La última Mentira Capítulo 8
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Capítulo 8

El diario

D aniel volvió a mirar la frase escrita al pie de la fotografía.

Daniel fue el primero en mentir.

Durante unos segundos no consiguió apartar los ojos de aquellas palabras.

Había mentido muchas veces durante los últimos diez años, pero siempre había pensado que lo había hecho para proteger a Elena, para proteger a Clara o incluso para protegerse a sí mismo.

Ahora empezaba a sospechar que quizá todo aquello había comenzado mucho antes de lo que recordaba.

Clara seguía junto a la mesa, observando la fotografía con una mezcla de miedo y desconcierto. Finalmente levantó la mirada.

—¿Qué significa que tú fuiste el primero?

Daniel negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé.

—Eso no es verdad.

La acusación de Clara no sonó como un reproche. Sonó como una conclusión a la que había llegado después de demasiadas pistas contradictorias. Daniel quiso responder, pero en ese momento comprendió que cualquier explicación que diera podía ser otra mentira.

Volvió a mirar la caja metálica.

Dentro ya no quedaba nada, o eso parecía. Sin embargo, cuando la levantó para guardarla, escuchó un pequeño golpe en el interior. La giró y comprobó que uno de los laterales tenía una doble pared.

Clara se acercó.

—Ahí hay algo.

Daniel introdujo la punta de la llave en una pequeña ranura. La madera cedió y apareció un compartimento oculto.

Dentro había un cuaderno.

Era pequeño, de tapas negras y bordes gastados. No tenía nombre ni fecha en la portada. Daniel lo sostuvo durante unos segundos antes de abrirlo, como si supiera que algunas respuestas podían ser más peligrosas que las preguntas.

La primera página estaba en blanco.

La segunda también.

En la tercera había una sola frase escrita con la letra de Elena.

“No escribo esto para recordar. Escribo esto porque ya no confío en mi memoria.”

Clara se colocó a su lado y comenzó a leer.

Las primeras páginas contenían anotaciones sobre pequeñas cosas que habían sucedido en su familia: discusiones, llamadas, cambios de comportamiento, objetos que aparecían en lugares donde nadie recordaba haberlos dejado.

Elena había anotado fechas y horas con una precisión casi obsesiva.

Algunas frases estaban tachadas tantas veces que resultaba imposible leerlas.

Pero unas páginas más adelante apareció un nombre.

Laura.

Daniel pasó la página.

La siguiente anotación decía:

“La versión oficial es falsa.”

Debajo, Elena había escrito:

“Laura no desapareció porque quisiera escapar. Alguien la ayudó a desaparecer.”

Clara dejó escapar el aire lentamente.

—Entonces alguien la sacó del hotel.

Daniel siguió leyendo.

“No sé quién fue. Durante años creí que había sido Daniel. Después descubrí que yo también estaba equivocada.”

Daniel cerró los ojos.

Aquella frase le produjo una sensación extraña. No era alivio. Era algo mucho peor: la certeza de que Elena había estado investigando su propia vida como si tampoco pudiera confiar en las personas que tenía más cerca.

Pasó varias páginas hasta encontrar una entrada mucho más larga.

“14 de octubre. 02:17.”

La fecha correspondía a la noche en que Laura desapareció.

Daniel sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.

El texto continuaba:

“Daniel salió de la habitación. Yo pensé que iba a buscar ayuda. No volvió durante diecisiete minutos. Cuando regresó, ya no estaba solo.”

Daniel se apartó del cuaderno.

—Eso no puede ser.

Clara lo miró.

—¿Por qué?

—Porque recuerdo haber vuelto solo.

—Tú mismo acabas de decir que tu memoria no es fiable.

Daniel no respondió.

Volvió a leer la página.

Diecisiete minutos.

Había algo familiar en aquel número. No sabía por qué, pero le producía una sensación incómoda. La habitación 17 de la casa de verano. La llave número 17. Y ahora diecisiete minutos.

No podía ser una coincidencia.

Continuó leyendo.

“La persona que regresó con Daniel no quiso entrar en la habitación. Se quedó en el pasillo. No pude verle la cara, pero reconocí su voz.”

La siguiente línea estaba parcialmente borrada.

Daniel acercó el cuaderno a la luz.

Solo consiguió distinguir unas palabras.

“Me dijo que si hablaba, Clara moriría.”

Clara dejó de respirar durante un instante.

—¿Qué?

Daniel levantó la mirada.

—No lo sé.

—¿Elena recibió una amenaza por mí?

—Eso parece.

Clara negó con la cabeza.

—Entonces ¿por qué nunca me lo contó?

Daniel volvió al diario.

Había una respuesta escrita unas páginas después.

“No se lo conté porque ya no sabía en quién confiar. Y porque alguien había conseguido convencerme de que Clara había estado allí aquella noche.”

Daniel frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

Clara se quedó inmóvil.

—Yo estaba allí.

Daniel la miró.

—¿Estás segura?

La pregunta cambió algo en el rostro de Clara.

Durante unos segundos pareció buscar una respuesta dentro de sí misma. Finalmente bajó la mirada.

—Recuerdo estar en la casa de verano. Recuerdo a Elena. Recuerdo a Laura. Pero no recuerdo haber venido al hotel.

Daniel sintió un escalofrío.

Habían estado suponiendo que ambos tenían recuerdos incompletos.

Ahora parecía que alguien había conseguido borrar exactamente las mismas horas de sus vidas.

Siguieron leyendo hasta llegar a la última página escrita.

La letra de Elena allí era mucho más apresurada.

“Si Daniel encuentra este diario, significa que la persona que temo ha vuelto.”

Debajo había otra frase.

“No busques a Laura.”

Daniel se quedó inmóvil.

La siguiente línea estaba escrita con una presión tan fuerte que algunas palabras habían atravesado el papel.

“Busca a la persona que todos creen que murió.”

Clara cerró los ojos.

—El hombre del teléfono.

Daniel asintió.

Pero antes de que pudiera decir nada, algo cayó del interior del cuaderno.

Era una fotografía pequeña.

Daniel la recogió.

En ella aparecía Elena frente a una estación de tren. Parecía haber sido tomada desde lejos. A su lado había una mujer con el rostro parcialmente oculto por una bufanda.

Daniel amplió la fotografía con los dedos.

—¿Quién es?

Clara se acercó.

No respondió.

Su rostro había perdido completamente el color.

—Clara.

Ella señaló a la mujer de la fotografía.

—Esa mujer estuvo en mi funeral.

Daniel la miró sin comprender.

—¿Qué funeral?

Clara levantó lentamente los ojos hacia él.

—El de Laura.

En ese instante, el teléfono de la habitación volvió a sonar.

Esta vez no era una llamada.

Era un mensaje.

Daniel lo abrió.

Solo contenía una fotografía.

La misma fotografía que acababan de encontrar en el diario.

Pero había una diferencia.

En la nueva imagen, tomada recientemente, Elena aparecía en la estación.

Y junto a ella estaba la misma mujer.

Debajo había una frase:

“Ahora ya sabéis dónde buscar.”

Daniel miró a Clara.

Por primera vez desde que Elena había desaparecido, ninguno de los dos pensó que estaban siguiendo las pistas de una persona desaparecida.

Comprendieron que alguien los estaba guiando.

Y que, desde el principio, quizá nunca habían sido ellos quienes habían elegido el camino.