La última Mentira Capítulo 16
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Capítulo 16

La casa de verano

D aniel no volvió a dormir aquella noche.

La última frase de Elena seguía repitiéndose en su cabeza con una precisión insoportable: «Cuando lo recuerdes, entenderás por qué tu madre tuvo que morir.

» Durante horas intentó convencerse de que aquello podía ser otra manipulación, otra pieza del juego que alguien había preparado para conducirlos hacia una conclusión determinada.

Pero había algo que no conseguía apartar de su mente.

La imagen de Laura cuando era niña, la caja de madera y aquella habitación blanca no pertenecían a recuerdos recientes.

Eran imágenes antiguas, enterradas mucho antes de la desaparición de Elena.

El trayecto transcurrió casi en silencio.

El paisaje fue cambiando poco a poco mientras abandonaban la ciudad y se adentraban en las carreteras secundarias que conducían a la antigua propiedad.

Daniel miraba por la ventanilla sin prestar demasiada atención al camino.

Intentaba reconstruir su infancia a partir de pequeños fragmentos, pero cada vez que conseguía acercarse a un recuerdo importante, aparecía la misma sensación de vacío.

Era como si hubiera una puerta cerrada dentro de su propia cabeza y alguien hubiera cambiado la cerradura.

Cuando llegaron, la casa parecía exactamente igual que la última vez.

Las persianas estaban bajadas, el jardín había crecido demasiado y una parte de la valla estaba cubierta de ramas.

Clara abrió la puerta con la llave que todavía conservaban.

El interior olía a madera vieja y humedad.

Durante unos segundos ninguno de los dos se movió.

Daniel sintió entonces algo extraño.

No era un recuerdo.

Era una sensación.

Conocía aquel lugar de una manera mucho más profunda de lo que debería. Sabía que detrás del salón había un pasillo estrecho. Sabía que una de las tablas del suelo crujía al pisarla. Sabía incluso que, en la parte trasera de la casa, había una puerta que desde hacía años permanecía cerrada.

—¿Qué pasa? —preguntó Clara.

Daniel señaló el pasillo.

—He estado aquí después de la muerte de mamá.

Clara frunció el ceño.

—Eso no puede ser. Papá vendió la casa poco después.

Daniel avanzó lentamente.

—No. Yo recuerdo haber venido.

Llegaron hasta el final del pasillo. Allí estaba la puerta.

La pintura estaba deteriorada y la cerradura había sido cambiada recientemente.

Clara pasó los dedos por el borde de la puerta.

—¿Qué hay detrás?

Daniel no respondió. Sacó la llave número 17 del bolsillo y la observó durante unos segundos. La había encontrado en la chaqueta de Elena y, hasta aquel momento, habían asumido que pertenecía a la habitación de la casa que habían descubierto anteriormente.

Pero la cerradura de aquella puerta tenía exactamente la misma forma.

Daniel introdujo la llave.

Giró.

La puerta se abrió.

El aire del interior era frío y pesado. No había muebles, excepto una mesa antigua cubierta por una sábana y una estantería llena de cajas.

En la pared había fotografías familiares, pero ninguna estaba colocada de manera normal.

Todas estaban orientadas hacia la pared, como si alguien hubiera querido evitar que fueran vistas.

Clara retiró la primera.

Era una fotografía de Daniel cuando tenía aproximadamente ocho años.

Estaba sentado en el jardín.

A su lado aparecía Elena.

Y detrás de ellos estaba Laura.

Daniel se quedó inmóvil.

—Esta es la misma fotografía —dijo Clara.

—No.

Daniel negó lentamente.

—No es la misma.

Señaló una esquina de la imagen.

En aquella fotografía, Laura parecía tener unos ocho años. En la fotografía encontrada anteriormente, sin embargo, aparecía mucho mayor.

Clara comprendió lo que significaba.

—¿Cuántas veces estuvo Laura aquí?

Daniel miró la pared.

Había más fotografías.

Una.

Dos.

Cinco.

Diez.

Laura aparecía en todas.

Algunas tenían más de quince años. Otras parecían mucho más recientes.

En varias imágenes estaba junto a Elena.

En una aparecía con la madre de Daniel. En otra estaba sentada junto a su padre.

Y en una última fotografía, tomada aparentemente pocos días antes de la desaparición de Elena, Laura miraba directamente hacia la cámara.

Daniel sintió un fuerte dolor en la cabeza.

Se apoyó contra la pared.

El recuerdo llegó sin aviso.

Tenía ocho años.

Estaba en aquella misma habitación.

Su madre estaba arrodillada frente a él y sostenía la caja de madera entre las manos. Detrás de ella había otra persona. Daniel no podía ver su rostro, pero reconocía su voz.

—No puedes contárselo a nadie.

La voz era masculina.

Su madre respondió:

—Es un niño.

—Precisamente por eso.

Daniel abrió los ojos.

Clara estaba a su lado.

—¿Qué has visto?

—A mamá.

—¿Qué hacía?

Daniel respiró profundamente antes de contestar.

—Me estaba dando la caja.

Clara miró la estantería.

—Entonces tiene que estar aquí.

Comenzaron a revisar las cajas una por una. Después de varios minutos, Clara encontró una pequeña caja de madera cubierta de polvo. La reconocieron inmediatamente.

Era la misma que Daniel había visto en sus recuerdos.

La abrió.

Dentro había tres objetos.

Una cinta de casete.

Una fotografía.

Y una hoja doblada varias veces.

Daniel tomó la fotografía primero.

La imagen mostraba a su madre, Elena y Laura frente a la casa de verano. Pero había algo que lo dejó sin respiración.

En el fondo aparecía Daniel.

Era un niño.

Y estaba acompañado por la misma mujer que habían visto en la estación.

En el reverso de la fotografía había una fecha.

17 de junio.

Debajo, una frase escrita por su madre:

«Si algún día Daniel recuerda esta fotografía, significa que ya no podemos protegerlo.»

Clara tomó la hoja.

La desplegó con cuidado.

Solo había unas pocas líneas.

«Daniel no es el único que recuerda. Laura también recuerda. Por eso tienen miedo de ella.»

Clara levantó la mirada.

—¿Quién tiene miedo de Laura?

Daniel no respondió.

La cinta de casete seguía dentro de la caja.

Encontraron un reproductor antiguo en uno de los armarios y, después de varios intentos, consiguieron hacerlo funcionar. Primero se escuchó ruido. Después apareció la voz de la madre de Daniel.

—Si estás escuchando esto, significa que alguien ha encontrado la caja.

Daniel cerró los ojos.

Hacía doce años que no escuchaba aquella voz.

Su madre continuó hablando con una calma extraña.

—No sé cuánto tiempo me queda. Tampoco sé quién encontrará esta grabación. Pero necesito dejar algo claro: lo que ocurrió con Laura no empezó la noche en que desapareció. Empezó mucho antes, cuando descubrimos que alguien estaba utilizando a nuestros hijos para ocultar un secreto.

Daniel miró a Clara.

La grabación continuó.

—Tu padre creyó que podía controlarlo. Elena intentó detenerlo. Yo intenté proteger a Daniel. Pero Laura fue la primera en descubrir lo que realmente estaban haciendo.

La cinta se detuvo durante unos segundos.

Después se escuchó un ruido.

Una puerta.

Pasos.

La voz de la madre volvió a sonar, esta vez mucho más baja.

—Si Laura sigue viva, no confíes en ella.

Daniel abrió los ojos.

Clara se quedó paralizada.

La grabación terminó.

Durante unos segundos permanecieron en absoluto silencio. La advertencia parecía contradecir todo lo que habían descubierto hasta entonces. Laura había sido presentada como víctima, testigo y pieza central del secreto. Ahora la madre de Daniel les advertía que no confiaran en ella.

Pero antes de que pudieran discutirlo, escucharon un ruido procedente del exterior.

Una puerta cerrándose.

Daniel apagó inmediatamente el reproductor.

Clara se acercó a la ventana.

Había un coche aparcado junto al camino.

Las luces estaban apagadas.

Alguien estaba dentro.

Daniel tomó la fotografía y la caja.

—Tenemos que salir.

Clara negó con la cabeza.

—No.

Lo miró fijamente.

—Si alguien ha venido hasta aquí, es porque sabe que hemos encontrado la caja.

El coche permaneció inmóvil.

Entonces las luces se encendieron.

El motor arrancó.

Pero, en lugar de marcharse, el vehículo avanzó lentamente hacia la casa.

Daniel y Clara retrocedieron.

En ese momento, el teléfono de Daniel vibró.

Había recibido una fotografía.

La abrió.

Era una imagen tomada desde el interior de la casa de verano.

En ella aparecían Daniel y Clara exactamente donde estaban en ese instante.

Debajo había un mensaje:

«No os vayáis. Todavía no habéis encontrado lo que vuestra madre escondió detrás de la pared.»

Daniel levantó lentamente la mirada hacia la habitación.

La pared estaba cubierta de fotografías.

Y entonces vio algo que ninguno de los dos había advertido antes.

Detrás de una de ellas había una pequeña grieta.

Daniel se acercó.

Retiró la fotografía.

Y encontró una puerta oculta.

Detrás de aquella pared había algo que alguien había estado intentando esconder durante diecisiete años.