CAPÍTULO 4
Una noche sin recuerdos
D aniel permaneció frente a la puerta sin atreverse a abrirla.
La voz del otro lado había despertado un recuerdo que llevaba años intentando mantener enterrado.
No era posible. Él mismo había visto cómo aquella persona desaparecía aquella noche.
Había escuchado los gritos, había visto la sangre y había aceptado durante diez años que aquel era el final.
Sin embargo, ahora estaba allí, al otro lado de una puerta que nadie había abierto desde entonces.
Clara respiraba con dificultad. Miró a Daniel buscando una explicación, pero él no podía dársela. La persona del pasillo volvió a hablar.
—Si queréis saber qué le ocurrió a Elena, tendréis que recordar lo que pasó aquella noche.
Daniel abrió lentamente la puerta.
El pasillo estaba vacío.
Solo quedaba una ventana abierta al fondo y una cortina moviéndose con el aire frío de la madrugada. Daniel salió de la habitación y miró hacia las escaleras. Nadie había podido desaparecer tan rápido.
—¿Dónde está? —preguntó Clara.
Daniel bajó los escalones sin responder.
Registraron el salón, la cocina y las habitaciones de la planta baja, pero no encontraron a nadie.
La puerta principal continuaba cerrada y las ventanas estaban intactas.
Era como si aquella voz hubiera aparecido dentro de la casa y después se hubiera desvanecido.
Cuando regresaron al piso superior, Clara se detuvo frente a la habitación número 17.
—Daniel, mira.
En el suelo había algo que antes no estaba.
Una pequeña grabadora.
Daniel la recogió y pulsó el botón de reproducción. Al principio solo se escuchaba ruido. Después apareció una conversación. Las voces eran jóvenes, pero reconocibles.
Una de ellas pertenecía a Daniel.
La otra era de Elena.
—No podemos hacerlo —decía ella.
—Ya es demasiado tarde.
—Si alguien descubre la verdad, estamos acabados.
—Nadie va a descubrir nada.
Daniel apagó la grabadora.
Clara lo miró fijamente.
—¿Tú recuerdas esa conversación?
—No.
—Pero eres tú.
Daniel no respondió. Había reconocido su propia voz, pero no recordaba haber pronunciado aquellas palabras. Lo más inquietante era que la conversación parecía haber ocurrido la misma noche en que Laura desapareció.
Clara se sentó en el suelo, completamente pálida.
—Yo tampoco recuerdo esa noche.
Daniel la miró.
—¿Qué quieres decir?
—Recuerdo llegar a la casa. Recuerdo que Laura estaba allí. Después recuerdo estar en mi habitación al día siguiente. Todo lo que ocurrió entre esos dos momentos está vacío.
Daniel sintió un escalofrío. Durante años había pensado que sus propios recuerdos eran completos. Ahora comprendía que solo tenía fragmentos: una puerta cerrándose, un vaso roto, Elena llorando y una voz masculina ordenando que nadie saliera de la casa.
Nunca había conseguido reconstruir el resto.
Hasta aquel momento.
Daniel volvió a pulsar la grabadora.
La conversación continuó.
—¿Y si mañana no recuerda nada? —preguntó Elena.
La voz de Daniel respondió:
—Entonces será mucho más fácil.
La grabación terminó.
Clara levantó lentamente la mirada.
—¿A quién se refería?
Daniel no contestó. En ese instante comprendió que la pregunta no era quién había borrado sus recuerdos, sino por qué alguien había necesitado que los olvidaran.
Entonces su teléfono vibró.
Había recibido un mensaje desde un número desconocido.
«Ahora ya podéis empezar a recordar.»
Debajo había una fotografía.
Daniel la abrió.
Era una imagen tomada dentro de aquella misma casa diez años atrás.
En ella aparecían Elena, Clara, Daniel y Laura.
Pero había alguien más.
Una quinta persona permanecía al fondo, parcialmente oculta detrás de una puerta.
Daniel amplió la imagen.
Reconoció el rostro.
Y comprendió que durante diez años habían estado buscando a la persona equivocada.