Capítulo 27
La verdad
La antigua clínica estaba mucho más cerca de lo que Daniel recordaba.
Mientras conducía, las luces de la carretera atravesaban el parabrisas y desaparecían detrás de ellos, pero él apenas las veía.
Su mente seguía atrapada en la fotografía que habían encontrado en la casa de verano.
Daniel y Clara frente a la clínica. La imagen había sido tomada antes de que ellos llegaran allí.
Aquello significaba que alguien había sabido exactamente adónde iban.
No estaban siguiendo una pista. Alguien los estaba conduciendo hacia ella.
Clara permanecía en silencio en el asiento del copiloto. Había vuelto a leer varias veces el documento médico que habían encontrado, como si esperara que las palabras cambiaran.
—Hay algo que no entiendo —dijo finalmente—. Si nos sometieron al mismo procedimiento, ¿por qué yo recuerdo tan poco y tú recuerdas cada vez más?
Daniel no respondió de inmediato. La pregunta llevaba horas persiguiéndolo.
—Quizá no querían borrar lo mismo de los dos.
Clara lo miró.
—¿Qué quieres decir?
—A mí necesitaban hacerme creer una historia. A ti necesitaban hacerte olvidar que esa historia era falsa.
Clara bajó lentamente el documento.
Por primera vez, aquella posibilidad parecía explicar demasiadas cosas.
Cuando llegaron a la clínica, encontraron la verja abierta. El edificio permanecía abandonado desde hacía años, pero una de las ventanas del segundo piso tenía luz. Daniel apagó el motor y permaneció unos segundos sin moverse.
—No estamos solos —dijo.
Clara miró hacia el edificio.
—Lo sé.
Entraron por la puerta principal. El interior olía a humedad y polvo.
Los pasillos estaban cubiertos de fotografías antiguas, algunas arrancadas de las paredes y otras medio ocultas detrás de muebles abandonados.
Daniel avanzó siguiendo el recuerdo que acababa de aparecer en su mente: una escalera, una puerta gris y un pequeño número metálico.
17.
Se detuvo delante de ella.
Clara se acercó.
—Otra vez el diecisiete.
Daniel introdujo la llave que habían encontrado en la casa de verano. La cerradura cedió.
La habitación estaba vacía, excepto por una mesa y un antiguo monitor. Sobre la mesa había una carpeta con sus nombres.
DANIEL.
CLARA.
Debajo de ambos nombres había una tercera carpeta.
LAURA.
Daniel sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
Abrió la carpeta de Laura.
Había fotografías, informes y varias páginas arrancadas. En una de ellas aparecía una frase subrayada:
«Laura recuerda las dos versiones.»
Daniel levantó la mirada.
—Por eso la hicieron desaparecer.
Clara negó lentamente con la cabeza.
—No. Eso explica por qué querían silenciarla, pero no por qué nos utilizaron a nosotros.
Daniel siguió leyendo.
Entonces encontró una grabación.
Introdujo el pequeño dispositivo en el reproductor.
La voz de su madre llenó la habitación.
—Si estás escuchando esto, Daniel, significa que finalmente has llegado hasta aquí. No sé qué versión de tu memoria habrá sobrevivido. Tampoco sé qué te habrán hecho creer. Pero hay algo que debes entender antes de seguir buscando a Laura.
La grabación se interrumpió durante unos segundos.
Después continuó.
—Laura no fue el principio. Y tampoco fue la persona que inició todo esto.
Daniel cerró los ojos.
La voz de su madre continuó:
—El verdadero principio fue Clara.
La habitación pareció quedarse sin aire.
Clara dio un paso atrás.
—No.
Daniel la miró, incapaz de encontrar una explicación.
La grabación siguió.
—Cuando Clara tenía ocho años, vio algo que nunca debía haber visto.
No sabía lo que significaba, pero recordó una conversación entre su padre y un hombre de la clínica.
Esa conversación hablaba de niños, de recuerdos y de una identidad que debía desaparecer.
Su padre comprendió que Clara podía convertirse en un peligro.
Clara empezó a llorar en silencio.
—Por eso decidieron utilizar a Daniel —continuó la voz—. Querían crear una memoria falsa que pudiera cubrir lo que Clara había visto. Pero cometieron un error. Daniel no olvidó completamente. Una parte de él siguió recordando a Laura.
Daniel abrió los ojos.
La verdad empezaba a encajar.
Laura no había sido elegida por casualidad.
Clara tampoco.
Y él tampoco.
Todos habían formado parte del mismo experimento mucho antes de aquella noche.
La grabación continuó:
—Daniel, si estás escuchando esto, debes saber que yo intenté detenerlos. Tu padre descubrió lo que estaba haciendo y amenazó con quitarme a mis hijos. No tuve otra opción que colaborar durante un tiempo. Pero cuando comprendí lo que realmente pretendían hacer contigo, decidí esconder la prueba.
La voz de su madre se quebró.
—La prueba no es un documento. Es una persona.
Daniel miró a Clara.
En ese momento, alguien cerró la puerta de la habitación.
Los dos se giraron.
Una voz habló desde el otro lado.
—Por fin lo habéis entendido.
Daniel reconoció aquella voz inmediatamente.
Era la misma voz que había escuchado en las llamadas de madrugada.
La voz de su padre.
Clara se quedó inmóvil.
—Eso es imposible —susurró.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Daniel sintió que todas las piezas que había reunido durante aquellos días estaban a punto de encajar, pero había una última pregunta que seguía sin respuesta.
Si su padre estaba vivo, ¿quién había muerto hacía tantos años?
La puerta terminó de abrirse.
El hombre que apareció al otro lado era mayor, pero Daniel lo reconoció.
No por su rostro.
Por su voz.
El hombre observó primero a Daniel y después a Clara.
—Habéis tardado demasiado.
Daniel avanzó un paso.
—¿Dónde está Elena?
El hombre sonrió con una calma inquietante.
—Esa es la pregunta equivocada.
—¿Dónde está Laura?
La sonrisa desapareció.
—Otra pregunta equivocada.
Daniel apretó los puños.
—Entonces dime la verdad.
El hombre lo miró fijamente.
—La verdad es que Laura nunca fue la persona que desapareció.
Clara palideció.
El hombre señaló la tercera carpeta sobre la mesa.
—La persona que desapareció aquella noche fue Daniel.
El silencio que siguió fue absoluto.
Daniel miró a Clara.
Después volvió a mirar al hombre.
—Yo estaba allí.
—No —respondió él—. Tú recuerdas estar allí.
Daniel sintió que el suelo parecía moverse bajo sus pies.
El hombre dio un paso hacia la habitación.
—Y esa es la última mentira que todavía necesitas descubrir.
Entonces las luces se apagaron.
Cuando volvieron a encenderse, el hombre había desaparecido.
Sobre la mesa, junto a las tres carpetas, había aparecido una fotografía nueva.
Daniel la levantó.
En ella aparecía él mismo.
Pero la fecha escrita detrás correspondía a la noche en que Laura desapareció.
Y Daniel no estaba solo.
A su lado estaba Elena.
Y detrás de ellos aparecía Clara.
La fotografía demostraba algo imposible:
Clara había estado allí.
Pero según todos los recuerdos que habían recuperado, Clara nunca había salido de casa aquella noche.
Daniel dio la vuelta a la fotografía.
Había una última frase escrita detrás.
«Ahora ya conoces la verdad. Lo que todavía no sabes es quién te convirtió en el culpable.»