Capítulo 2 — Colmar
El taxi la dejó al borde del casco antiguo. El conductor no podía avanzar más por las calles estrechas y empedradas. Bárbara bajó del coche y se quedó inmóvil unos segundos.
Colmar parecía irreal. La nieve cubría suavemente los tejados y los canales reflejaban miles de luces navideñas que colgaban entre las casas como guirnaldas de estrellas.
El aire olía a canela, vino caliente y pan recién horneado.
Había gente por todas partes. Parejas caminando despacio, familias con niños que corrían entre los puestos del mercado… Música navideña sonando en algún punto de la plaza.
Bárbara sonrió por primera vez en semanas.
—Esto sí es un cambio de escenario —se dijo a sí misma.
Arrastró su maleta por las calles estrechas, intentando orientarse con el mapa del teléfono.
Las ruedas se atascaban entre los adoquines irregulares y más de una vez tuvo que levantarla en brazos para salvar un escalón de piedra gastado por siglos de pisadas.
Pasó junto a un puesto donde vendían pan de especias, otro donde preparaban vino caliente, otro lleno de adornos navideños artesanos: bolas de cristal pintadas a mano, estrellas de paja, pequeñas figuras de madera talladas con un detalle casi obsesivo.
Una mujer mayor, envuelta en un chal de lana, le ofreció una pequeña galleta de canela «para dar la bienvenida».
Bárbara la aceptó sin pensarlo y el sabor dulce y especiado le pareció, por un instante, la cosa más reconfortante que había probado en meses.
Durante unos minutos se olvidó completamente del artículo. De la revista, de la presión. Simplemente caminó.
Llegó a una plaza más amplia, dominada por un enorme abeto cubierto de luces blancas y lazos rojos y entonces el ambiente cambió de golpe: la música se hizo más intensa, la gente comenzó a agolparse a ambos lados del canal, y un murmullo de expectación recorrió la multitud.
—¿Qué pasa? —le preguntó a una mujer que sujetaba a un niño pequeño sobre los hombros.
—Le défilé! —respondió la mujer, sonriendo. El desfile de San Nicolás, cada tarde, a esta hora.
Bárbara se abrió paso entre la gente hasta llegar a la orilla del canal, justo a tiempo.
Una pequeña barcaza decorada con guirnaldas y faroles avanzaba lentamente por el agua, con San Nicolás, de barba blanca, mitra y báculo, saludando desde la embarcación, repartiendo caramelos que lanzaba a la orilla con generosidad.
Detrás de la barcaza iba otra, también decorada, con un coro de niños vestidos con capas rojas y gorros de terciopelo que cantaba villancicos en francés y alsaciano. Sus voces flotaban sobre el agua y se mezclaban con el repique distante de unas campanas.
El reflejo de las luces en el canal se quebraba con cada movimiento de la embarcación, creando una especie de baile dorado sobre la superficie negra del agua.
Bárbara se quedó allí, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, observando la escena con una atención que no era del todo periodística.
Por un momento dejó de pensar en titulares y en escándalos, y simplemente se permitió sentir aquello: el frío en la cara, la música, la luz, la sensación extraña y agradable de estar en un lugar que parecía existir fuera del tiempo.
Cuando la barcaza se perdió bajo el siguiente puente y el coro terminó su última estrofa entre aplausos, la multitud se dispersó poco a poco, derramándose de nuevo por las calles adyacentes, hacia los puestos del mercado y las tiendas iluminadas.
Bárbara siguió la corriente sin un destino concreto, dejándose llevar por el espectáculo de las fachadas: ventanas con cortinas de encaje y velas encendidas, balcones cargados de guirnaldas, fachadas pintadas en tonos rosa, azul pastel y verde botella, todas coronadas por tejados blancos de nieve que parecían sacados de una postal demasiado perfecta para ser real.
En una esquina, justo donde dos calles empedradas se cruzaban, se topó con una tienda enorme, mucho más grande que cualquiera de los puestos del mercado, con un escaparate iluminado de arriba abajo.
Un cartel de madera tallada anunciaba: Maison du Pain d'Épices.
Bárbara entró por curiosidad y se encontró con un universo entero dedicado al pan de jengibre: galletas en forma de estrella, de corazón, de campana, de hombrecillos sonrientes con botones de azúcar glas, casas de jengibre enteras decoradas como auténticas miniaturas de Colmar, con sus mismas fachadas de colores reproducidas en azúcar.
Más allá, en otra sección de la tienda, se amontonaban los souvenirs: bolas de cristal con la silueta de la ciudad nevada dentro, imanes con forma de cigüeña —símbolo de Alsacia, según le explicó una vendedora sonriente—, manteles bordados, tarros de mostaza local y mermelada de frutas del bosque e incluso pequeñas farolas de hojalata idénticas a las que colgaban de las fachadas de la ciudad.
—¿Primera vez en Colmar? —le preguntó la vendedora al ver que Bárbara sostenía una de las casitas de jengibre con una mezcla de fascinación y escepticismo profesional.
—Sí. Y debo admitir que no esperaba… todo esto.
La mujer rio suavemente.
—Mucha gente dice lo mismo. Colmar en Navidad no es como otros sitios. Aquí la gente se lo toma muy en serio.
Bárbara compró una pequeña bolsa de galletas de jengibre, más por cortesía que por hambre, y salió de nuevo a la calle, donde el frío volvió a recibirla con su mordisco habitual, esta vez casi agradable después del calor especiado de la tienda.
Siguió caminando sin prisa, dejando que las calles se estrecharan de nuevo, que las luces se multiplicaran en cada esquina, que el olor a vino caliente se mezclara con el de las castañas asadas que un hombre vendía desde un pequeño carrito de hierro.
Compró un vaso de vino caliente solo para tener algo entre las manos, más por el calor que por las ganas de beberlo.
El vapor le humedeció el rostro durante unos segundos, y cuando se pasó la mano para apartarse el vaho, algo en el ambiente pareció cambiar, aunque no podría haber explicado exactamente qué.
Entonces ocurrió algo extraño. Mientras cruzaba uno de los pequeños puentes sobre el canal, tuvo la sensación de que alguien la observaba. No fue una mirada fugaz. Fue esa sensación clara, incómoda, que aparece cuando alguien fija los ojos en ti durante demasiado tiempo.
Bárbara levantó la cabeza. Un hombre estaba de pie al otro lado del puente. Abrigo oscuro, sombrero antiguo. No parecía un turista y no estaba mirando el paisaje. La estaba mirando a ella, directamente.
Durante unos segundos ninguno de los dos se movió.
El bullicio del mercado pareció apagarse un poco, como si la escena ocurriera dentro de una burbuja aparte del resto de la ciudad.
Bárbara notó que se le tensaban los hombros. Era ese viejo instinto de reportera que aprende a reconocer cuando algo no encaja, aunque no sepa todavía explicar por qué.
El hombre no sonrió ni hizo ningún gesto de saludo. Simplemente la observaba, con una atención que no parecía casual ni curiosa, sino deliberada, como quien busca confirmar algo que ya sospechaba. Luego el hombre bajó la mirada, se dio la vuelta y desapareció entre la multitud.
Bárbara se quedó unos segundos más sobre el puente, con el vaso de vino caliente enfriándose entre las manos, recorriendo con la mirada los abrigos oscuros, buscando a alguien con sombrero, pero ya no había rastro de él. Como si se lo hubiera tragado la propia ciudad.
Frunció el ceño. Probablemente no era nada. Solo un desconocido más entre cientos de visitantes.
Trató de convencerse de ello mientras reanudaba la caminata, repitiéndose que llevaba demasiado tiempo buscando conspiraciones donde solo había coincidencias, que el cansancio y la falta de inspiración le estaban jugando una mala pasada, transformando una mirada cualquiera en el principio de una historia que su mente, hambrienta de un buen titular, necesitaba desesperadamente encontrar.
Aun así, la sensación de inquietud tardó varios minutos en desaparecer e incluso cuando finalmente se decidió a buscar su hotel, arrastrando la maleta entre el gentío que seguía disfrutando de las luces y la música, no pudo evitar mirar una o dos veces por encima del hombro.
Bárbara no podía saberlo entonces, pero aquel pueblo, tan perfecto, tan luminoso, tan lleno de villancicos y galletas de jengibre, ya había empezado a fijarse en ella.
Y ella, sin saberlo todavía, también acababa de empezar a fijarse en él.