Capítulo 17
La cinta
D aniel colocó la mano sobre la pequeña puerta oculta y sintió que el frío de la madera le atravesaba los dedos.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, escuchando el ruido del coche que seguía detenido frente a la casa.
Alguien sabía que estaban allí. Alguien había tomado una fotografía desde el interior de aquella misma habitación sin que ellos hubieran visto a nadie.
Y ahora, detrás de una pared que había permanecido intacta durante diecisiete años, parecía encontrarse la respuesta a una pregunta que había perseguido a su familia durante demasiado tiempo.
Clara se acercó y examinó la cerradura.
—No tiene llave.
Daniel pasó los dedos por los bordes de la puerta.
La madera parecía formar parte de la pared, pero una pequeña hendidura revelaba que había sido instalada después de construir la habitación.
Introdujo una vieja tarjeta metálica que había encontrado junto a la caja y presionó con fuerza. El mecanismo cedió con un sonido seco.
La puerta se abrió lentamente.
Detrás había un espacio estrecho, apenas iluminado por una pequeña bombilla que todavía funcionaba.
No parecía un simple escondite. Había estanterías a ambos lados, archivadores antiguos y varias cajas perfectamente ordenadas.
En la pared del fondo había un reproductor de cintas conectado a unos altavoces pequeños.
Junto al reproductor había una única etiqueta.
17 — 24 — 02:17
Daniel sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
—Es el mismo código —dijo Clara.
Daniel no contestó. Ya había aprendido que, en aquella historia, cada respuesta parecía esconder una pregunta todavía más peligrosa. Se acercó al reproductor y descubrió una cinta dentro. No tenía nombre ni fecha, solo una palabra escrita a mano.
DANIEL.
Clara lo miró.
—No la pongas.
Daniel dudó.
—Si mi madre dejó esto para nosotros, tenía un motivo.
—Y si alguien más la dejó aquí para que la encontráramos, también tenía un motivo.
Aquella posibilidad hizo que Daniel se detuviera. Miró hacia la ventana. El coche seguía allí, pero ahora las luces estaban apagadas. No podían ver a la persona que estaba dentro.
Daniel volvió a mirar la cinta.
—Llevamos demasiado tiempo escuchando las versiones de otras personas. Esta vez quiero escuchar la mía.
Introdujo la cinta.
Durante los primeros segundos solo se escuchó un ruido de fondo. Después apareció una respiración infantil. Daniel sintió un escalofrío antes de que la voz comenzara a hablar.
Era él.
Era su propia voz cuando tenía ocho años.
—No quiero volver a hacerlo.
Clara se quedó completamente inmóvil.
La grabación continuó.
—Papá dice que tengo que olvidar. Mamá dice que no debo tener miedo. Elena me ha dicho que Laura también va a olvidarlo.
Daniel retrocedió un paso.
Aquello no podía ser posible.
No recordaba ninguna grabación. No recordaba aquella habitación. No recordaba haber hablado de Laura cuando era niño.
La voz infantil volvió a escucharse.
—Pero yo sé dónde está.
La cinta produjo un ruido fuerte, como si alguien hubiera golpeado el micrófono.
Después apareció la voz de una mujer.
La madre de Daniel.
—¿Dónde está, cariño?
El niño respondió:
—En la casa.
—¿Qué casa?
Hubo un silencio.
—La casa de verano.
Clara miró a Daniel.
La grabación continuó.
—¿Quién estaba con ella?
El niño comenzó a llorar.
—No quiero decirlo.
La madre habló con suavidad.
—Si me lo dices, nadie podrá hacerte daño.
El niño tardó unos segundos en responder.
Entonces pronunció un nombre.
La cinta se detuvo.
Daniel miró el reproductor.
—No.
Intentó rebobinarla, pero el aparato no respondió.
Clara se inclinó hacia él.
—¿Qué nombre has oído?
Daniel no contestó.
—Daniel.
—No estoy seguro.
—Lo has oído.
Daniel cerró los ojos. Había reconocido el nombre, pero algo dentro de él se resistía a pronunciarlo. Era como si su memoria estuviera luchando contra una puerta que alguien había cerrado desde el otro lado.
Entonces escucharon un golpe procedente del pasillo.
Ambos se giraron.
La puerta principal de la casa acababa de abrirse.
Alguien había entrado.
Daniel apagó la luz de la habitación oculta.
Clara permaneció junto a la pared mientras los pasos avanzaban lentamente por el pasillo. No eran pasos apresurados. La persona que había entrado no parecía tener miedo de ser descubierta. Caminaba con la tranquilidad de alguien que conocía perfectamente la casa.
Los pasos se detuvieron frente a la habitación.
Daniel contuvo la respiración.
La manilla comenzó a moverse.
Pero la puerta no se abrió.
Después escucharon una voz.
—Daniel.
Era una voz masculina.
Daniel sintió que todo su cuerpo se tensaba.
La había escuchado antes.
En el hotel.
En la llamada de madrugada.
En uno de sus recuerdos.
Y también en aquella grabación de su infancia.
El hombre volvió a hablar.
—Sé que estás ahí.
Clara miró a Daniel con los ojos muy abiertos.
La voz continuó.
—Pero no he venido por ti.
Hubo una pausa.
—He venido por la cinta.
Daniel comprendió entonces algo terrible.
La persona que estaba al otro lado de la puerta no estaba intentando descubrir qué habían encontrado.
Ya sabía exactamente lo que habían encontrado.
Y sabía que la cinta existía.
Daniel apretó los dientes y volvió a mirar el reproductor. La cinta seguía dentro.
En ese momento recordó una frase de Elena:
«No confíes en lo que recuerdas. Alguien se encargó de cambiar tu versión de los hechos.»
Daniel observó el pequeño carrete.
—La cinta no contiene la verdad —susurró.
Clara lo miró sin comprender.
—¿Qué quieres decir?
Daniel señaló el reproductor.
—Contiene lo que alguien quería que recordáramos.
La puerta comenzó a abrirse.
Clara agarró a Daniel del brazo.
Pero antes de que pudieran escapar, el hombre del otro lado pronunció una frase que hizo que Daniel se quedara completamente paralizado.
—Tu madre no murió para protegerte, Daniel.
La puerta terminó de abrirse.
—Murió porque descubrió quién eras realmente.