Capítulo 9
La voz
La fotografía seguía sobre la mesa cuando Daniel volvió a reproducir el mensaje.
No necesitaba escucharlo otra vez para recordar cada palabra, pero había algo en aquella imagen que no conseguía entender.
Elena aparecía junto a la mujer de la estación y, sin embargo, según la fecha que figuraba en el archivo, la fotografía había sido tomada después de su desaparición.
Aquello significaba que Elena seguía investigando cuando ya sabía que alguien podía estar observándola.
Clara permanecía junto a la ventana, con los brazos cruzados y la mirada perdida en la oscuridad del exterior.
Durante varios minutos ninguno de los dos habló.
Finalmente, Daniel abrió el diario por la última página y volvió a leer la frase que Elena había dejado allí: «Busca a la persona que todos creen que murió.
» Debajo no había ningún nombre, pero ahora ambos sabían que la mujer de la estación podía ser la única persona capaz de explicar por qué Laura había desaparecido y por qué alguien había estado manipulando sus recuerdos durante tantos años.
—Tenemos que ir a la estación —dijo Clara.
Daniel negó con la cabeza.
—No todavía.
—¿Por qué?
—Porque si Elena quería que fuéramos allí, probablemente alguien más también quiere que lo hagamos.
Clara lo observó durante unos segundos. Aquella respuesta habría parecido paranoica unos días atrás, pero ya no.
Cada pista que habían encontrado había aparecido exactamente cuando alguien quería que la encontraran.
El hotel, la habitación 24, la caja, el diario y ahora la fotografía parecían formar parte de un camino cuidadosamente preparado.
Daniel cerró el diario y lo guardó en el interior de su chaqueta.
—Primero necesitamos saber quién tomó la fotografía.
Sacó el teléfono y amplió la imagen hasta encontrar un pequeño detalle en la esquina inferior. Allí aparecía parcialmente visible el nombre de una cafetería situada frente a la estación. Daniel la reconoció.
—La conozco.
Clara se acercó.
—¿Has estado allí?
Daniel tardó en responder.
—Sí.
—¿Cuándo?
La pregunta volvió a dejarlo sin palabras.
Había algo en aquella cafetería que despertaba una sensación desagradable. No recordaba haber estado allí recientemente, pero una imagen comenzó a formarse en su mente: una mesa junto a la ventana, una taza de café, Elena sentada enfrente y una mujer hablando con ella en voz baja.
Después apareció otra imagen.
Una mano dejando un sobre sobre la mesa.
Daniel cerró los ojos.
—Estuve allí con Elena.
Clara lo miró con atención.
—¿Y ahora lo recuerdas?
—Solo una parte.
—¿Qué ocurrió?
Daniel abrió los ojos.
—No lo sé. Pero alguien nos estaba esperando.
Salieron del hotel pocos minutos después. No fueron directamente a la estación. Daniel tomó una ruta diferente y comprobó varias veces el espejo retrovisor. No vio ningún coche que pareciera seguirlos, pero aquella ausencia no consiguió tranquilizarlo.
Cuando llegaron a la cafetería, el establecimiento estaba casi vacío. Una mujer mayor limpiaba una mesa al fondo y un camarero colocaba vasos detrás de la barra. Daniel eligió una mesa junto a la ventana, exactamente donde creía haber visto a Elena en su recuerdo.
El camarero se acercó.
—¿Qué van a tomar?
Daniel pidió dos cafés. Cuando el hombre se alejó, Clara miró alrededor.
—¿Qué estamos buscando?
—Una respuesta.
—Eso no es muy concreto.
Daniel observó la calle a través del cristal.
—La mujer de la fotografía estuvo aquí. Y Elena también.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque recuerdo la mesa.
Clara no insistió.
Los cafés llegaron unos minutos después. Daniel apenas había tocado el suyo cuando el camarero regresó y dejó un sobre sobre la mesa.
—Esto lo dejaron para usted.
Daniel levantó la mirada.
—¿Quién?
El camarero señaló hacia la puerta.
—Una mujer. Dijo que sabría quién era.
La puerta se cerró.
Daniel abrió el sobre con cuidado. Dentro había una pequeña grabadora.
Clara lo miró.
—Otra vez no.
Daniel pulsó el botón.
Al principio solo se escuchó ruido. Después apareció la voz de Elena.
—Si has llegado hasta aquí, significa que has empezado a recordar.
Daniel sintió un nudo en el estómago.
La voz continuó.
—Pero hay algo que todavía no sabes, Daniel. La persona que te hizo olvidar no utilizó una amenaza. Utilizó una voz.
Daniel se quedó inmóvil.
—Una voz que conocías. Una voz en la que confiabas. Una voz que podía convencerte de que algo había ocurrido aunque nunca hubiera ocurrido.
La grabación se interrumpió unos segundos.
Después Elena añadió:
—Escucha con atención.
Se escuchó una respiración.
Luego una voz masculina.
Daniel palideció.
No era la voz del hombre que había llamado desde la habitación 24.
Era otra.
Una voz que había escuchado cientos de veces.
Una voz que pertenecía a alguien de su propia familia.
Clara también la reconoció.
Se quedó completamente inmóvil mientras la grabación continuaba.
—Daniel, cuando escuches esto, probablemente ya no recordarás lo que hiciste aquella noche. No intentes reconstruirlo solo. Si lo haces, volverás a cometer el mismo error.
La grabación terminó.
Durante unos segundos, el ruido de la cafetería desapareció para Daniel. Solo podía escuchar su propia respiración.
Clara fue la primera en hablar.
—¿Quién era?
Daniel levantó lentamente la mirada.
—Mi padre.
Clara frunció el ceño.
—Pero tu padre murió hace quince años.
—Lo sé.
Entonces Daniel volvió a escuchar mentalmente aquella voz.
No era una grabación antigua.
El sonido era demasiado limpio.
Demasiado reciente.
Alguien había grabado la voz de su padre después de su muerte.
O alguien estaba imitando perfectamente su voz.
Daniel guardó la grabadora y se levantó.
—Tenemos que irnos.
Clara no se movió.
—¿Por qué?
Daniel señaló la ventana.
Al otro lado de la calle, una mujer permanecía inmóvil junto a una farola. Llevaba una bufanda oscura que ocultaba parcialmente su rostro.
Era la mujer de la fotografía.
Daniel salió de la cafetería, pero cuando llegó a la acera ya no estaba.
Solo encontró un teléfono móvil sobre el banco donde había estado esperando.
La pantalla se encendió.
Había un único mensaje.
«No busques a la mujer de la estación. Ella ya te está buscando a ti.»
Daniel levantó la mirada hacia Clara.
Y, por primera vez, comprendió que quizá la mujer no había aparecido en aquella fotografía por casualidad.
Quizá llevaba diez años esperando el momento exacto para volver a encontrarlos.