Capítulo 19
La verdad equivocada
D aniel miró su teléfono sin comprender cómo podía estar recibiendo una llamada desde su propio número.
La pantalla permanecía encendida, mostrando su nombre y su fotografía, como si alguien hubiera tomado el control del dispositivo.
Clara observaba la llamada con el mismo desconcierto.
El hombre que había permanecido junto a la puerta, en cambio, parecía haber entendido inmediatamente lo que estaba ocurriendo.
Su rostro había perdido el color y, por primera vez, ya no parecía tener el control de la situación.
Daniel rechazó la llamada.
El teléfono volvió a sonar casi inmediatamente.
Esta vez no respondió. Recordaba demasiado bien las advertencias de Inés sobre las llamadas después de las dos de la madrugada y comprendía que aquella no era una simple llamada.
Alguien quería que escuchara una voz. Alguien quería utilizar un recuerdo que todavía no podía distinguir de una mentira.
Daniel apagó el teléfono, pero antes de que la pantalla se oscureciera apareció un mensaje.
«La mujer de la estación no es quien crees. Pero tampoco lo eres tú.»
Daniel guardó el teléfono.
—¿Qué significa eso? —preguntó Clara.
—No lo sé.
El hombre de la puerta dio un paso hacia ellos.
—Sí lo sabes.
Daniel se volvió hacia él.
—Entonces dímelo.
El hombre permaneció en silencio durante unos segundos. Finalmente señaló la fotografía que Daniel sostenía entre las manos.
—Tu madre descubrió que estaban modificando tus recuerdos. Pensó que podía detenerlo, pero cometió un error. Descubrió demasiado tarde que algunas de las cosas que recordabas no eran recuerdos implantados. Eran recuerdos reales que alguien había conseguido ocultar.
Daniel sintió una presión en el pecho.
—¿Y Laura?
—Laura recordaba todo.
—¿Y yo?
El hombre bajó la mirada.
—Tú recordabas una parte.
Aquella respuesta resultó más inquietante que cualquier explicación.
Daniel había pasado los últimos días intentando reconstruir una noche perdida, convencido de que la verdad estaba escondida en algún lugar de su memoria.
Ahora comprendía que el problema no era únicamente que hubiera olvidado.
El verdadero problema era que alguien había mezclado recuerdos verdaderos con recuerdos falsos hasta conseguir que ya no pudiera distinguirlos.
Clara tomó la fotografía de las manos de Daniel y volvió a observarla.
—¿Quién es la niña?
El hombre no respondió.
Daniel sintió entonces que el recuerdo regresaba. El jardín de la casa de verano. Laura delante de él. Su madre detrás. Y aquella niña junto a la puerta. Esta vez consiguió ver algo más: la niña llevaba una pequeña pulsera de plata con una estrella grabada.
Clara se quedó inmóvil.
—Yo tenía una igual.
Daniel la miró.
—¿Qué?
Clara bajó la mirada hacia su muñeca.
Durante años había llevado aquella pulsera sin recordar quién se la había regalado.
La había encontrado entre sus pertenencias después de la muerte de su madre y siempre había pensado que era un objeto de su infancia sin importancia.
Ahora la pequeña estrella parecía adquirir un significado completamente diferente.
—Mi madre me la dio cuando era pequeña —dijo Clara—. Pero nunca me explicó por qué.
Daniel sintió que una nueva posibilidad aparecía delante de ellos.
La niña de la fotografía podía ser Clara.
Si era cierto, significaba que ella también había estado allí aquella noche.
Pero había algo que no encajaba.
La edad.
La fotografía era demasiado antigua.
Clara era mucho menor.
Daniel volvió a mirar la imagen y descubrió un detalle que había pasado por alto. La fecha escrita en el reverso no correspondía al día en que había sido tomada. Era una fecha posterior.
La fotografía había sido fechada deliberadamente para engañarlos.
—Esta no es la fotografía que creíamos —dijo.
El hombre de la puerta cerró los ojos.
—Ahora empiezas a entenderlo.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Quién cambió la fecha?
El hombre tardó demasiado en responder.
Y ese silencio fue suficiente.
—Elena —dijo Daniel.
El hombre no lo negó.
Daniel comprendió entonces que Elena no solo había estado dejando pistas. También había manipulado algunas de ellas. Había elegido qué mostrarles y qué ocultar. Incluso después de desaparecer, seguía conduciendo sus pasos hacia determinados lugares.
Clara lo miró con preocupación.
—Entonces, ¿cómo sabemos qué parte es verdad?
Daniel observó la cinta, la fotografía y la caja de madera.
—No lo sabemos.
En ese instante, el teléfono apagado volvió a encenderse solo.
La pantalla mostró una nueva fotografía.
Daniel la abrió.
Era una imagen de la casa de verano tomada desde el exterior.
Pero la fotografía había sido tomada hacía pocos segundos.
En la ventana de la habitación aparecían tres personas.
Daniel.
Clara.
Y el hombre.
Debajo había una frase.
«Tres personas dentro. Dos mienten. Una todavía no recuerda.»
Clara levantó lentamente la mirada hacia Daniel.
El hombre dio un paso atrás.
Y Daniel comprendió que, por primera vez desde que había comenzado aquella investigación, la pregunta ya no era quién estaba mintiendo.
La pregunta era mucho más peligrosa:
¿Cuál de ellos estaba mintiendo sin saberlo?