Capítulo 10
El hombre del pasado
D aniel no volvió a mirar el teléfono que había encontrado en el banco.
Lo sostuvo unos segundos entre los dedos y después se lo entregó a Clara.
La pantalla seguía mostrando el mismo mensaje, sin remitente, sin número y sin ninguna explicación sobre quién lo había dejado allí.
Lo más inquietante no era la amenaza, sino la frase que había utilizado: Ella ya te está buscando a ti.
Daniel había pasado los últimos días buscando a Elena, pero ahora empezaba a sospechar que Elena no era la única persona que había estado moviendo las piezas desde las sombras.
Clara guardó el teléfono en su bolso mientras ambos regresaban al coche.
Ninguno habló durante el trayecto. Daniel conducía con las manos firmemente sujetas al volante, intentando ordenar los recuerdos que se agolpaban en su cabeza.
La voz de su padre seguía repitiéndose en su memoria con una claridad que le resultaba insoportable.
Había reconocido cada pausa, cada cambio de tono y hasta aquella pequeña forma de pronunciar su nombre que había escuchado durante toda su infancia.
No podía aceptar que fuera una simple imitación, pero tampoco podía aceptar la otra posibilidad.
Cuando llegaron a casa, Daniel cerró todas las puertas antes de encender las luces.
Clara dejó el diario de Elena sobre la mesa del comedor y comenzó a revisar las páginas anteriores.
Durante unos minutos buscaron cualquier referencia al padre de Daniel, pero Elena nunca había escrito su nombre completo.
Siempre se refería a él como «él», como si incluso escribir su nombre pudiera resultar peligroso.
Finalmente, Clara encontró una anotación casi al final del diario.
—Aquí hay algo —dijo, señalando la página.
Daniel se acercó y leyó.
«Hay personas que mueren una vez. Otras necesitan que todos crean que han muerto para poder seguir viviendo.»
Debajo aparecía una fecha de hacía nueve años.
Daniel sintió un vacío en el estómago.
—Mi padre murió hace quince años.
—¿Estás completamente seguro?
La pregunta le molestó, pero no porque Clara estuviera equivocada.
Durante los últimos días había aprendido que la seguridad podía ser una ilusión.
Abrió un cajón del mueble del salón y sacó una carpeta antigua.
Dentro había documentos, fotografías y certificados familiares.
Buscó hasta encontrar el certificado de defunción de su padre.
La fecha coincidía con su recuerdo.
Pero había un detalle que no había visto antes.
El documento había sido firmado por un médico cuyo nombre le resultaba desconocido.
Clara tomó el papel y lo examinó.
—¿Quién era este médico?
—No lo sé.
—¿Y por qué nunca te lo preguntaste?
Daniel no respondió. Había pasado quince años aceptando aquella muerte como una verdad absoluta porque todos a su alrededor la habían aceptado.
Nunca había visto el cuerpo de su padre.
Nunca había asistido a una identificación.
Recordaba el funeral, el ataúd cerrado y la voz de su madre diciéndole que algunas cosas era mejor no mirarlas demasiado de cerca.
Por primera vez, aquel recuerdo dejó de parecerle una escena triste de su infancia y empezó a parecerle una escena cuidadosamente preparada.
Clara pasó otra página del diario.
—Daniel, escucha esto.
La anotación estaba fechada ocho años atrás.
«Hoy he confirmado que el hombre del pasado sigue vivo. No sé dónde está, pero sé que ha vuelto a ponerse en contacto con Daniel. Si él descubre que lo sé, intentará hacer conmigo lo mismo que hizo con Laura.»
Daniel sintió que el suelo parecía inclinarse bajo sus pies.
—Elena sabía que estaba vivo.
—Y lo escribió hace ocho años.
Daniel tomó el diario y siguió leyendo. La entrada terminaba con una frase que parecía haber sido escrita con enorme prisa.
«No debo contarle la verdad a Daniel. Todavía no. Si recuerda quién era realmente su padre, recordará también lo que ocurrió aquella noche.»
Daniel cerró el diario de golpe.
Algo dentro de él acababa de cambiar.
Durante años había pensado que su padre había sido una figura distante, severa y complicada, pero nunca había imaginado que pudiera estar relacionado con la desaparición de Laura.
Mucho menos con la pérdida de memoria que compartían él y Clara.
Sin embargo, una pregunta seguía atormentándolo: si su padre estaba muerto, ¿quién había utilizado su voz?
Clara abrió el teléfono encontrado en la estación y revisó los archivos. Solo había una grabación. La reprodujo sin avisar.
La misma voz apareció inmediatamente.
—Daniel.
Él levantó la cabeza.
La grabación continuó.
—Si estás escuchando esto, significa que Elena ha cometido el mismo error que yo cometí hace muchos años. Te ha contado demasiado.
Daniel se acercó al teléfono.
La voz respiró profundamente antes de continuar.
—No busques respuestas en los muertos. Busca a los que siguen vivos y tienen una razón para mentirte.
La grabación terminó.
Clara miró a Daniel.
—Eso no es una grabación antigua.
—No.
—Entonces alguien está usando la voz de tu padre.
Daniel volvió a escucharla mentalmente. Había algo extraño en aquella frase. No parecía una amenaza. Parecía una advertencia. Y eso era lo que más miedo le producía.
Se levantó y fue hacia la estantería del despacho. Había una caja de fotografías familiares que no había abierto desde hacía años. La sacó y comenzó a revisar las imágenes una por una. Fotografías de cumpleaños, vacaciones, reuniones familiares y celebraciones que parecían pertenecer a otra vida.
Hasta que encontró una fotografía tomada cuando él tenía dieciséis años.
Su padre aparecía detrás de él.
Daniel observó el rostro durante varios segundos.
Después miró la ropa.
Luego el reloj.
Y finalmente el fondo.
La fotografía había sido tomada en la misma estación que aparecía en la imagen de Elena.
Daniel sintió un escalofrío.
—Clara, ven.
Ella se acercó.
—¿Qué has encontrado?
Daniel señaló la esquina de la fotografía. Detrás de su padre aparecía una mujer mucho más joven. Aunque el rostro estaba parcialmente oculto, la reconocieron inmediatamente.
Era la mujer que habían visto aquella misma tarde.
La mujer de la estación.
Clara se quedó mirando la fotografía.
—Pero esto fue hace más de quince años.
Daniel asintió.
—Y ella ya estaba allí.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló. La fotografía acababa de destruir otra parte de la historia que Daniel había creído conocer. Aquella mujer no había aparecido después de la desaparición de Laura. Había estado cerca de su familia mucho antes.
Clara cogió la fotografía y le dio la vuelta.
En la parte posterior había una inscripción escrita a mano.
Daniel reconoció inmediatamente la letra de su padre.
«Cuando llegue el momento, dile a Daniel que la mujer sabe dónde empezó todo.»
Clara levantó lentamente la mirada.
—¿Qué significa «dónde empezó todo»?
Daniel no contestó. Había vuelto a recordar la noche de Laura, pero esta vez apareció un detalle que nunca había conseguido recordar. No estaban en la casa de verano cuando comenzó la discusión. Habían llegado allí después de haber estado en otro lugar.
En la estación.
Una imagen apareció en su mente con tanta fuerza que tuvo que apoyarse contra la mesa. Recordó a Elena hablando con aquella mujer. Recordó a Laura llorando. Recordó a su padre acercándose a él y diciéndole que no hiciera preguntas.
Y recordó algo más.
Antes de entrar en el coche aquella noche, su padre le había susurrado una frase.
«Mañana no recordarás esto.»
Daniel abrió los ojos.
Clara lo miraba aterrorizada.
—¿Qué acabas de recordar?
Daniel tardó varios segundos en responder.
—Que mi padre estaba allí aquella noche.
La habitación quedó en silencio mientras ambos comprendían las consecuencias de aquella revelación.
Si Daniel había recordado correctamente, entonces la historia oficial de la desaparición de Laura era falsa desde el principio.
Su padre no solo podía haber conocido lo ocurrido: quizá había estado presente cuando comenzó todo.
Pero todavía quedaba una pregunta mucho más peligrosa.
Si su padre había muerto quince años atrás, ¿quién había continuado su trabajo?
En ese instante, el teléfono de Clara vibró sobre la mesa.
Había recibido una nueva fotografía.
La abrió.
Era una imagen tomada desde el exterior de su propia casa.
Se veía a Daniel entrando por la puerta unos minutos antes.
En la parte inferior aparecía una frase.
«Tu padre no fue quien te hizo olvidar.»
Daniel leyó la siguiente línea y sintió que la sangre se le helaba.
«Fue quien te enseñó cómo hacerlo.»