como los que les cuentan a los niños, con vigas oscuras cruzando el techo, una cama con dosel discreto y unas cortinas de terciopelo verde que parecían demasiado lujosas para una habitación tan pequeña.

Un pequeño balcón daba al canal iluminado.

Bárbara dejó la maleta sobre la cama y se quitó el exceso de ropa, pues allí hacía bastante calor. La calefacción de la vieja casa funcionaba mucho mejor de lo que su aspecto exterior hacía sospechar.

Después se acercó a la ventana. La vista era espectacular: las luces se reflejaban en el agua. La gente caminaba despacio entre los mercados navideños, envuelta en bufandas y risas, ajena por completo a cualquier inquietud.

Por un momento, Bárbara se permitió simplemente mirar, sin analizar nada, sin buscar ángulos de reportaje ni frases para el artículo. Solo mirar.

Entonces volvió a sentirlo. Esa sensación incómoda de que alguien la observaba.

Miró hacia la calle y lo vio. El mismo hombre del puente, de pie y mirando directamente hacia su ventana. Bárbara tardó unos segundos en reaccionar.

Desde la ventana del hotel, la figura del hombre del abrigo oscuro permanecía inmóvil al otro lado del canal, apenas iluminada por la luz dorada de una farola.

Había algo desconcertante en él, algo que no encajaba con la alegría bulliciosa del mercadillo navideño que seguía latiendo unas calles más allá. No parecía un turista perdido. No estaba mirando los adornos. No se refugiaba del frío. Solo estaba allí, observando. Bárbara entornó los ojos.

El cristal empañado y la distancia no le permitían distinguir sus facciones, pero habría jurado que la estaba mirando directamente a ella.

Se preguntó, con un punto de inquietud que intentó disimularse a sí misma, cuánto tiempo llevaría allí parado, si la había seguido desde el puente o si simplemente la casualidad volvía a colocarlo en su camino. Ninguna de las dos opciones le resultaba especialmente reconfortante.

Como si hubiera advertido que ella lo había descubierto, el hombre se dio la vuelta con una calma exasperante y echó a andar.

Sin prisa y sin mirar atrás, desapareció al final de la calle, tragado por la misma multitud festiva entre la que minutos antes se había esfumado en el puente.

Bárbara siguió de pie junto a la ventana unos segundos más, con una mano apoyada en el alféizar.

Notó el frío del alféizar bajo la mano y, sin saber por qué, un leve escalofrío le recorrió la espalda, uno que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación.

—Ridículo —se dijo en voz baja—. Has venido a descansar, no a inventarte paranoias.

Se obligó a apartarse del cristal y deshacer la maleta.

Colgó la ropa en el pequeño armario de madera, cuyas puertas chirriaron levemente al abrirse.

Dejó el neceser en el baño, diminuto pero impecable, con una bañera de patas de hierro que parecía sacada de otra época, y colocó su portátil sobre el escritorio de la habitación, justo frente a la ventana.

Se sentó, todavía con el abrigo a medio quitar, y dejó que la mirada se perdiera un instante en el reflejo de las luces sobre el canal antes de centrarse en la pantalla.

Lo abrió con intención de trabajar un poco, de aprovechar aquella belleza navideña, ese cambio de escenario, para encontrar por fin una historia que pudiera convertirse en un buen artículo o, con suerte, destapar un nuevo escándalo.

Miró la pantalla en blanco. Escribió una frase y la borró. Escribió otra y la borró también.

Probó un tercer comienzo, algo sobre las luces y los canales, pero le sonó a postal turística, exactamente lo contrario de lo que su editor esperaba de ella.

Apoyó la espalda en la silla y se frotó los ojos, cansada, preguntándose si realmente había hecho bien en viajar hasta allí o si solo había cambiado un techo gris por uno de vigas de madera para seguir igual de bloqueada.

Cinco minutos después cerró el ordenador. Colmar no había obrado ningún milagro. Todavía no.

Se levantó y corrió un poco las cortinas de terciopelo verde, lo suficiente para ocultar parcialmente la calle desde la cama, aunque sin atreverse a cerrarlas del todo.

Después se metió bajo el grueso edredón.

El colchón cedió con un suave crujido de madera vieja y el calor de la habitación, junto con el cansancio acumulado del viaje, empezó a pesarle en los párpados casi de inmediato.

Justo antes de quedarse dormida, con la mente ya medio sumergida en esa bruma confusa que precede al sueño, pensó de nuevo en el hombre del abrigo oscuro, en su sombrero anticuado, en la quietud casi antinatural con la que se quedaba de pie, observando, sin acercarse nunca, sin pronunciar palabra.

Se prometió a sí misma que, si volvía a verlo, esta vez no se conformaría con preguntarse quién era. Se lo preguntaría directamente a él.

Bárbara no podía saberlo entonces, pero aquella primera noche en Colmar, mientras dormía bajo el dosel discreto de la habitación 14, alguien más en la ciudad ya sabía exactamente quién era ella y por qué había llegado.