La última Navidad de Sophie Capítulo 1 — Edimburgo
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La última Navidad de Sophie

La última Navidad de Sophie

Por Lola Vega

© inepub.com

Capítulo 1 — Edimburgo

Bárbara MacLeod observaba las gotas deslizarse por el ventanal de su despacho como si fueran frases que alguien hubiese escrito mal y ahora se negaran a desaparecer. Frases inútiles, palabras que no llevaban a ninguna parte.

Sobre la mesa del despacho había cinco tazas de café frío, una libreta abierta y el ordenador portátil mostrando una pantalla casi en blanco. Una sola frase, y ni siquiera era buena. Bárbara suspiró y se recostó en la silla.

El cursor parpadeaba con una paciencia irritante, como si se burlara de ella.

Ganadora del Premio Pulitzer por una investigación publicada por un prestigioso medio estadounidense, columnista estrella durante diez años.

La periodista que había destapado escándalos políticos en tres países. Y ahora no era capaz de escribir ni una maldita página.

—Fantástico —murmuró. Se levantó y caminó por la casa.

Su vivienda estaba en Morningside, una tranquila zona residencial al sur de Edimburgo, un barrio elegante donde las casas de piedra parecían llevar siglos soportando el frío escocés.

Ese silencio solía gustarle, pero últimamente era insoportable. Porque el silencio traía pensamientos, y los pensamientos siempre terminaban en lo mismo.

Pasó por el pasillo donde colgaban, enmarcados, los recortes de sus mejores reportajes. Una portada sobre corrupción municipal en Glasgow, otra sobre una red de blanqueo de capitales en Lisboa.

Premios, felicitaciones, entrevistas en prensa y televisión.

Todo eso parecía pertenecer a otra Bárbara, una que sabía exactamente qué buscar y dónde encontrarlo. La Bárbara actual solo sabía mirar paredes vacías.

Tenía un contrato. Su editor, Andrew Collins, había sido claro. Entrega del artículo: 15 de diciembre.

Faltaban seis semanas, y no tenía historia, ni siquiera un escándalo decente que pudiera impresionar a su editor. Ni una idea mediocre.

Volvió al despacho, abrió el correo electrónico y releyó el mensaje de Andrew:

Bárbara, confiamos plenamente en tu talento, pero necesitamos fechas claras.

En otras palabras: entrega el artículo… o empezaremos a preocuparnos.

Había otro correo debajo, sin abrir, de hacía tres días. Lo abrió por costumbre más que por interés.

Era otro mensaje relacionado con la revista, recordándole con amabilidad forzada que necesitaban «algo grande, algo con corazón, algo que la gente quisiera compartir».

Bárbara casi se rio.

Hacía meses que no sentía nada parecido al corazón en su trabajo, solo cansancio y un vacío que no sabía nombrar.

Bárbara cerró el portátil con un golpe seco. Necesitaba aire. Se dejó caer en el sofá y abrió Instagram casi por reflejo, sin esperar encontrar nada interesante. Fotos de desayunos, perros vestidos con abrigos ridículos, influencers hablando de velas aromáticas…

Deslizó la pantalla sin atención hasta que algo la hizo detenerse. Una fotografía: un pueblo que parecía salido de un cuento. Era una publicación de la Navidad anterior. Casas de colores, calles empedradas, luces doradas colgando sobre la nieve. Mercadillos navideños llenos de gente.

Debajo de la imagen se leía: «Colmar. El pueblo más mágico de la Navidad en Europa».

Bárbara frunció el ceño. Había oído hablar de Colmar, pero no lo imaginaba así. La publicación mostraba varias imágenes: canales que reflejaban luces, ventanas decoradas, panaderías llenas de dulces navideños. Parecía… irreal. Como si alguien hubiese construido una ciudad únicamente para diciembre.

Siguió deslizando la pantalla. Más fotos, comentarios de turistas extasiados, vídeos cortos de gente bebiendo vino caliente entre fachadas de casas con entramados de madera y colores pastel.

Una mujer escribía: «Vine sola y fue la mejor decisión de mi vida».

Otro comentario decía: «Simplemente magia».

Bárbara siempre había desconfiado de cualquier cosa que sonara demasiado bonita. Sintió sin embargo una punzada extraña, algo parecido a la curiosidad.

Se quedó mirando la pantalla durante unos treinta segundos y entonces tuvo un pensamiento que apareció de la nada.

Tal vez el problema no era la historia. Quizá el problema era Edimburgo.

El mismo escritorio, la misma lluvia, el mismo silencio.

Quizá lo que necesitaba no era inspiración.

Quizá necesitaba desaparecer unos días.

Se levantó del sofá y volvió a sentarse frente al ordenador, esta vez con una energía distinta, casi nerviosa.

Abrió una pestaña nueva y escribió «Colmar Navidad» en el buscador.

Cientos de resultados aparecieron en pantalla: artículos de viajes, vídeos de drones sobrevolando los canales iluminados, recomendaciones de hoteles con vigas de madera y chimeneas encendidas. Cuanto más leía, más se convencía de que aquello no era solo un pueblo bonito.

Había algo en la manera en que algunos artículos hablaban de las tradiciones locales, en las leyendas alsacianas mencionadas de pasada y en pequeñas historias sobre la ciudad que apenas ocupaban unas líneas.

Una periodista con su instinto no podía ignorar esas pequeñas grietas en la superficie perfecta. Volvió a mirar la fotografía. Colmar, Francia, Navidad.

Sin pensarlo demasiado, abrió el navegador y buscó vuelos, comparó precios, miró alojamientos disponibles para finales de noviembre.

Su dedo dudó sobre el botón de reservar durante un instante, el mismo instante en que la Bárbara prudente de siempre le habría dicho que aquello era una locura, una huida disfrazada de viaje de trabajo.

Pero la Bárbara cansada, la que llevaba semanas mirando una pantalla en blanco, ya había decidido. Treinta minutos después tenía un vuelo reservado para el veintisiete de noviembre.

Cerrar el portátil, caminar por calles desconocidas. Beber vino caliente en algún mercado navideño.

Y, con suerte, volver con una historia.

Esa noche, mientras hacía la maleta sin demasiado orden, metiendo jerséis y un abrigo grueso entre cuadernos y bolígrafos, sintió algo que no había sentido en mucho tiempo: una especie de expectación, casi infantil, como si por un momento hubiese dejado de ser la periodista de prestigio agotada y volviera a ser la chica que hacía la maleta antes de cada nuevo reportaje con el corazón acelerado.

Apagó la luz del despacho, dejando atrás las cinco tazas de café frío y la pantalla en blanco que tanto la había atormentado.

Por primera vez en semanas, durmió sin pensar en la fecha límite.

Bárbara no podía saberlo entonces, pero aquel viaje iba a cambiar muchas cosas.

Porque en Colmar la Navidad era hermosa, pero también escondía muchos secretos.