La última Mentira Capítulo 28
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Capítulo 28

El verdadero secreto

D aniel sostuvo la fotografía durante varios segundos sin ser capaz de apartar los ojos de ella.

La imagen parecía sencilla, casi insignificante, pero cada detalle destruía una parte de lo que había creído durante años.

Elena estaba a su lado. Clara aparecía detrás de ellos.

Y Laura no estaba en ninguna parte. Sin embargo, la fecha demostraba que aquella fotografía había sido tomada la misma noche en que todos aseguraron que Laura había desaparecido.

Daniel volvió a mirar el rostro de Clara y comprendió que la pregunta ya no era dónde había estado ella aquella noche, sino qué le habían hecho recordar después.

Clara tomó la fotografía con manos temblorosas y observó el fondo de la imagen. Detrás de ellos había una puerta parcialmente abierta. Sobre la puerta aparecía un pequeño número metálico.

—La habitación del hotel —murmuró.

Daniel asintió lentamente.

—Pero nosotros recordábamos que tú nunca estuviste allí.

Clara cerró los ojos. Durante unos segundos permaneció inmóvil, como si intentara entrar en un lugar de su memoria al que había pasado años sin poder acceder.

Entonces apareció un recuerdo. No llegó como una imagen completa, sino como fragmentos: una luz amarillenta, el olor de un pasillo antiguo, la mano de Elena sobre su hombro y una voz masculina diciéndole que no mirara hacia atrás.

Clara abrió los ojos de golpe.

—Yo estuve en esa habitación.

Daniel no respondió.

—Recuerdo a Laura —continuó ella—. Estaba llorando. Y tú estabas discutiendo con alguien.

—¿Con quién?

Clara volvió a mirar la fotografía.

—Con tu padre.

Daniel sintió una presión en el pecho. Durante semanas había buscado a su padre en recuerdos deformados, grabaciones y voces imposibles.

Ahora, por primera vez, comprendía que quizá nunca había estado buscando a un hombre.

Había estado buscando el momento exacto en que su propia memoria había sido destruida.

Clara siguió hablando mientras el recuerdo regresaba poco a poco.

—Laura quería marcharse. Decía que había descubierto lo que estaban haciendo. Tu padre intentaba convencerla de que no podía contarle nada a nadie. Elena estaba allí, pero no estaba de acuerdo con él. Tú te pusiste delante de Laura para protegerla.

Daniel bajó la mirada.

Una sensación extraña recorrió su cuerpo. No era exactamente un recuerdo, sino la certeza de haber vivido algo que durante años había permanecido oculto detrás de una puerta cerrada.

—¿Qué ocurrió después?

Clara tardó en contestar.

—Entró otra persona.

—¿Quién?

Clara negó con la cabeza.

—No podía verle la cara.

Daniel tomó la fotografía otra vez. Amplió mentalmente cada detalle del fondo hasta fijarse en una sombra detrás de la puerta. La figura llevaba una chaqueta oscura. En una mano sostenía algo pequeño.

Un teléfono.

Daniel sintió un escalofrío.

—La grabación.

Clara lo miró.

—¿Qué grabación?

Daniel recordó el antiguo dispositivo que habían encontrado en la clínica. Lo sacó de su bolsillo y lo encendió. Había un archivo que no habían escuchado porque estaba protegido con una contraseña.

La pantalla mostró una única palabra.

CLARA.

Ella retrocedió.

—No quiero escucharlo.

Daniel la miró durante unos segundos antes de pulsar el botón.

Primero se escuchó ruido.

Después, la voz de una niña.

Era Clara.

—No quiero olvidarlo.

Daniel sintió que se le helaba la sangre.

La grabación continuó.

—Si me hacen olvidar, Daniel también olvidará. Y entonces Laura desaparecerá para siempre.

Después apareció la voz de su madre.

—No podemos permitir que recuerdes esto.

La niña comenzó a llorar.

—Pero tú dijiste que él nos iba a ayudar.

Hubo un silencio.

Entonces la voz de su madre respondió:

—Daniel no sabe todavía quién es.

La grabación terminó.

Clara se llevó una mano a la boca.

Daniel permaneció inmóvil.

Aquella frase era más inquietante que cualquier otra cosa que hubieran descubierto.

Daniel no sabe todavía quién es.

—¿Qué significa eso? —preguntó Clara.

Antes de que Daniel pudiera responder, el teléfono de la habitación comenzó a sonar.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Ninguno de los dos quería contestar.

Finalmente, Daniel levantó el auricular.

No escuchó ninguna palabra.

Solo respiración.

Después llegó una voz femenina.

—Daniel, si quieres encontrar a Laura, deja de buscar a los muertos.

Daniel reconoció la voz.

Era Elena.

—¿Dónde estás?

—Donde siempre estuve.

—Eso no significa nada.

—Sí significa algo. Solo que todavía no puedes verlo.

Daniel apretó el teléfono.

—¿Quién es mi padre?

Hubo un silencio prolongado.

—La persona que te enseñó a recordar.

Daniel cerró los ojos.

—¿Y quién soy yo?

La respuesta tardó varios segundos.

—La persona que todos necesitaron que olvidara.

La llamada terminó.

Clara miró a Daniel.

—¿Era Elena?

Él dejó lentamente el auricular.

—Sí.

—Entonces está viva.

Daniel negó con la cabeza.

—No estoy seguro.

Sobre la mesa, la fotografía comenzó a deslizarse lentamente porque el aire que entraba por una ventana había levantado uno de sus extremos. Debajo apareció otra imagen que ninguno de los dos había visto antes.

Daniel la tomó.

Era una fotografía antigua de tres niños.

Daniel.

Clara.

Y Laura.

Pero esta vez había algo diferente.

En la parte posterior estaba escrita una fecha de muchos años antes de la desaparición de Laura.

Y debajo de la fecha, una frase que cambió por completo el significado de todo lo que habían descubierto:

«Laura no llegó a nuestra familia. Nació dentro de ella.»

Daniel levantó lentamente la mirada.

Clara estaba pálida.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo una palabra.

Porque si aquella frase era cierta, significaba que la historia de Laura no había comenzado la noche de su desaparición.

Había comenzado mucho antes.

Y la persona que había estado mintiendo durante todos aquellos años no era un desconocido.

Era alguien de su propia familia.