CAPÍTULO 3
El mensaje
D aniel leyó el mensaje varias veces sin comprender por qué una frase tan sencilla podía producirle aquel miedo.
La fotografía mostraba la casa de verano desde el exterior, tomada desde la carretera que conducía hasta la propiedad.
El cielo estaba cubierto y las ventanas permanecían oscuras, pero había algo que le llamó inmediatamente la atención: una de ellas estaba abierta.
Daniel recordaba perfectamente haberla cerrado la última vez que estuvo allí.
Clara se acercó y miró la pantalla por encima de su hombro. Durante unos segundos no dijo nada. Después reconoció la ventana.
—Esa habitación no se utilizaba.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué está abierta?
Daniel bloqueó el teléfono.
—Porque alguien ha estado allí.
Clara negó con la cabeza.
—No puede ser.
—Después de lo que acabamos de encontrar, ¿todavía crees que podemos seguir diciendo que algo no puede ser?
Clara no respondió. Daniel sabía que tenía razón. Durante años habían construido una versión cómoda de aquella historia. Habían decidido qué recordar, qué olvidar y, sobre todo, qué no mencionar nunca. El problema era que Elena había empezado a desmontarlo todo.
Daniel volvió a mirar la fotografía. Había una sombra en la ventana del piso superior. No era lo bastante clara para distinguir un rostro, pero sí para demostrar que alguien estaba dentro de la casa.
—Nos está esperando —dijo.
Clara lo miró.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Entonces no podemos ir.
Daniel guardó el teléfono en el bolsillo.
—Precisamente por eso tenemos que hacerlo.
Dos horas después, salieron de la casa sin avisar a la policía.
Daniel condujo mientras Clara permanecía en silencio en el asiento del copiloto.
Ninguno quiso hablar de Laura durante el trayecto.
Tampoco mencionaron la noche de hacía diez años que había cambiado para siempre la relación entre ellos.
La casa de verano estaba a casi una hora de distancia.
Había permanecido cerrada durante años, pero Daniel seguía conservando las llaves.
Cuando llegaron, encontró el jardín exactamente como lo recordaba: descuidado, cubierto de hojas y con la vieja verja oxidada por el paso del tiempo. Sin embargo, había una diferencia.
La puerta principal no estaba cerrada.
Daniel se detuvo.
—¿La dejaste así? —preguntó Clara.
—No.
Entraron lentamente. El interior olía a humedad y madera vieja. La luz del exterior apenas alcanzaba el pasillo. Daniel encendió una lámpara y recorrió con la mirada las habitaciones. Todo parecía abandonado, salvo por una cosa: sobre la mesa del salón había una taza de café todavía caliente.
Clara retrocedió.
—Nos han visto llegar.
Daniel no contestó. Subió las escaleras y llegó hasta el pasillo del piso superior. La puerta número 17 estaba al fondo. Seguía allí, igual que en sus recuerdos.
Sacó la llave que había encontrado entre las cosas de Elena y la introdujo en la cerradura.
La puerta se abrió.
Dentro no había muebles. Solo una pequeña mesa y una fotografía colocada cuidadosamente en el centro. Daniel se acercó y sintió que el cuerpo se le quedaba frío.
Era una fotografía de Laura.
Pero detrás de ella aparecía Elena.
La fotografía no podía tener diez años.
Elena llevaba la misma ropa que había llevado la noche de su desaparición.
Clara tomó la fotografía con manos temblorosas.
—Esto se ha hecho hace poco.
Daniel asintió.
En la parte posterior había una fecha escrita a mano.
La fecha del día anterior.
Debajo aparecía una segunda frase:
«Ahora sabéis dónde empezó todo.»
En ese instante escucharon un ruido en la planta baja.
Los dos se quedaron inmóviles.
Alguien acababa de entrar en la casa.
Daniel apagó la luz de la habitación y cerró lentamente la puerta. Desde el pasillo llegó el sonido de unos pasos. No eran rápidos. No había ninguna intención de esconderse.
La persona caminaba tranquilamente.
Como si conociera perfectamente aquella casa.
Como si supiera que ellos estaban allí.
Los pasos se detuvieron justo delante de la puerta número 17.
Daniel miró a Clara.
Entonces alguien habló al otro lado.
—Habéis tardado demasiado.
Daniel sintió que la sangre se le helaba.
Conocía aquella voz.
Y lo peor no era que hubiera vuelto.
Lo peor era que llevaba diez años creyendo que esa persona estaba muerta.