La última Mentira Capítulo 20
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Capítulo 20

El rostro en el espejo

D aniel permaneció frente a la pantalla del teléfono mientras la fotografía desaparecía lentamente.

La frase seguía allí, clavada en su mente: «Dos mienten.

Una todavía no recuerda.» No sabía quién había enviado el mensaje, pero empezaba a comprender que aquella persona conocía cada uno de sus movimientos.

Sabía que estaban en la casa de verano, sabía que habían encontrado la habitación oculta y, lo más inquietante, parecía saber cosas sobre sus recuerdos que ni siquiera Daniel conocía.

Clara miró al hombre que seguía junto a la puerta.

Después observó a Daniel. Ninguno de los dos parecía dispuesto a confiar en el otro, y aquel era precisamente el efecto que buscaba quien había enviado el mensaje.

Daniel comprendió que podían pasar horas interrogándose mutuamente sin llegar a ninguna parte.

Si querían descubrir quién estaba mintiendo, necesitaban encontrar algo que no pudiera ser manipulado con palabras.

—El espejo —dijo Daniel.

Clara frunció el ceño.

—¿Qué espejo?

Daniel señaló una de las fotografías antiguas que había quedado apoyada contra la pared.

En el fondo aparecía un espejo idéntico al que había visto en la primera fotografía de su infancia.

Hasta ese momento había considerado el reflejo un simple detalle, pero ahora comprendía que su madre había colocado las imágenes de una manera demasiado precisa.

Si quería esconder algo, quizá no lo había hecho delante de la cámara, sino dentro de lo que la cámara podía reflejar.

Se acercaron al espejo que había en la habitación oculta. Era antiguo, alto y estaba cubierto por una fina capa de polvo. Daniel limpió una parte del cristal con la manga. Durante unos segundos solo vio su propio reflejo y el de Clara detrás de él. Después apareció algo extraño.

Había una tercera figura.

Daniel se giró inmediatamente.

No había nadie.

Volvió a mirar el espejo.

La figura seguía allí.

Era una mujer.

Estaba detrás de Clara.

Daniel sintió que el cuerpo se le quedaba completamente rígido. Clara lo observó a través del reflejo y comprendió que algo había ocurrido.

—¿Qué ves?

Daniel levantó lentamente la mano y señaló el cristal.

La mujer del reflejo tenía el mismo rostro que la persona de las fotografías de la estación. Pero esta vez no estaba lejos. Estaba detrás de ellos, dentro de la habitación, aunque ninguno podía verla directamente.

El hombre junto a la puerta se acercó.

Al ver el espejo, su expresión cambió.

—No deberíais haberlo encontrado.

Daniel se volvió hacia él.

—¿Qué es?

El hombre no respondió.

Daniel agarró el espejo por uno de los laterales y descubrió una pequeña ranura en la parte posterior. Tiró con fuerza y la madera cedió. Dentro había un sobre cuidadosamente protegido por plástico.

En el sobre aparecía una sola palabra:

CLARA.

Ella lo miró sin comprender.

—Ábrelo.

Clara sacó una fotografía.

Era una imagen antigua de una habitación de hospital. Una mujer estaba sentada junto a una cama. El rostro de la mujer estaba parcialmente oculto, pero Daniel reconoció inmediatamente la habitación.

Era la misma habitación blanca que había aparecido en sus recuerdos.

Clara dio la vuelta a la fotografía.

En el reverso había una frase escrita por Elena:

«El recuerdo que buscas no pertenece a Daniel.»

Clara levantó la mirada.

—¿Entonces a quién pertenece?

Daniel no tuvo tiempo de responder.

El hombre de la puerta habló con una voz mucho más baja.

—A ti.

Clara se quedó inmóvil.

El hombre continuó.

—Tú estuviste allí la noche que Laura desapareció. Pero alguien consiguió convencerte de que eras demasiado pequeña para recordarlo.

Clara negó lentamente con la cabeza.

—No.

—Sí.

—Yo recuerdo aquella noche.

El hombre la miró fijamente.

—Recuerdas lo que te dejaron recordar.

Las palabras hicieron que Clara retrocediera. De pronto llevó una mano a la cabeza. Una imagen comenzó a formarse en su mente: una habitación oscura, Laura llorando, Elena discutiendo con alguien y su madre diciéndole que no mirara hacia la puerta.

Después apareció otra imagen.

Un espejo.

Clara estaba frente a él.

Y detrás de ella había una niña.

La misma niña que Daniel había visto en la fotografía.

Clara abrió los ojos de golpe.

—Era yo.

Daniel se acercó.

—¿Qué has recordado?

Clara respiró profundamente. Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos, pero no apartó la mirada.

—Yo no estaba mirando a Laura aquella noche.

Daniel esperó.

—Estaba mirando a otra persona.

El hombre junto a la puerta cerró los ojos.

Clara continuó hablando, cada vez más segura.

—Había alguien detrás del espejo. Alguien que estaba observándonos.

Daniel volvió a mirar el cristal.

—¿Quién?

Clara negó con la cabeza.

—No podía verle la cara.

Entonces el espejo se agrietó.

El sonido seco hizo que los tres retrocedieran.

Una segunda grieta apareció en el centro del cristal y, lentamente, una parte del espejo cayó al suelo.

Detrás del cristal había otra fotografía.

Daniel la recogió.

Esta vez no aparecía Laura.

No aparecía Elena.

No aparecía su madre.

La fotografía mostraba a Daniel y Clara cuando eran niños, sentados juntos en el jardín de la casa de verano.

Entre ellos había una tercera persona.

Una niña.

Daniel observó su rostro.

Clara también.

Y ambos comprendieron al mismo tiempo que aquella niña no era una desconocida.

Era la mujer de la estación.

Pero había algo todavía más inquietante.

En el reverso de la fotografía aparecía una fecha y una frase:

«Ella no desapareció. La hicieron desaparecer de vuestra memoria.»

Daniel levantó lentamente la mirada hacia el espejo roto.

Por primera vez comprendió que la mujer de la estación no había regresado para perseguirlos.

Había regresado porque ellos habían sido los únicos que podían recordar quién era.

Y quizá la verdadera pregunta ya no era dónde había estado durante todos aquellos años.

Era por qué alguien había necesitado borrar su existencia de la memoria de Daniel y Clara.