Capítulo 18
El recuerdo imposible
La puerta permaneció abierta durante varios segundos, pero Daniel fue incapaz de moverse.
El hombre estaba de pie en el umbral, parcialmente oculto por la oscuridad del pasillo, exactamente igual que en aquella fotografía de su infancia.
No podía distinguir completamente su rostro, pero ya no necesitaba hacerlo.
Había reconocido la voz. Era la misma voz que había escuchado en sus recuerdos, la misma que había aparecido en las grabaciones y la misma que había utilizado alguien para construir una versión de su pasado que Daniel había aceptado durante años como propia.
Lo que no podía comprender era la última frase que acababa de pronunciar: «Tu madre murió porque descubrió quién eras realmente. »
Clara permanecía junto a Daniel, observando al desconocido con una mezcla de miedo y desconcierto.
El hombre no avanzó hacia ellos. Parecía saber que no necesitaba hacerlo.
Había esperado demasiado tiempo para cometer un error ahora.
Su rostro continuaba escondido entre las sombras, pero su postura transmitía una tranquilidad inquietante, casi como si hubiera regresado a una habitación que conocía perfectamente.
Daniel comprendió entonces que aquella casa no solo había guardado secretos familiares.
También había sido utilizada para controlar lo que él debía recordar y lo que debía olvidar.
—¿Qué quieres decir con que sabes quién soy? —preguntó Daniel, intentando mantener la voz firme.
El hombre no respondió inmediatamente. Miró hacia el reproductor de cintas y después hacia la caja de madera que Daniel había dejado sobre la mesa.
Su atención se detuvo unos segundos en la fotografía de su madre.
Cuando finalmente habló, su tono fue tranquilo, casi cansado, como si aquella conversación hubiera comenzado muchos años antes y simplemente hubieran tardado demasiado en terminarla.
—Todavía estás haciendo la pregunta equivocada. No necesitas saber quién eres. Necesitas recordar lo que hiciste.
Las palabras golpearon a Daniel con más fuerza que cualquier amenaza.
Durante toda la investigación había buscado a una víctima, a un culpable, a alguien que hubiera manipulado sus recuerdos.
Había supuesto que él era el hombre al que habían engañado.
Nunca había considerado la posibilidad de que pudiera haber formado parte de aquello.
Sin embargo, la grabación de su infancia acababa de demostrar que conocía a Laura mucho antes de la noche de su desaparición.
Y si aquello era cierto, entonces la historia que le habían contado sobre ella no era simplemente incompleta.
Era una mentira construida alrededor de su propia participación.
El hombre dio un paso hacia la habitación.
—No le creas —dijo Clara.
Daniel giró ligeramente la cabeza.
—¿A quién?
—A nadie.
La respuesta de Clara hizo que ambos guardaran silencio.
Habían llegado a un punto en el que cada persona que aparecía parecía traer una parte de la verdad y otra parte de una mentira.
Elena había dejado pistas, pero también había ocultado información.
Inés había admitido haber participado en el tratamiento de Daniel, pero desconocían cuánto sabía realmente.
El padre de Daniel había construido una historia familiar falsa.
Y ahora aquel hombre aseguraba conocer la verdad sobre su infancia.
El desconocido señaló la cinta.
—Ponla otra vez.
Daniel miró el reproductor.
—Está dañada.
—No. Solo escuchaste la parte que alguien quería que escucharas.
Clara se acercó inmediatamente al aparato.
Volvió a colocar la cinta y presionó el botón.
El carrete comenzó a girar con dificultad.
Durante unos segundos solo se escucharon interferencias, pero después apareció nuevamente la voz infantil de Daniel.
Esta vez, sin embargo, había algo diferente.
Entre las palabras se podía escuchar otra conversación de fondo.
Una mujer lloraba.
Daniel reconoció la voz de su madre.
—No puedes hacerle esto.
Una voz masculina respondió.
—Ya está hecho.
—Es mi hijo.
—Precisamente por eso.
La grabación se distorsionó durante unos segundos y después volvió a escucharse al niño.
—Yo no hice nada.
Daniel cerró los ojos.
Aquella frase le resultaba insoportablemente familiar. La había repetido en sueños durante años sin saber de dónde procedía.
Yo no hice nada.
La cinta continuó.
—Daniel, mírame —dijo su madre.
El niño comenzó a llorar.
—¿Laura está viva?
La pregunta hizo que Daniel abriera los ojos de golpe.
Clara lo miró.
En la grabación, su madre tardó varios segundos en responder.
—Sí.
Daniel sintió que el aire desaparecía de la habitación.
Laura estaba viva.
No aquella noche.
No después de desaparecer.
Mucho antes.
La grabación continuó.
—¿Y por qué no puedo verla?
Su madre respiró profundamente antes de responder.
—Porque si la vuelves a ver, recordarán que tú también estabas allí.
La cinta se detuvo.
Daniel permaneció inmóvil, intentando comprender las palabras.
Durante años había creído que Laura había entrado en la vida de su familia poco antes de desaparecer.
Ahora descubría que había estado relacionada con él desde su infancia.
Pero había algo todavía más inquietante: su madre había hablado de otras personas que recordarían que él también estaba allí.
—¿Dónde estaba yo? —preguntó Daniel.
El hombre que permanecía en la puerta respondió con una calma perturbadora.
—En el mismo lugar que Laura.
Daniel lo miró.
—¿Dónde?
—Aquí.
Clara retrocedió lentamente.
—Eso no tiene sentido.
El hombre negó con la cabeza.
—Claro que lo tiene. Lo que no tiene sentido es el recuerdo que os dejaron.
Daniel volvió a mirar la habitación. Las paredes, las fotografías, la caja de madera y la cinta parecían formar una especie de escenario preparado para demostrarle algo.
Entonces observó una de las fotografías que había retirado de la pared.
En ella aparecía él con ocho años, junto a Elena y Laura.
Hasta ese momento había pensado que la imagen demostraba que Laura había estado allí.
Pero ahora vio algo que no había notado.
En el fondo aparecía un espejo.
Y en el reflejo podía verse a una cuarta persona.
Su madre.
Estaba detrás de la cámara.
Y sostenía algo en la mano.
Una pequeña grabadora.
Daniel tomó la fotografía y la acercó a la luz.
—Mi madre estaba grabándolo todo.
Clara se aproximó.
—Entonces la cinta no fue hecha por ellos.
Daniel negó lentamente.
—No. La hizo mamá.
El hombre permaneció en silencio.
Por primera vez desde que había entrado en la habitación, parecía incómodo.
Daniel lo observó con atención.
—Tú sabes lo que ocurrió.
El hombre no respondió.
—Y sabes dónde está la grabación original.
Aquella vez, el silencio fue suficiente.
Daniel comprendió que había acertado.
Se acercó a la pared donde había estado escondida la caja y comenzó a examinar las fotografías restantes.
Había algo que su madre había querido ocultar dentro de aquella habitación, pero no había utilizado una simple caja para guardarlo todo.
Había preparado un sistema de pistas. La fotografía.
La cinta. Los números. La habitación. Todo conducía a otro lugar.
Entonces encontró una fotografía diferente.
No aparecía Daniel.
No aparecía Laura.
No aparecía Elena.
Solo aparecía su madre frente a un edificio desconocido.
En el reverso había una dirección.
Clara leyó la información y palideció.
—Daniel, conozco este lugar.
Él la miró.
—¿Dónde está?
Clara tardó unos segundos en responder.
—Es una clínica.
Daniel sintió que el estómago se le cerraba.
—¿La clínica donde me trataron?
Clara negó lentamente.
—No.
Volvió a mirar la fotografía.
—Es la clínica donde trataron a tu madre antes de que tú nacieras.
Daniel sintió que todas las piezas comenzaban a moverse al mismo tiempo.
La mujer de la fotografía. Los archivos familiares.
Los tratamientos. Los recuerdos manipulados.
La caja. Laura. La muerte de su madre. Nada había comenzado con la desaparición de Elena.
Ni siquiera con aquella noche en el hotel.
El origen estaba mucho más atrás.
Y por primera vez comprendió que quizá la persona que había estado manipulando sus recuerdos no había empezado a hacerlo cuando él era adulto.
Quizá había empezado antes de que Daniel tuviera edad suficiente para distinguir un recuerdo real de una mentira.
El desconocido dio un paso atrás.
—Ahora entiendes por qué no querían que recordaras.
Daniel levantó la mirada.
—No. Todavía no.
El hombre lo observó durante unos segundos y finalmente dijo:
—Porque si recuerdas la primera vez que viste a Laura, descubrirás quién estaba contigo.
Daniel sintió que una nueva imagen aparecía en su mente.
Un jardín.
Una noche.
Laura frente a él.
Su madre detrás.
Y una niña que lloraba junto a la puerta.
Daniel se llevó una mano a la cabeza.
—No...
Clara lo sostuvo antes de que perdiera el equilibrio.
La imagen se hizo más clara.
La niña levantó el rostro.
Daniel reconoció sus ojos.
Reconoció su voz.
Reconoció incluso la pequeña cicatriz que tenía sobre la ceja.
Y entonces comprendió por qué aquella mujer de la fotografía le había resultado familiar desde el principio.
No era una desconocida.
No era una amiga de la familia.
No era una mujer que hubiera aparecido años después.
Era alguien que Daniel había conocido cuando era niño.
Alguien que había estado presente aquella noche.
Alguien cuya existencia había sido borrada de sus recuerdos.
Daniel abrió los ojos y miró a Clara.
—Ya sé quién es la mujer de la estación.
Clara esperó la respuesta.
Pero Daniel no llegó a pronunciar el nombre.
Porque en ese mismo instante, desde el exterior de la casa, sonó el teléfono de alguien.
Una melodía antigua.
La misma que su madre utilizaba cuando él era pequeño.
El hombre de la puerta palideció.
Y por primera vez, Daniel vio miedo en sus ojos.
El teléfono dejó de sonar.
Después comenzó de nuevo.
Y esta vez, la llamada procedía del número de Daniel.
Aunque su teléfono estaba en su bolsillo.