La última Mentira Capítulo 6
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Capítulo 6

La habitación cerrada

Clara observó el edificio desde el asiento del acompañante. No había dicho una palabra durante los últimos veinte minutos. Finalmente, miró a Daniel y preguntó:

—¿Estás seguro de que quieres entrar?

Daniel tardó en responder. Había aprendido que, en los últimos días, estar seguro de algo era casi siempre el primer paso hacia otra mentira.

—No —contestó—. Pero creo que ya hemos pasado el punto en el que podemos seguir huyendo.

El vestíbulo estaba vacío. Detrás del mostrador había una lámpara encendida que proyectaba una luz amarillenta sobre un libro de registro cubierto de polvo.

Daniel se acercó y pasó los dedos por la tapa.

No recordaba haber estado allí, pero una parte de su cuerpo reaccionó antes que su memoria.

Sintió un escalofrío en la nuca cuando vio el ascensor al fondo del pasillo.

—Espera —dijo Clara.

Daniel se volvió.

Ella señalaba una pequeña cámara instalada sobre la puerta del vestíbulo. La lente estaba orientada directamente hacia ellos.

—Si alguien nos está esperando, ya sabe que hemos llegado.

Daniel levantó la mirada hacia la cámara. Durante unos segundos tuvo la sensación absurda de que alguien estaba observándolos desde el otro lado. Después continuó hacia el ascensor.

El ascensor tardó demasiado en llegar. Cuando las puertas finalmente se abrieron, el interior estaba completamente oscuro. Daniel pulsó el botón del segundo piso y las puertas se cerraron con un sonido seco.

Al llegar al pasillo, los recuerdos comenzaron a regresar.

No eran recuerdos completos. Eran imágenes aisladas, demasiado rápidas para poder atraparlas: una puerta entreabierta, una mano manchada de sangre, Laura llorando junto a una ventana y Elena sujetándolo por el brazo.

Después apareció otra imagen.

Un reloj.

Las agujas marcaban las 02:17.

Daniel se detuvo frente a la puerta del número 24.

—¿Qué ocurre? —preguntó Clara.

—Yo ya he estado aquí.

Clara lo miró fijamente.

—¿Lo recuerdas?

—No exactamente.

Daniel sacó la llave del bolsillo. Durante un instante pensó que no encajaría. Sin embargo, cuando la introdujo en la cerradura, el mecanismo respondió inmediatamente.

La puerta se abrió.

El olor del interior era antiguo, cerrado, casi húmedo. Daniel encendió la luz y sintió que algo dentro de él se quebraba. La habitación era sencilla: una cama, una mesa pequeña, un armario y una ventana cubierta por unas cortinas pesadas. No había nada extraordinario a primera vista.

Hasta que Clara vio la pared.

—Daniel...

Sobre el papel pintado había una serie de pequeñas marcas hechas con lápiz. Eran fechas. Algunas estaban tachadas; otras aparecían encerradas en círculos. Daniel se acercó y empezó a leerlas.

La primera correspondía a diez años atrás.

La segunda era de hacía nueve años.

La tercera, de hacía siete.

Después había otras más recientes.

La última fecha era la del día anterior.

Clara retrocedió lentamente.

—Alguien ha estado viniendo aquí durante todos estos años.

Daniel no respondió. Había encontrado algo sobre la mesa.

Era una grabadora.

La misma clase de grabadora que habían encontrado en la casa de verano.

Clara quiso detenerlo, pero Daniel ya había pulsado el botón.

Durante varios segundos solo se escuchó estática. Después apareció una voz femenina.

La voz de Elena.

—Si estáis escuchando esto en la habitación 24, entonces ya habéis encontrado la primera parte de la verdad.

Clara se llevó una mano a la boca.

Daniel permaneció inmóvil.

La grabación continuó.

—No intentéis recordar aquella noche de golpe. Vuestra memoria os va a proteger de lo que ocurrió, pero también os va a engañar. Durante años creí que olvidar era una forma de sobrevivir. Me equivoqué.

Se produjo una pausa.

Después Elena pronunció unas palabras que hicieron que Daniel sintiera un frío profundo en el pecho.

—Laura no desapareció aquella noche.

Clara miró a Daniel.

—¿Qué ha dicho?

Daniel no apartó los ojos de la grabadora.

La voz de Elena volvió a escucharse.

—Laura salió viva de esta habitación. El problema es que alguien decidió que debía desaparecer después.

La grabación terminó.

Durante unos segundos ninguno de los dos fue capaz de hablar.

Entonces Clara vio algo debajo de la cama.

Se agachó y sacó una caja metálica pequeña. Estaba cerrada con un candado, pero no necesitó una llave. En la tapa había escrito un único número.

17.

Daniel sintió que el estómago se le cerraba.

—La habitación de la casa de verano.

Clara asintió lentamente.

Dentro de la caja había un teléfono antiguo, una fotografía y un sobre.

Daniel abrió primero el sobre.

Solo contenía una hoja.

La letra era de Elena.

“La persona que os hizo olvidar no quería esconder lo que ocurrió. Quería que recordarais otra versión.”

Debajo había una segunda frase.

“Cuando escuchéis el teléfono, no respondáis a la primera voz.”

En ese mismo instante, el teléfono comenzó a sonar.

El sonido llenó la habitación con una fuerza inesperada.

Daniel y Clara se miraron.

Nadie quería tocarlo.

Pero el teléfono siguió sonando.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Daniel finalmente lo tomó.

No dijo nada.

Al otro lado se escuchaba una respiración tranquila.

Después, una voz masculina preguntó:

—¿Ya habéis encontrado a Laura?

Daniel cerró los ojos.

Conocía aquella voz.

La había escuchado diez años atrás.

La había escuchado en aquella misma habitación.

Y, según todo lo que sabía, el hombre que hablaba al otro lado del teléfono llevaba muerto diez años.

La llamada se cortó.

Daniel dejó lentamente el teléfono sobre la mesa.

Clara lo miró, pálida.

—¿Quién era?

Daniel tardó varios segundos en responder.

—El hombre que todos creíamos que había muerto aquella noche.

Antes de que Clara pudiera decir nada, escucharon un ruido detrás de la puerta.

Una llave giró lentamente en la cerradura.

Alguien estaba entrando.

Daniel miró hacia la puerta.

Y comprendió que la habitación 24 no había sido abandonada.

Había estado esperando su regreso.